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Por qué los huracanes Harvey e Irma no llevarán a la acción contra el cambio climático

Por qué los huracanes Harvey e Irma no llevarán a la acción contra el cambio climático

Esta es la razón por la cual la preocupación y frustración que provocaron los daños humanos y materiales de ambos desastres naturales no necesariamente se traducirán en acciones para evitar futuros impactos.


No es fácil mantener la atención de un país durante mucho tiempo, pero tres semanas continuas de huracanes que afectan directamente a varios estados y al menos 20 millones de personas sin duda lo están logrando.

La ocurrencia de una serie de desastres naturales captura nuestra atención de una forma que quizás acontecimientos singulares no logran, pues abren nuestras mentes a la posibilidad de que éstos no sean simplemente accidentes o fenómenos naturales a los que soportar dolorosamente. Como tales, pueden provocar debates sobre las "lecciones de los desastres" que deberíamos estar aprendiendo. Y yo diría que la combinación de Harvey e Irma ha provocado este tipo de momentos.

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Los daños causados por las tormentas sin duda conducirán a lecciones importantes en preparación y respuesta ante desastres. Para muchos, sin embargo, el llamado más urgente es a aprender a reconocer al fin la conexión entre el cambio climático y los climas severos.

¿Provocará esta seguidilla de desastres la palanca necesaria para hacer que EEUU pase del "debate" a un plan de acción contra el cambio climático?

Es fácil ver la historia de desastres naturales en una perspectiva de causa-efecto y así sortear cada desastre en el tiempo y detectar las reformas como si estas emergieran naturalmente tras la adversidad y debido al nuevo compromiso con el cambio. Pero como historiador con enfoque en riesgo y desastres naturales, puedo decir que este punto de vista puede ser engañoso.

Reforma generacional

A principios del siglo XX, Estados Unidos pasó por una era de profunda preocupación por los desastres urbanos que parecían amenazar la vida de la ciudad misma.

En diciembre de 1903, el Iroquois Theatre Fire, en Chicago, mató a más de 600 miembros de la audiencia debido a una construcción defectuosa.

Poco más de un mes después, en febrero de 1904, el Gran Incendio de Baltimore consumió 140 acres de la ciudad. Ese mismo mes, un gran incendio devastó Rochester. En junio del mismo año más de 1,000 personas murieron debido a un incendio a bordo del buque de vapor General Slocum en la ciudad de Nueva York.

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Los periódicos de la época estaban llenos de ira y miedo por los peligros del fuego y las acciones inescrupulosas de los ganadores y los operadores de la línea de barco. A pesar de la intensidad de este grupo de desastres de 1903-04, los estadounidenses verían muchos más de esos desastres aún en San Francisco (1906) y en el Triangle Shirtwaist Fire (1911) antes de que las reformas consiguientes en la seguridad contra incendios pasarán a ser ley.

Finalmente llegaron esas reformas, pero no todas a la vez ni con un solo proyecto de ley. Las reformas se distribuyeron en los códigos de construcción, los planes de la ciudad y las normas de seguridad de los productos que entraron en vigor en la década de 1930. Los desastres definieron momentos en el tiempo; pero la reforma fue generacional.

Las secuelas del 11 de septiembre proporcionan otro ejemplo revelador. El desastre llevó a múltiples investigaciones y estudios, incluyendo el Informe de la Comisión del 9/11. Quizás el efecto más duradero del 11 de septiembre fue la reestructuración del gobierno que creó el Departamento de Seguridad Nacional.

Sin embargo, debemos tener cuidado cuando saltemos rápidamente del desastre a la reforma. La respuesta federal al 11/9 parecía rápida y decisiva, pero de hecho siguió un guion establecido en la década anterior a través de intentos repetidos de algunos políticos de reformar la capacidad del gobierno para responder a la amenaza del terrorismo.

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Los científicos del Instituto Nacional de Normas y Tecnología tardaron años en explicar las causas exactas del colapso de las Torres Gemelas. Y al hacerlo, descubrieron vulnerabilidades de incendios, estructuras y evacuación en las torres. Estos defectos fueron detectados por primera vez en el atentado de 1993, pero datan de la década de 1960, cuando los edificios fueron diseñados y construidos.

Las reformas tras el 11 de septiembre llegaron, pero sólo como parte de un amplio continuo de preocupación, investigación y debate sobre las opciones políticas que habían precedido a ese terrible día.

Fotos aéreas: La destrucción de Harvey a su paso por Texas

Desastres de largo alcance versus eventos

Esto nos lleva de vuelta a Harvey, Irma y la conexión del cambio climático. No hemos visto ninguna conversión del día de la tormenta sobre el cambio climático en la administración de Trump - de hecho, el Secretario de la EPA, Scott Pruitt, comentó que era "insensible" incluso abordar el tema mientras las tormentas aún estaban activas.

Hay muchas pruebas en la psicología social que indican que las percepciones individuales del riesgo -o compromisos individuales con una ideología- no pueden ser fácilmente sacudidas por factores externos, incluso factores tan dramáticos como tormentas como Harvey, Irma o incluso Katrina.

Esto encaja con el patrón histórico: Los desastres agrupados pueden agudizar nuestros sentidos ante los riesgos en nuestro medio e incluso perturbar nuestra complacencia, pero no necesariamente conducirán directamente a nuevas leyes o cambios ideológicos personales. Los fuertes compromisos con el uso de la tierra, los beneficios y el desarrollo inmobiliario históricamente han militado en contra de los llamados a la precaución, moderación y mitigación, a pesar de que este segundo tipo de normas harían a los estadounidenses estar más protegidos y mejor preparados en caso de desastres. Y esta dinámica no será alterada por nuevos huracanes, no importa cuán aterradores sean sus efectos.

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Los mejores indicadores de cambio, que se basan en la historia, han demostrado ser eventos que se agrupan en períodos mucho mayores.

Ver el cambio climático a través de un enfoque de desastre a largo plazo (llamado “desastre lento”) permite a la sociedad civil y a los investigadores científicos entender que este fenómeno (el cambio climático) ocurre en un periodo de tiempo amplio, por lo que tiene relación y resulta favorecido con múltiples episodios de desastres naturales.

Por ejemplo, la alerta roja sobre la toxicidad del DDT planteada por Rachel Carson en 1962 tuvo efectos inmediatos, pero este fue sólo un primer paso en una serie de eventos que siguieron. Debe considerarse como parte de un proceso de reforma mucho más impactante y lento que condujo hasta la creación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970 y a una ola de regulaciones ambientales que entraron en vigor en esa década.

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Esta relación entre los “eventos” de desastres y una “era de desastres” es fundamental que la entendamos. Allí podría radicar el comienzo de una era en la conciencia pública sobre las conexiones entre desastres como huracanes, incendios, sequías y el “desastre lento” del cambio climático.

Es frustrante que a las personas que piden una acción rápida del gobierno sobre el cambio climático se les diga que deben jugar la carta de que este es un "desastre de largo plazo". Y es que, ¿cómo no van a enojarse si en los desastres de las últimas semanas han experimentado la pérdida de un ser querido o de un hogar? (Eso no parece ser largo alcance para ellos).

Aun así, es útil para todos nosotros notar que incluso los desastres más devastadores quedan apenas como puntos de un cronograma más largo, una línea de tiempo que podría conducir a una reforma siempre y cuando haya acción política que prepare el camino.

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De hecho, involucrar víctimas de desastres naturales con científicos e ingenieros ha demostrado ser una buena manera de extraer enseñanzas del paso de los desastres naturales, mismas que podrían favorecer cambios más efectivos y ambiciosos. Esto podría incluir el reingreso de EEUU en la lucha mundial contra el cambio climático o la aprobación de leyes que incluyan la preparación contra el calentamiento global en los planes futuros de construcción.

Los huracanes de Harvey e Irma serán un catalizador para una nueva era de realismo respecto a los peligros del cambio climático hasta que la sociedad civil y nuestros políticos los reconozcan como parte de un patrón que se extiende por décadas y no por semanas.

Nuestra urgencia de aprender más sobre los desastres naturales es importante, y es también un imperativo moral. Sería prudente aprovechar esta urgencia para formar un compromiso generacional para reducir el sufrimiento que provocan.

*Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation. El autor es Scott Gabriel Knowles, profesor de la Universidad de Drexel .

The Conversation

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