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Opinión: Una democracia atrofiada

Opinión: Una democracia atrofiada

Arturo Sarukhan considera que el bipartidismo de Estados Unidos ha desaparecido

Opinión: Una democracia atrofiada GettyImages-Elephant-Donkey2.jpg

Por Arturo Sarukhan, consultor internacional (*)


Estamos a escasos tres meses de que se dé el banderazo de salida a la campaña presidencial estadounidense con el primer caucus –en Iowa– y la primera primaria –New Hampshire– en febrero próximo.


Y si bien tres meses –y ya no se diga los 13 que aún faltan para que los ciudadanos estadounidenses acudan a las urnas en noviembre de 2016– son, en todo proceso electoral, una eternidad en la cual cualquier cosa puede suceder, hay procesos y tendencias que más allá de lo que acabe ocurriendo con las nominaciones Demócrata y Republicana, así como con el propio resultado de los comicios, están marcando al proceso político estadounidense de manera dramática y con resultados tan imprevisibles como poco saludables.


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Shakespeare y la política siempre se han llevado de la mano. Por ello en esta columna que aborda lo que hoy aqueja a la democracia estadounidense, parafraseo de entrada una cita clásica del repertorio del bardo inglés: algo está podrido en los Estados Unidos de América. Y no es que en Washington exista un escándalo en puerta como en la corte danesa de Hamlet, pero los signos vitales que emanan de un sistema político crecientemente quebrado sí que son preocupantes y los síntomas están a la vista de todos.


Temas torales para esta nación, como la capacidad de presentar una legislación de manera normal y programática en el Congreso, aprobar leyes de asignación presupuestal anuales, atacar de raíz el déficit fiscal, cerrar la brecha de la desigualdad, pasar una reforma migratoria, aprobar nombramientos de embajadores o arropar con autorización legislativa las negociaciones comerciales megaregionales en las que está involucrado su Ejecutivo, por mencionar solo algunos ejemplos, se encuentran en entredicho gracias a la profunda polarización y brecha ideológica y partidista entre Demócratas y Republicanos, y entre la Casa Blanca y el Capitolio.


Muchos argumentarán que no es la primera vez que esto sucede en la historia de Estados Unidos. Y es cierto: desde sus inicios como nación, en los procesos deliberativos que condujeron a la redacción del acta de Independencia y de la Constitución, durante los debates en torno a la esclavitud y la expansión territorial de la joven república, o en los debates en torno al papel del Estado, los derechos civiles o las llamadas guerras culturales en torno a normas y principios de política social, siempre ha habido un nivel elevado de confrontación –en algunos momentos incluso violenta– de ideas y principios. Pero la polarización y la metástasis nunca habían sido tan nocivas. En todos los años que llevo estudiando y observando a Estados Unidos –desde la academia y la diplomacia mexicana- interactuando con su sociedad y su clase política, jamás había atestiguado un entorno político tan disfuncional como el que ahora impera en Washington.


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Hay muchas razones estructurales que explican las actuales circunstancias y la incapacidad que han mostrado los actores políticos para gobernar y legislar en la capital estadounidense. No obstante, tres de ellas me parecen las más importantes.


La primera es el proceso de manipulación en la configuración de distritos electorales y que, de manera creciente, tanto Demócratas como Republicanos están utilizando a nivel local y estatal para blindar y favorecer electoralmente a congresistas en funciones, modificando la demarcación de una circunscripción o distrito electoral en función de preferencia o militancia partidista y de los factores étnicos o religiosos de la población que reside en dicha circunscripción. Esta práctica de redistribución arbitraria de distritos electorales es conocida en inglés como “gerrymandering”. El hecho de que, por ejemplo, en las elecciones intermedias de 2010, solo cuatro congresistas en funciones perdieran ese año su escaño ante rivales que buscaban desbancarlos es indicativo de qué tan eficaz se ha vuelto esta práctica para blindar la reelección de representantes.


Pero el problema va más allá de la reelección de un legislador y la capacidad de un partido político de obtener una mayoría –y por ende el control– de la Cámara de Representantes y de todos sus comités. En el fondo, la reconfiguración distrital perpetúa en el poder a congresistas –hay que decirlo, particularmente Republicanos- que así pierden todo incentivo para modificar o revisar posicionamientos políticos y que más que cuidarse de un potencial contendiente electoral del partido opositor, se ven obligados a cuidarse de contrincantes en el interior de su propio partido.


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Esto conduce, por ende, a votar siempre en consonancia con la mayoría de los electores de la circunscripción. No hay razón para tomar en cuenta otras voces minoritarias y de oposición en su distrito y mucho menos a asumir posiciones o emitir votos riesgosos que deriven en que al Republicano lo rebasen por la derecha. Toda política –como adelantó Thomas P. “Tip” O'Neill, Jr., el emblemático Líder de la Cámara en la década de los años ochenta– se ha vuelto local, y hoy aún más, en detrimento de la agenda nacional. Esto por ejemplo explica en gran medida por qué el liderazgo Republicano nacional –y moderado– haya sido incapaz de mover a su partido al centro y apoyar una reforma migratoria o desincentivar pronunciamientos claramente xenófobos y anti-hispanos.


La segunda razón es la radicalización en el espectro ideológico en Estados Unidos. Se trata de un fenómeno más sutil y menos medible pero igualmente delicado. El surgimiento y consolidación de canales en televisión y radio dedicados de modo exclusivo a las  noticias, así como la explosión de redes sociales y plataformas noticiosas y de opinión digitales, han erosionado el común denominador en la socialización política del ciudadano estadounidense.


Hasta hace dos décadas, había básicamente tres fuentes de noticias –ABC, CBS y NBC– muy similares en tendencia y de corte moderado y centrista, si bien una de ellas tiraba más a centroderecha y otra a centroizquierda. Esa convergencia de opinión editorial reflejaba también un sistema político que más allá de los desacuerdos entre Republicanos y Demócratas, era relativamente centrista. Los televidentes estadounidenses estaban expuestos a un debate y exposición transversales de ideas que gravitaban hacia y convergían en el centro. Hoy eso se ha evaporado. Con canales noticiosos de 24 horas, con el alud de opciones de información y de opinión, los estadounidenses han adquirido la capacidad para leer o sintonizar solo las fuentes y tendencias con las que comulgan, filtrando cualquier argumento o posición que no compartan. Esto ha eliminado el contraste de ideas y la exposición a corrientes de opinión que no sean las propias, y a una cerrazón y polarización ideológicas.


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La tercera razón radica en el creciente peso del dinero en los procesos electorales, particularmente a raíz de una decisión lamentable de la Suprema Corte en 2010 (“Citizens United vs. FEC”). Amparada en la Primera Enmienda a la Constitución, que garantiza la libertad de expresión, la Corte determinó eliminar todo tope de gasto y límite a cómo y cuánto pueden donar individuos y corporaciones a las campañas políticas a través de los llamados Comités de Acción Política (PAC y SuperPAC). En términos prácticos, este dictamen no solo permite canalizar fondos anónimos a las campañas sino que abre la puerta a que las personas que recauden o coloquen más recursos en los procesos electorales y preelectorales, puedan tener una influencia desmedida en el proceso mismo y en la eventual toma de decisiones gubernamental.


Esto hace que los partidos y sus activistas estén de facto inmersos en una recaudación permanente de fondos y que ello los vuelva rehenes de intereses, agendas y visiones particulares, en detrimento de la gran mayoría de los ciudadanos. No sorprende, por ende, que tanto el movimiento del Tea Party como Occupy Wall St. sean las dos caras opuestas y extremas del mismo fenómeno: ciudadanos que sienten que sus aspiraciones, preocupaciones o visiones no tienen cabida en los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente. Ese sentimiento de que los partidos políticos tradicionales ya no son correa de transmisión de las aspiraciones de los votantes y de rechazo a políticos de “más de lo mismo” es en gran parte lo que explica el surgimiento de candidaturas percibidas como retadoras del “establishment”, ya sean éstas las de Trump y Carson en la derecha, o la de Sanders en la izquierda. Glosando a Churchill, nunca en la historia de la democracia estadounidense tan pocos han hecho tanto para que tantos sientan que no tienen voz en lo procesos de toma de decisiones.


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Hoy el bipartidismo que tanto incidió en la vida política y pública de Estados Unidos a lo largo de prácticamente todo el siglo XX ha desaparecido. Y es justo el bipartidismo lo que ha permitido al país establecer los consensos políticos, sociales y económicos fundacionales y paradigmáticos de su historia moderna. A raíz de la recesión económica severa por la que atravesó Estados Unidos a partir de 2009 y de la creciente desigualdad económica en la sociedad estadounidense, los analistas y la opinión pública se enfocaron en la llamada “economía del 1 por ciento”, en referencia al segmento reducidísimo de la élite socioeconómica del país que concentra la riqueza de manera desproporcionada. Pero esa nueva acumulación del poder económico, junto con las tres tendencias descritas en esta columna, está en los hechos derivando también en una democracia del 1 por ciento; un grupo reducido de individuos y de familias a lo largo y ancho de Estados Unidos que están canalizando millones de dólares, sin ningún tipo de cortapisas, a las causas y los candidatos y partidos políticos de su predilección. O, en otras palabras, una democracia de, por y para unos cuantos.


Para quienes creemos que aún con todas sus fallas y vicios la democracia estadounidense ha sido un punto de referencia global de la democracia liberal y representativa, con pesos y contrapesos efectivos y anclada en una amplísima clase media meritocrática con movilidad social, las circunstancias actuales del ejercicio político en Estados Unidos son motivo de honda preocupación, al grado de convertirse en el fantasma que, como al príncipe Hamlet, atormentará y perseguirá a la democracia estadounidense en el futuro cercano, gane quien gane en noviembre de 2016 las elecciones presidenciales. 


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(*) Arturo Sarukhan, consultor internacional, es un ex diplomático mexicano. Fue embajador de México en Estados Unidos.


Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.


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