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Calderón durante la entrevista con los "Leales caballeros blancos".

EN LA BOCA DEL LOBO

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Mi alucinante encuentro con una rama del Ku Klux Klan.

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Calderón durante la entrevista con los "Leales caballeros blancos".

Cuando supe que Univision quería entrevistar a uno de los líderes del Ku Klux Klan y estaban decidiendo quién hacía la entrevista, pensé si yo sería capaz de sentarme a conversar cara a cara con alguien que me odiaba sin conocerme, con alguien que odiaba lo que yo representaba. Aunque al mismo tiempo pensé que de hacerlo tendría en mis manos la oportunidad de mostrarles a los hispanos de Estados Unidos lo que representan estas personas desde mi perspectiva como inmigrante y, sobre todo, como mujer de raza negra. Un reto intimidante, sin duda. Pero me ofrecí para hacerlo.

Cuando indagamos sobre la vida de Chris Barker, la persona con la que pensábamos conversar, supimos que tenía antecedentes violentos (estaba en probatoria por su supuesta participación en una agresión con puñal a uno de los miembros de su grupo, cargo que le fue retirado después de la entrevista porque la víctima se negó a declarar en su contra). Y la condición que nos pusieron para hablar con él era que debíamos viajar hasta su “cuartel general”, en las afueras de Yanceiville, en un apartado rural en Carolina del Norte, cerca de la frontera con Virginia. Un lugar en el que, según nos dijeron, no podríamos ni comunicarnos por teléfono. Era como meterse en la boca del lobo. Pero el temor que eso me producía fue superado por mi curiosidad profesional.

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Después de largos preparativos, tomé un avión hasta Greensboro con los miembros de mi equipo y de allí nos dirigimos por tierra a Yanceiville. El día de la entrevista, en mi cabeza se mezclaron muchas emociones. Un poco de ansiedad, un poco de temor y, sobre todo, una gran incertidumbre. Mientras nos adentrábamos en los bosques que rodean la propiedad rural en la que tuvo lugar la entrevista, pensaba en lo que íbamos a enfrentar. ¿Con qué tipo de persona nos íbamos a encontrar? ¿Cómo reaccionaría cuando me viera?

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En el momento de concertar la entrevista nuestra productora, María Martínez Guzmán, les había dicho a los miembros de los Leales Caballeros Blancos, la rama del Ku Klux Klan que preside Barker con el pomposo nombre de Mago Imperial de la orden, que la entrevistadora sería una mujer hispana de color.

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Cuando llegamos a la propiedad, María y los dos camarógrafos que nos acompañaban se bajaron del vehículo para captar algunas imágenes dentro de la casa. Yo me quedé dentro del auto repasando el cuestionario.

También era importante prepararme mentalmente para la entrevista. Todos en el equipo me habían advertido que me iban a tratar mal. María me lo dijo de frente: “Mira, prepárate porque te van a insultar”. Yo lo sabía, y pensé que estaba preparada. Aunque nunca pensé que fueran a llegar tan lejos. Nunca pensé que me iban a insultar de una manera que no estaba ni remotamente entre mis cálculos.

Todo fue muy rápido. Estaba en el auto revisando los últimos apuntes de la investigación que habíamos hecho para la entrevista, cuando uno de ellos me vino a saludar. Aunque no me dijo nada, vi su cara de sorpresa. Se dio vuelta y yo salí tras él, antes de que pudiera decirle a Barker quién lo iba a entrevistar. Y de repente me los encontré, a Barker y a su esposa, en medio del bosque. Al verme su cara se transformó.

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Había odio en su mirada. Odio y un poco de desconcierto. Se volteó hacia María y le dijo: “¿Tú me has traído a esta (y soltó la palabra nigg..., con toda su carga de racismo) a mi casa?”. A lo que María respondió: “Yo le dije a usted que era una mujer hispana, de color”. Barker no salía de su asombro: “Yo pensé que era como todos ustedes (refiriéndose a los hispanos), quizás un poco más oscura, pero esta es una…” (y lo hizo de nuevo).

Era evidente que estaba muy incómodo teniéndome en su casa. A tal punto que la primera cosa que me dijo fue que yo era la primera persona de raza negra que pisaba su propiedad. En su expresión corporal se veía el desagrado y las ganas que tenía de suspender la entrevista y sacarme a patadas. Pero ya estábamos ahí, y no le quedó otra opción que responder a mis preguntas. No sin recalcar primero que “en 20 años que llevo en el Klan nunca le había dado una entrevista a una…” (y volvió con el insulto racista).

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El ambiente se puso muy tenso, pero el pensar en todas las personas que han sido o serán atacadas por estos grupos me llenó de fuerzas y empecé a formular mis preguntas. Tenía muy claro que no iba a dejar de preguntar nada de lo que quería saber. Nunca imaginé que mis preguntas lo fueran a incomodar de la forma en que lo hicieron. En un momento, incluso, se paró de la silla y amenazó con suspender la entrevista. Al final lo convencieron y pudimos seguir hablando. En varias ocasiones la conversación subió de tono.

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Uno de los momentos más difíciles fue cuando le pregunté el porqué del odio, qué era lo que veía en mí cuando me miraba. Y entonces me insultó y me dijo que no me iba a botar de ahí sino que me iba a quemar. En ese momento realmente sentí mucho miedo, por mí seguridad y por la seguridad de todo el equipo de producción. Él era una persona con un historial de violencia, y yo estaba en su propiedad. De nuevo, sin embargo, tuve que armarme de valor y seguir con la entrevista. Ese era el objetivo del viaje y tenía que cumplirlo, tratando de hacer oídos sordos a su retahila de insultos.

Aunque a veces no fue fácil. Como cuando me dijo que yo era una “mongrel”, una palabra que podría traducirse como una perra sin raza o perra callejera. Algo totalmente despreciable, sobre todo en la forma en que lo dijo. O la respuesta que me dio cuando le pregunté qué pasaría si uno de sus hijos –tiene dos hijos menores de edad– necesitaba una donación de órgano y yo fuera la única persona compatible con posibilidad de donarlo. “No podemos ser compatibles, porque la sangre de los blancos es distinta a la sangre de los negros”, fue todo lo que me dijo.

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Una de las cosas que más me llamó la atención en la entrevista es que ellos dicen que no son un grupo racista, ni un grupo de odio, sino un grupo cristiano. Me causó muchísima inquietud ver cómo se escudan en las Sagradas Escrituras para hacer lo que hacen. Usan la Biblia para todo, y con un conocimiento muy equivocado. En algún momento me dijo incluso que Jesús era un hombre alto (de seis pies), rubio, blanco y de ojos azules. Y lo justificó con textos que se ha demostrado hasta la saciedad que son apócrifos. Traté de rebatirlo, pero sentí que no valía la pena en ese momento argumentar sobre el hecho porque no íbamos a llegar a ningún punto. Él estaba muy cerrado en esa creencia.

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Y a propósito de creencias, le pregunté por qué en sus ceremonias le prenden fuego a la cruz, que es uno de los símbolos más importantes de la religión cristiana. Y me dijeron –en plural, porque Amanda, la esposa de Barker, intervino muchas veces durante la conversación, a veces aplacando un poco la ira de su esposo, pero sin moderarse para nada en el odio y el racismo– que es una manera de alumbrar, de iluminar la cruz. Y justifican con ello su grito de guerra al encenderla: “Por Dios, por la raza, por nuestra nación y por el Ku Klux Klan”.

Todo me pareció muy confuso, pero eso no impidió que siguiera con gran atención su ceremonia. En todo momento mi enfoque era vivir lo mejor que pudiera la experiencia para poder contársela a las personas que van a ver nuestro programa, para que traten de entender lo que hay en la cabeza de un supremacista blanco y sepan a lo que se pueden exponer cuando se los encuentren.

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Al final, todos quedamos muy impactados con su ritual. En él, participaron tres menores de edad, los dos hijos de los Barker y el hijo de un amigo. Los forman desde niños en su credo, y desde muy temprana edad son niños racistas y excluyentes. Niños que están llevando afuera el mensaje, como lo harán sus hijos y los hijos de sus hijos.

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Y como lo están haciendo ellos mismos ahora con un agresivo programa de reclutamiento. El Klan sigue siendo un grupo muy pequeño, pero la línea telefónica que promueve la célula de los Leales Caballeros Blancos en su página de internet (que fue la misma por la cual nos comunicamos para solicitar la entrevista), recibe diariamente entre 200 y 300 llamadas de gente que, según ellos, busca ser parte del Klan. Aunque con las exigencias que hacen, no parece fácil pertenecer al grupo.

Para aceptarte en su secta, los miembros del Klan tienen que chequear tu apellido –para ver de dónde vienes y en dónde están tus raíces– y someterte a una prueba de ADN para confirmar que eres 100% blanco y 100% estadounidense. Y que no haya ni rastro de judaísmo en tu sangre. Tanto como a los negros, o incluso más, odian a los judíos. Como los nazis. Y eso me aterra.

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Yo soy mamá. Y cuando tú eres mamá, eres casi mamá de todos los niños del mundo. Y quisieras protegerlos y evitarles todo tipo de dolor y todo tipo de sufrimiento. Aunque el sufrimiento hace parte de la vida, hay un tipo de sufrimiento que no es necesario, y es este. A nivel personal, esa fue una de las grandes lecciones que me dejó la entrevista con uno de los líderes del Ku Klux Klan.

La otra es que estos grupos están ahí, a la vista de todos, y como lo demuestran los acontecimientos de los últimos días, están buscando esparcir su lenguaje de odio­ por todo el país. Y que la mejor manera de impedir que logren su cometido es dando a conocer su mensaje y sembrando en nuestros hijos (y, por ende, en nuestra sociedad) el respeto y la tolerancia.

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