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¿Quién era Robert Wilkinson?

¿Quién era Robert Wilkinson?

Ahora el ligero temblor del rostro de Wilkinson y la angustia de sus ojos delataban lo que no me había querido contar.

"Hijo, creo que te van a matar, y si no te matan te van a hacer algo

terrible". Así terminó la conversación con Wilkinson, a quien yo había

conocido a los 17 años de edad, en 1962, cuando viajé desde Costa Rica

a los Estados Unidos. En San José vivía con mi hermano Rogelio, un año

menor que yo, él se alojaba en casa de Don Moisés Herrera y su esposa

Doña Rosita. Nuestro padre estaba preso y nuestra madre había decidido

quedarse en la isla. Después de una conversación que Rogelio escuchó

entre sus anfitriones, decidimos no seguir bajo el amparo del gran

amigo de mi padre y su familia, que se encargaban que no nos faltara

absolutamente nada.

Rogelio me había contado que en la conversación los esposos habían

decidido tenernos en cuenta a la hora de repartir su herencia. Me

preguntó: ¿Qué quería decir aquello? ¿Qué nunca volveremos a Cuba? La

implicación era grave para nosotros. No había otra opción, teníamos que

dejar la buena vida e irnos a los Estados Unidos a vivir como

exiliados. Allá teníamos una hermana menor, Lucy, en un internado. Don

Moisés, que era como un padre, nos comprendió.

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Al llegar del aeropuerto de Miami, adonde había viajado legalmente, me

llevaron a un campo de retenidos donde había muchos cubanos, 50 o más,

todos adultos. Estábamos allí para ser investigados o interrogados, no

sé. En mi caso querían saber todo lo que recordaba de mi padre y su

relación con Camilo, Fidel, etc. A los tres días estaba más que molesto.

Entonces llegó un tipo con personalidad, definitivamente

norteamericano, pero que hablaba español como un cubano. Se presentó

como periodista y me dijo que quería hacerme una entrevista. Le

respondí descortésmente que estaba cansado de preguntas y de estar en

ese lugar. Recuerdo su respuesta:

- ¿Quieres irte de aquí?

- Por supuesto, esto es aburridísimo y no se puede ni dormir bien.

- Espérame un momento.

Pasó un rato cuando lo vi venir entre las camas que estaban a uno y otro lado del pasillo. Me dijo:

-Coge tus maletas, que nos vamos.

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Yo pensé "Sí, claro, con todos los guardas que hay y un periodista,

como Mandrake el Mago, nos va a hacer desaparecer de aquí y terminamos

en la calle."

Pero recogí un par de maletas y lo seguí. Alguna gente nos miraba,

otros ni caso nos hacían. No me sentía bien diciendo adiós a quienes

habían sido amables conmigo y se quedaban, ni me sentía bien por los

que no conocía. Eran cubanos y se notaban preocupados, tenían que

rehacer sus vidas.

Aquello parecía una base militar, tal vez lo había sido alguna vez.

Para mi sorpresa los guardas nos dejaron pasar y salimos. Wilkinson iba

conversando, como para darme confianza. Nos montamos en un auto y me

dijo: ¿Para dónde quieres ir?

-Voy para New Jersey, pero quiero pasarme unos días en Miami; aquí

tengo una dirección de Vicente Rodríguez, que fue capitán de mi padre

en Camagüey.

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-O.K. Vamos para allá.

Vicente ya no vivía allí, se había mudado. Le di otra dirección y pasó

lo mismo. Wilkinson me dijo que aquí la gente se mudaba mucho. Entonces

me hizo una oferta.

-Por qué no vamos a casa y desde allí localizas a tus amigos por teléfono.

-Está bien.

Llegamos a su casa, llamó a su esposa Mary Louise, extremadamente

cariñosa y auténtica; su hija Patricia, tímida pero amable y su hijo

John, joven flaco y altísimo, quien me saludó con reserva pero con

simpatía. Todos amaban a Cuba. Pasé una semana con los Wilkinson. Desde

entonces fui parte de aquella familia. En 1992 murió "María Luisa" y yo

despedí el duelo. En nuestro bote regamos sus cenizas en la bahía de

Miami. John llegaría a Brigadier General de la Fuerza Aérea de E.U.

Patricia trabajó en del Departamento del Tesoro.

Viajé a New Jersey y años después, cuando yo trabajaba en el Chase

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Manhattan Bank de Wall Street, Robert me llamó por teléfono para

invitarme a almorzar. Nos reunimos.

-¿Qué haces por New York?

-Nos pidieron ayuda, y voy a pasar uno días en la ciudad.

-¿Pero qué ayuda?, le pregunté inocentemente

-Hay que vigilar a alguien llega a la misión rusa en la ONU

Me sorprendió y casi me callo, pero le pregunté:

-¿Como se hace eso?

-Es una operación donde interviene mucha gente. Hay personas en varias

calles, por delante, por detrás y por los costados, por donde quiera

que vaya alguien estará vigilando.

No hice más preguntas. Entendí algunas cosas, entre ellas aquella salida del campo de retenidos, años atrás.

En 1976, la mañana después de un atentado contra mi vida en San José de

Costa Rica, Wilkinson me llamó desde Madrid al Hospital Clínica Bíblica:

-Hijo, ¿cómo está esa herida?

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-Como estoy sedado, no duele nada. Los médicos dicen que por suerte la

bala se desvió al entrar al hombro, de lo contrario podía haber sido

peor.

-El hombre que te disparó ya salió de Costa Rica. Estamos detrás de él.

No le hice preguntas. Nunca quise hacerle preguntas, no quería saber las respuestas. Era como un pacto de caballeros.

Ahora, Robert Wilkinson se acababa de ir de mi casa y me había dejado

la advertencia de que algo serio me podía pasar. Nunca le había hablado

en detalle del proyecto de la Voz del CID ni de TeleCID, ni del fracaso

de TV Martí, pero él siempre parecía saberlo todo. Ya no era "el

periodista" joven y fuerte que había conocido a mis diecisiete años.

Entonces tenía un control total sobre sus emociones. Ahora el ligero

temblor de su rostro y la angustia de sus ojos delataban lo que no me

había querido contar.

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