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Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Arturo Sarukhan
Opinión

Consultor internacional, exembajador de México en Estados Unidos.

Una presidencia nixoniana

Una presidencia nixoniana

“Trump y su círculo duro están probando a las instituciones, viendo dónde tienen o no capacidad de respuesta, y cuánto pueden correr la ventana de lo políticamente aceptable”.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos.

Los primeros meses de gestión del presidente Donald Trump se yerguen sobre nosotros como una continuación de facto de su campaña electoral: caos, disrupción, demagogia, mendacidad, contradicción, falta de transparencia y una embestida al orden internacional liberal. Su marca indeleble ha sido –al igual que su campaña– un asalto sin cuartel a las normas y pilares de la vida política y democrática de Estados Unidos y su sistema de contrapesos, así como ataques bananeros contra jueces, periodistas, activistas y opositores.

Trump ha dominado casi todo ciclo noticioso, generando cintillos espectaculares, pero –más allá de revertir decisiones de su antecesor– poquísimos resultados tangibles, creyendo que movimiento equivale a acción. La filtración de información de distintos grupos en el entorno del mandatario solamente ha abonado al caos y a la descoordinación y, en el proceso, ha prendido fuego a la integridad de la figura presidencial que mantuvo tan en alto Obama durante sus ocho años en la Casa Blanca.

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Sin duda, Trump ha enfrentado mucha mayor resistencia institucional y política de la que se topó durante la campaña y la transición. Tanto en lo interno como externo, ha chocado con una realidad ineludible: para gobernar tendrá que aprender a funcionar en un entorno al cual se dedicó a denigrar en lo que va de su corta carrera política. Y su popularidad, la más baja de cualquier Presidente estadounidense en tiempos modernos, muestra que la mayoría de quienes votaron por él lo tomaron en serio, pero no literalmente. Sin embargo, estoy convencido que detrás de la locura de estos meses hay un método. Trump y su círculo duro están probando a las instituciones, viendo dónde tienen o no capacidad de respuesta, y cuánto pueden correr la ventana de lo políticamente aceptable.

Nada como el despido del director del FBI, James Comey, para ilustrar este patrón. Su cese fulminante ha sido la culminación de uno de los capítulos más polémicos en la historia moderna de la Oficina Oval y de la presidencia estadounidense. Pero es indudable que la decisión del presidente Donald Trump también abre y plantea nuevas y potencialmente delicadas interrogantes sobre el futuro de la investigación que desde el arranque de la Administración se cierne como una espada de Damocles sobre la cabeza del Presidente y de su equipo. Como es bien sabido, Comey y el FBI habían estado investigando posibles vínculos entre los entonces integrantes de la campaña y el equipo de transición de Trump –algunos de los cuales actualmente ocupan cargos en el gabinete y equipo de la Casa Blanca– y el gobierno ruso.

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No deja de haber cierta ironía en la explicación ofrecida inicialmente por la Casa Blanca para el despido, la cual se centró en el manejo de Comey de la investigación sobre los correos y el servidor electrónico de Hillary Clinton. Muchos demócratas, incluyendo a la propia Clinton, creen que lo que hizo Comey al reabrir la investigación hacia finales de la campaña presidencial de 2016 contribuyó a la victoria de Trump en noviembre pasado. Datos y análisis recientes de encuestas y patrones del voto demuestran que, efectivamente, el anuncio de Comey en ese momento decantó el voto de un número significativo de votantes indecisos o independientes a favor de Trump.

Esta es una de las razones por las cuales, en el momento inmediato de su despido, Comey se vio poco arropado políticamente a raíz de los escasos defensores públicos y múltiples detractores con los que contaba en razón de sus acciones a diez días de que los votantes acudiesen a depositar su voto en las urnas en noviembre pasado. Eso podría explicar por qué la orden de Trump de despedir a Comey produjo, al menos inicialmente, una reacción más que tibia entre legisladores de ambos partidos, en defensa del director del FBI.

Pero a medida que pasaron las horas y –como decimos coloquialmente en “mexicano”– fue “cayendo el veinte” de la decisión de cese, así como el contexto en el que ésta se había tomado, la reacción negativa se fue acrecentando por minutos, y los demócratas y algunos republicanos comenzaron a plantear preocupaciones sobre la coyuntura del despido y las posibles implicaciones de la acción de un presidente cuya Administración ha cargado, desde su arranque, con el fardo de una investigación en torno a las acciones cibernéticas de Rusia y los vínculos con el equipo de Trump.

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Si a ello se agrega que la Casa Blanca se metió solita a la boca del lobo dejando entrever, en un acto de fanfarronería y de amenaza abierta, que el Presidente además tenía grabaciones de sus conversaciones en la Oficina Oval con Comey, el escandalo es ya mayúsculo, con varios legisladores demandando que esas grabaciones deben ser parte de la investigación.

El cese de Comey detonó comparaciones inmediatas con la llamada “masacre del sábado por la noche”, el 20 de octubre de 1973 durante el escándalo de Watergate, cuando el entonces presidente Richard Nixon despidió al fiscal independiente que estaba investigando el caso y ello a su vez condujo a las renuncias del Procurador General y el Procurador General Adjunto de Justicia. Esta decisión desató una tormenta y una fuerte reacción contra el presidente, y fue un momento decisivo en el camino que culminaría con la destitución de Nixon.

Es indudable que Comey cometió un error garrafal con el manejo de la investigación de los correos electrónicos de Clinton al politizarla a unos cuantos días de los comicios presidenciales estadounidenses. El propio Procurador General Adjunto de Justicia, Rod Rosenstein, entregó hace unas semanas un reporte demoledor al Procurador General Jeff Sessions, en el que estipula que el ahora ex director del FBI había rebasado sus propias atribuciones al celebrar una conferencia de prensa el 5 de julio de 2016 en la que anunció que no buscaría fincar cargos contra la ex secretaria de Estado y en la cual criticó de manera frontal a Clinton. Rosenstein también criticó la decisión de Comey de anunciar en una carta al Congreso el 28 de octubre pasado que estaba reabriendo la investigación, factor que contribuyó a la derrota de Clinton el 9 de noviembre. Rosenstein también dijo que Comey estaba equivocado al defender sus propias acciones tan recientemente como la semana pasada durante testimonio ante un comité del Congreso. Terminó afirmando: “Es improbable que el FBI recupere la confianza del público y del Congreso hasta que tenga un director que comprenda la gravedad de los errores y se comprometa a no repetirlos”. Muchos demócratas estarán indudablemente de acuerdo con el caso que Rosenstein presentó para justificar el despido de Comey.

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Y sin embargo, la decisión de despido de Trump lógicamente ha desatado una oleada de preguntas e interrogantes acerca del contexto en el cual ha ocurrido el cese, casi sin precedentes, de Comey. Que un presidente cuya campaña esté bajo investigación despida al funcionario que encabeza la investigación naturalmente evoca sospechas y preocupaciones sobre los verdaderos motivos detrás de la acción. Además, después de todo, Comey no es el primer funcionario del Departamento de Justicia en ser despedido por el actual Presidente. Al principio de su mandato, Trump echó a la entonces Procuradora General interina, Sally Yates, quien había declarado que el Departamento de Justicia no defendería la orden ejecutiva inicial del presidente prohibiendo el ingreso al país de ciudadanos de siete países musulmanes. Unos días más tarde, Preet Bharara, el ex fiscal federal para el distrito de Manhattan, fue cesado después de negarse a acatar la instrucción de la Casa Blanca de presentar su renuncia.

El despido de Comey ha dejado a la Administración una vez más encarando una cámara húngara sobre cómo proceder con respecto a la investigación de los vínculos con Rusia. Trump estará bajo presión para ceder ante las peticiones de múltiples legisladores, columnistas y páginas editoriales de los medios estadounidenses para que se designe un fiscal especial independiente para retomar el caso y la investigación, una decisión que ciertamente podría abonar mayor confianza en la independencia y neutralidad de la investigación, pero que el Presidente y su equipo cercano podrían ver como un curso potencialmente más peligroso. Fue notable que en su breve carta de despido a Comey, el Presidente hizo todo lo posible para subrayar que el director del FBI le habría dicho tres veces que no estaba bajo investigación. Pero el Presidente ha sido renuente a aceptar sin ambages las conclusiones de las propias agencias de inteligencia estadounidenses en el sentido de que los rusos interfirieron en las elecciones con el propósito de minar a Clinton y, por lo tanto, de ayudarlo a él. Trump ha respondido invariablemente que no hay evidencia de colusión por parte de su equipo de campaña, a pesar de que su primer Asesor de Seguridad Nacional tuvo que separase del cargo y su actual Procurador General de Justica, Jeff Sessions, ha tenido que recusarse de cualquier aspecto de la investigación precisamente por los contactos de ambos con la embajada rusa en Washington.

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La declaración pública de Comey a principios de abril en el sentido de que su oficina estaba investigando las acusaciones de vinculación explícita con Rusia dejó claro que había en curso una investigación real y a fondo que amenazaba a la Administración. Al despedir a Comey el martes pasado, el Presidente ha aumentado significativamente lo que está en juego, para el Departamento de Justicia, el FBI y, en última instancia, para su propia Administración, así como las apuestas de si permitirá que la investigación continúe hasta su conclusión lógica, sin interferencia.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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