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La columna del periodista Raúl Benoit.

Por ser feliz no sufrirás castigo

Por ser feliz no sufrirás castigo

Cuando niño en el colegio la felicidad era prácticamente prohibida en las escuelas, iglesias y hasta hogares.

La columna del periodista Raúl Benoit.
La columna del periodista Raúl Benoit.

Por Raúl Benoit, en Twitter @RaulBenoit

Cuando niño en el colegio me encajaron en la cabeza una idea perturbadora: que si reíamos hasta el cansancio, una desgracia sucedería. Era como si el Universo nos multase por ser felices. La felicidad era prácticamente prohibida en las escuelas, en las iglesias y hasta en los hogares.

El dios que castigaba era una amenaza latente. Pasaron los años y desperté de ese miedo a ser feliz y entendí que la enseñanza la impartían con dolor y sufrimiento con un solo fin: Todo hacía parte de un complot de la misma sociedad que nos condenaba a una vida de confusiones y manipulaciones. Sospecho que el plan sigue siendo el mismo.

El sistema nos convierte en seres humanos estándares y de esa manera nos domina. Por ejemplo, somos máquinas consumistas. Cómo vestir es una decisión individual, pero nos obligan a estar a la moda. Nos encuadran dentro de un esquema social, político, religioso y ahora comercial que, por lo general, nos lleva a la tristeza, porque si no tenemos somos infelices.

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Otro paradigma es que los machos son los proveedores y las hembras reproductivas se encargan del hogar. Antes los hombres tenían derecho a divertirse y las mujeres encerradas en casa castigadas en sufrimiento. Nos creemos seres inteligentes, pero nos regimos por muchas reglas primitivas.

El que se salga de esa norma es considerado rebelde, pero la rebeldía no es sinónimo de fracaso o infelicidad. La rebeldía con raciocinio, diálogo y respetando a los demás, es uno de los caminos a la libertad.

De cierta manera la educación fue creada por sistemas políticos y sociales para impedir que las personas pensaran libremente. La intención es mantener al rebaño sometido para poder seguir mandando.

Los papás son la ley y tienen la última palabra. En mis tiempos ellos no se atrevían a expresar el amor con caricias porque, tal vez, guardaban en su corazón el miedo a ser felices. Suponían que mimar generaba una mala educación y que los hijos nos podríamos convertir en seres débiles. El resultado es una sociedad mecánica, sometida y hasta resentida.

Lo que no hemos aprendido o nos negamos a admitir es que el amor, el respeto y el buen trato, son las primeras herramientas para conseguir la felicidad.

Un adulto, emocionalmente estable, se logra con una infancia nutrida de amor, cariño y aceptación de otros seres humanos y mucho mejor si ese amor proviene de los padres.

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Quien aprenda desde niño a gestionar para bien sus emociones será más feliz de adulto. Pueden capacitarnos en matemáticas, geografía, ciencias e historia, pero si no nos enseñan a complacer y complacernos, a compartir y a expresar las emociones, seremos adultos aburridos, antipáticos y llenos de amargura.

Para mejorar la sociedad hacia el futuro, los maestros y los padres deben proponer y no imponer. La disciplina no debe ser autoritaria, debe ser funcional. La disciplina no es sumisión, es saber convivir.

Cambiemos la educación en el hogar y en el colegio. Que no sea tan estricta y tan disciplinada. Niños y jóvenes deben actuar de forma espontánea. Manifestar la creatividad y el libre desarrollo de la personalidad y entender que dar y recibir amor, reír y ser feliz no será castigado.

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