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Opinión: Lo bueno y lo malo de los debates presidenciales

Opinión: Lo bueno y lo malo de los debates presidenciales

El periodista considera que los debates presidenciales prestan un inestimable servicio a la democracia y pueden y deben ser mejores

Opinión: Lo bueno y lo malo de los debates presidenciales GettyImages-Ob...


Por Daniel Morcate, miembro de la unidad política de Noticias Univision

Hubo una época aún reciente en que prestigiosos críticos como el ya fallecido periodista Walter Cronkrite descalificaron nuestros debates presidenciales como un “fraude inmoral” de nuestra democracia. Se referían a las pequeñas y grandes trampas que rodeaban estos ejercicios en retórica política. Esas trampas no han desaparecido del todo. Pero se han reducido bajo el peso de las críticas constructivas y la necesidad de los dos grandes partidos políticos de adecentar el espectáculo de los debates. El resultado salta a la vista. Este año se están batiendo récords de teleaudiencia en estas presentaciones de políticos animados por la fiebre de llegar a la Casa Blanca. Por todo el país se celebran concurridos “watch parties”, como si se tratara de partidos de la Serie Mundial o del Super Tazón. Incluso los precandidatos de oposición auspician los festejos, aunque solo sea para despellejar a sus rivales por las redes sociales. Pero ya no cabe la menor duda. Los debates se han convertido en un elemento importante e imprescindible de nuestra democracia, aunque todavía quede margen para perfeccionarlos.

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Los debates presidenciales son una tradición arraigada de la democracia norteamericana. Los historiadores aún se hacen eco de su nacimiento en los 1860, cuando el republicano abolicionista Abraham Lincoln pulverizó con el verbo y las ideas al demócrata esclavista Stephen A. Douglas en siete encuentros en distintos estados y ciudades del país. Entonces se disputaban un escaño en el Senado, pero sus polémicas sirvieron de base para su posterior confrontación por la Casa Blanca que, por fortuna, ganó Lincoln. En los años 1940 se efectuaron los primeros debates radiales entre precandidatos presidenciales. Y en 1960, el joven senador demócrata John F. Kennedy le subió la parada al vicepresidente republicano Richard Nixon en el primer debate para la elección general transmitido por televisión. Se había consolidado así una civilizada costumbre electoral que Estados Unidos eventualmente exportaría a democracias emergentes.

En su moderna encarnación, los debates presidenciales permiten al votante promedio, como usted y como yo, estimado lector, conocer más de cerca a quienes aspiran a gobernar al país. También son altamente educativos, pues les brindan a los candidatos la oportunidad de exponer de manera concisa, ante millones de personas, sus principales posturas políticas. Suelen revelar, además, rasgos esenciales de la personalidad de los aspirantes, especialmente aquellos rasgos que nos permiten discernir cómo responderían bajo fuerte presión. Esto es posible gracias a la combinación de las preguntas incisivas que les hacen los periodistas y los ataques verbales que les lanzan sus rivales. De más está agregar que el candidato que fácilmente pierde la calma en un debate, el que muestra una mecha demasiado corta, suele quedarse en el camino.

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Pero aunque prestan un inestimable servicio a nuestra democracia, los debates presidenciales pudieran y debieran ser todavía mejores. Sus críticos le reprochan con razón el control casi absoluto que sobre ellos ejercen los dos partidos dominantes. Demócratas y republicanos se han confabulado en el último cuarto de siglo para evitar que organizaciones independientes, como la Liga de Mujeres Votantes, ayuden a establecer las reglas. De esta forma han hecho prácticamente imposible que en ellos participen candidatos independientes. Esto en parte explica por qué algunos que probablemente lo serían bajo otras circunstancias, como Donald Trump, Bernie Sanders y Ben Carson, hayan tenido que vestir los colores de los dos grandes partidos para no quedarse fuera no solo de los debates sino de la contienda en general. Durante las primarias, el Comité Nacional Demócrata y el Comité Nacional Republicano organizan los certámenes entre los precandidatos de sus respectivos partidos. Y durante la campaña final por la Casa Blanca, los organiza la Comisión de Debates Presidenciales, una criatura estricta e interesadamente bipartidista que surgió hace 28 años.

Gracias al enorme control que ejercen, los partidos republicano y demócrata han rodeado los debates de opacidad. En 1987, la Liga de Mujeres Votantes acusó a las campañas de George H.W. Bush y Michael Dukakis de haber suscrito un “memorando de entendimiento” mediante el cual decidieron qué candidatos participarían. En 2012 la organización cívica Open Debates denunció la existencia de un contrato secreto entre las campañas de Barack Obama y Mitt Romney mediante el cual se habría informado de antemano a los candidatos sobre algunos de los temas que se tratarían en los debates. Son manchas lamentables que ensombrecen el expediente de una institución por lo demás valiosa e indispensable de nuestra democracia. Se pueden y se deben superar garantizando la transparencia del proceso, es decir, divulgando todas las reglas que rigen los debates y eventualmente colocando sus riendas en manos independientes, como solía ocurrir hasta 1998.

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