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Honrar a los océanos es honrarnos a nosotros mismos

Honrar a los océanos es honrarnos a nosotros mismos

¿Sabías que una de cada dos moléculas que respiramos nació en el mar? Una doctora en oceanografía aprovecha este Día de los Océanos para desafiarnos a reflexionar su valor para nuestros pulmones, estómago y cerebro.

Desde el 2002, el 8 de junio festeja el Día Mundial de los Océanos y año a año, el lema que acompaña la celebración apunta la atención del evento hacia alguno de los principales retos que enfrentan nuestros mares. Este 2017 la intención de la efeméride nos provoca con la promesa: “Nuestros Océanos. Nuestro Futuro”. Pero ¿cómo es que el océano se relaciona con nuestro futuro, independientemente de si vivimos cerca o lejos de la costa? La respuesta arranca desde los orígenes de la vida misma, la nuestra y la del planeta.

El mar fue esa cuna que arrulló a la vida más primitiva de la Tierra, el lugar desde donde nuestros antepasados unicelulares emprendieron el viaje evolutivo. Fue ese hogar prehistórico, que generó los obstáculos precisos y los inconvenientes necesarios para animarnos a desarrollar adaptaciones, que hoy convergen en la especie que somos.

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Sin embargo, agradecemos al mar por más que solo quienes fuimos. El océano es hoy, día a día, fisiológicamente, una parte integral de los átomos que constituyen nuestro cuerpo. Con cada vital inhalación de oxígeno, el mar alimenta a nivel biogeoquímico nuestras más íntimas funciones. ¿Sabías que una de cada dos moléculas que respiramos nació en el mar, a partir de la fotosíntesis hecha por trillones de seres llamados plancton? ¡Es así! El ‘oro gaseoso’ que cada minuto del día desemboca en nuestros pulmones (y los de todo ser vivo) es resultado del comportamiento de micro-organismos que extraen dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera y realizan la alquimia de convertirlo en oxígeno.

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Los pulmones no son el único órgano de nuestro cuerpo que aprecia al océano, también lo hacen nuestro paladar y nuestro estómago. Mientras evocamos recuerdos de todos los manjares de crustáceos, moluscos y pescados que hemos saboreado alguna vez, el Día del Océano trasciende ese pasajero deleite, para reconocer el sustento que nos dan esas fuentes de proteína y nutrientes, combustibles elementales para la formación y el desarrollo de cada una de las fibras de nuestros músculos.

Es así que cuando respiramos y comemos, el legado del mar queda físicamente impreso a lo largo y ancho de nuestro cuerpo y posibilita esa extraordinaria capacidad que disfrutamos, de hacerlo actuar a nuestro agrado.

Por eso sostengo que el Día de los Océanos no debe ser solo una conmemoración más en el ocupado calendario. Los mares necesitan desesperadamente que reconozcamos que son parte de nosotros y de nuestro bienestar, tanto el físico como el emocional. Como cuando buscamos recreación y descanso en una playa o una isla y ellas generosamente nos regalan atardeceres pacíficos y anaranjados, de esos que renuevan nuestro tanque de optimismo y paz interior.

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Aguas de ciencia y ficción

Pero pienso que el agradecimiento debe ir todavía más allá. El océano es también un semillero de curiosidad y fantasías. Por siglos, sus misteriosos hábitats y sus extrañas formas de vida han estimulado la ciencia y la exploración, empujando los límites de nuestro conocimiento sobre el planeta y nuestro rol en su ecosistema. A la vez, lo que todavía no sabemos ni terminamos de entender sobre el mar provee infinito material para inventar criaturas míticas, idear viajes épicos de 20,000 leguas y soñar con mundos de quimera.

Para mí, dedicar un día a los mares es una invitación a salirnos de la mentalidad habitual de nuestra existencia terrestre y transportarnos imaginariamente a un mundo tridimensional, en su mayoría oscuro y de constante flujo.

Celebrar el día de los océanos se trata de honrar ese 70% de la superficie del orbe cubierto por aguas que si bien nunca navegaremos, donde viven seres que probablemente nunca observaremos y que tocan costas que tal vez nunca visitaremos, tienden un puente físico y acortan distancias hasta culturas y puntos de vista que nos enriquecen, solo con existir.

Hay tantos atributos que podemos imitar de él. Con su existencia, paciente e imperturbable, el mar personifica la resiliencia. Una ola a la vez, nos inspira con perseverancia a forjar pequeños cambios, de esos que se vuelven perceptibles solo con el beneficio de milenios de perspectiva.

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Sus corrientes diligentemente transportan calor y precipitación del Ecuador hacia los polos regulando a su paso patrones de tiempo y clima, desde lo local hasta lo global. Con su circulación indómita, el mar es el encargado mundial de distribuir los beneficios de la radiación solar, hasta rincones que ni el sol mismo alcanza a tocar, ya sea en la superficie o en las profundidades de sus abismos.

Por tanto que recibimos del océano, agradecerle con un solo día me parece insuficiente y hasta trivial. Para que de verdad festejemos al mar, debemos ser capaces de asumir un compromiso continuo por protegerlo y en ello radican enormes retos. Tener presente al océano en nuestra rutina cotidiana se traduce en ser receptivos ante todos los beneficios que nos ofrece y en resaltarlos cuando sus favores parecen darse por sentados. Respetar el océano debe traducirse en apreciar los recursos que extraemos de él y en la responsabilidad de disponer de éstos de la forma más sostenible posible. Amar al mar implica justamente no rendirnos, no sucumbir paralizados ante fotografías de animales ahogados en plástico o atrapados en redes fantasmas, sino repensar nuestros hábitos y aprender a medir las externalidades de nuestras conductas cotidianas.

Soy privilegiada en celebrar a los océanos diariamente con mi trabajo y vivir sumergida en la sorpresa de los descubrimientos que su exploración continuamente revela. Creo que el Día Mundial de los Océanos es una oportunidad única para recordar que el mar no es más que un conglomerado de gotas de agua… al igual que una sociedad es sólo un conjunto de personas independientes. Las maravillosas capacidades que tanto océanos como sociedades propician, potencian las fortalezas de sus partes individuales, siempre y cuando actúen cohesiva y decididamente, fuertes y perseverantes, resueltas por crear y sustentar vida.

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Como expresó esta semana el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres ante el Congreso Mundial de los Océanos, “conservar nuestros océanos y utilizarlos sosteniblemente, es preservar la vida misma”. Yo ampliaría que un futuro limpio, saludable y justo para nuestros océanos significa también un futuro limpio, saludable y justo para la humanidad misma. Porque cuando nos vemos reflejados en la superficie calma del mar, esas gotas de agua nos están susurrando ecos de quienes fuimos al principio, lo que somos en esencia y tanto más que podríamos llegar a ser.

Honrar a los océanos es honrarnos a nosotros mismos. Por lo contrario, ceder ante la apatía o caer en la pasividad es equivalente a menoscabar a la humanidad entera. Entonces, ¿te animas a que tu pacto como guardián de tu futuro armonice con tu trato hacia el océano?


Melania Guerra es una costarricense apasionada por la exploración de ambientes extremos. Como ingeniera y oceanógrafa ha hecho investigación desde los estrechos del Océano Ártico, el Sureste de Alaska, las costas de California y Baja California y la Isla del Coco, hasta Groenlandia. Su especialidad es evaluar y describir las características del ruido submarino generado por fuentes y actividades humanas para evaluar el impacto que tiene en los ecosistemas, especialmente en los grandes mamíferos como las ballenas grises y jorobadas. Para ello, ha completado entrenamientos de supervivencia polar y escape de helicópteros, entre otras cosas. Guerra se egresó de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Costa Rica para luego trabajar en el Laboratorio de Propulsión Espacial Avanzada del Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston, Texas, bajo la tutela del astronauta Franklin Chang-Díaz. Cursó su Maestría y Doctorado en Oceanografía en el Instituto Scripps de la Universidad de San Diego, California, realizando investigaciones en el tema de bioacústica submarina y hasta el 2013 fue Investigadora Invitada del Programa de Investigaciones Bioacústica (BRP) de la Universidad de Cornell, en Nueva York. Más recientemente, figuró como Investigadora Asociada en el Laboratorio de Física Aplica de la Universidad de Washington, en Seattle. Guerra también destaca como conferencista TEDx y mentora de vocaciones científicas de la iniciativa MenTe en Acción, en Costa Rica.

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