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Enrique Peña Nieto (i) y Donald Trump (d), durante su encuentro en México a finales de agosto de 2016.
Arturo Sarukhan
Opinión

Consultor internacional, exembajador de México en Estados Unidos.

México y Estados Unidos: una relación en la encrucijada

México y Estados Unidos: una relación en la encrucijada

“En solo un mes, la administración Trump llevó la relación entre los dos países a su peor momento desde la década de los años ochenta”.

Enrique Peña Nieto (i) y Donald Trump (d), durante su encuentro en Méxic...
Enrique Peña Nieto (i) y Donald Trump (d), durante su encuentro en México a finales de agosto de 2016.

Solamente tuvo que transcurrir un mes de gestión de la administración Trump para colocar la relación bilateral entre México y Estados Unidos en su peor momento desde la década de los años ochenta. Y lo que está en juego no son solo los enormes avances logrados en casi veinticinco años de interacción bilateral sino el bienestar, la prosperidad y los derechos de 132 millones (11 de los cuales están en Estados Unidos) de mexicanos (amen de los 24 millones más que son mexicoamericanos, muchos de los cuales tienen la doble nacionalidad) que se encuentran a ambos lados del Río Bravo. Por eso la declaración del vocero de la Casa Blanca en la antesala del reciente viaje de los secretarios de Estado y de Seguridad Interior de Estados Unidos a México en el sentido de que las relaciones entre ambos países son “fenomenales” en este momento, además de mostrar una ignorancia supina sobre lo que ha ocurrido en la relación en décadas recientes, equivale a intentar sugerir –o vender– que Atila era un voluntario de la Cruz Roja.

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Para entender cómo se ha transformado esta relación y lo que hoy está en juego con las posturas y visión del nuevo gobierno estadounidense, es menester regresar por un momento al nadir de la relación bilateral con Estados Unidos en tiempos modernos, y entender el arco de recorrido en la interacción de ambas naciones en las décadas subsecuentes, un arco que podría llevarnos además a haber pasado de ser vecinos distantes a socios estratégicos y ahora a vecinos confrontados.

La década de los años ochenta atestiguó algo que nunca se había dado antes –y que no se ha vuelto a repetir desde entonces– en la compleja relación entre ambos vecinos. Por primera y única vez en la historia de la relación México-EEUU, la prioridad de la política exterior mexicana, Centroamérica, chocó de frente con uno de los tres principales ejes de acción de la política exterior de la Administración Reagan, que también fue Centroamérica. Desde atalayas y visiones ideológicas y geopolíticas diametralmente opuestas, ambos gobiernos se confrontaron. La disputa diplomática y geopolítica, que rebasó el entorno subregional y se propaló a organismos multilaterales y a relaciones con países extra-continentales, contaminó la agenda bilateral en su conjunto. Y fue en medio de este choque que se dio una de las crisis bilaterales más severas con Washington para el México posrevolucionario: el secuestro, tortura y asesinato de un agente de la DEA en México, Enrique “Kiki” Camarena. La relación bilateral se colapsó y todos los temas de la agenda cotidiana entre ambos países pasaron a la congeladora.

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Sin embargo, en el transcurrir de once años la relación que existía en los ochenta se vio profundamente transformada por dos momentos pivote, uno en 1993 y el otro en el 2001. Un lustro después de la crisis Camarena (que tendría un segundo episodio con el caso Álvarez Machain en 1990), y en gran medida impulsado por la convicción de que los cambios tectónicos que se avecinaban en el sistema internacional como resultado del colapso soviético, el fin de la Guerra Fría, el deshielo bipolar y lo que se convertiría en una década de hegemonía estadounidense en el mundo afectarían profundamente a México, ambas naciones –y eventualmente junto con el otro país norteamericano, Canadá– dieron un paso inédito al decidir iniciar la negociación de un tratado de libre comercio regional de vanguardia. Hoy el impacto del TLCAN es innegable. México y Estados Unidos cuadruplicamos nuestro comercio bilateral, el cual hoy representa un flujo comercial en ambos sentidos de 1,400 millones de dólares diarios. En 2015, el total del comercio trilateral de bienes, según las mediciones de las importaciones de cada país hechas por los otros dos integrantes del TLCAN, superó el billón de dólares, más del triple del valor nominal del comercio trilateral previo al TLCAN en 1993, que oscilaba en los 306,000 millones de dólares.

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El comercio total de bienes entre los países del TLCAN creció más rápidamente que el comercio mundial durante los años noventa, se rezagó ligeramente más que las tendencias mundiales en la primera década de 2000 y se ha mantenido a la par de la expansión mundial desde 2008. Pero más que estos datos, el TLCAN detonó una convergencia económica y social entre ambos vecinos que además modificó la manera en la que las dos naciones interactuaban y se concebían una a la otra. Octavio Paz escribió que México y Estados Unidos históricamente no se habían comprendido porque los estadounidenses no sabían escuchar y los mexicanos no sabíamos hablar. En muchos sentido, el TLCAN cambió esta dinámica: los estadounidenses comenzaron a escuchar y los mexicanos comenzamos a comunicarnos.

Pasaron cinco años más desde la entrada en vigor del TLCAN, en momentos en que comenzaba a transformarse el modelo maquilador de manufacturas entre México y Estados Unidos para dar paso al paradigma actual de cadenas de proveeduría y plataformas de producción conjuntas, crecientemente de alto valor agregado, para que un acontecimiento externo sacudiera de manera profunda la relación bilateral. Los atentados terroristas de 2001 cambiaron de manera toral los imperativos de cooperación en materia de seguridad y cooperación para el intercambio de inteligencia entre ambos vecinos. A pesar de la deplorable incapacidad del presidente Vicente Fox de articular un gesto de solidaridad y apoyo para con el pueblo y gobierno estadounidense en los días inmediatamente posteriores a los ataques en Nueva York y Washington, México rápidamente entendió que los imperativos del mundo pos-9/11 implicaban la necesidad de trabajar de manera distinta con Washington. No solo estaba en juego la viabilidad de la vigorosa agenda comercial y económica transfronteriza entre ambos países sino también la propios intereses de seguridad nacional mexicanos.

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A partir del TLCAN y de la cooperación en materia de inteligencia y seguridad, la relación gobierno a gobierno se transformó, ampliándose y profundizándose como nunca antes, con gobiernos de distinto signo partidista a ambos lados de la frontera entendiendo que cada nación jugaba un papel singular para la prosperidad, el bienestar y la seguridad de la otra. Bajo un principio de responsabilidad compartida, y evitando que diferendos en un tema contaminaran la relación en su conjunto, la agenda se transformó y adquirió tracción estratégica y tono muscular. Ello no quiere decir que todo desde entonces haya sido color de rosa. Con la asimetría real de poder, los supuestos y paradigmas geoestratégicos con los que operan ambas naciones y las diferencias aun profundas en materia de desarrollo, y con una de las agenda bilaterales más ricas pero a la vez más complejas en el mundo, es inevitable que hayan habido en estas últimas dos décadas diferendos y problemas. Pero ambas naciones entendieron que si una de ellas tenía éxito, el vecino también sería exitoso.

Esta es la historia –y la interconexión e interdependencia– que Trump y que quienes le rodean en la Casa Blanca ignoran. Y lo ignoran porque fue electoralmente expedito hacerlo pero también, porque en términos de la cinta “El Padrino”, para Trump esto es “personal”. Más allá de la decisión del empresario y ahora titular del Ejecutivo estadounidense de usar a México –y a los migrantes mexicanos– como piñata electoral para movilizar a un sector del electorado estadounidense, hay una agenda personal generada por dos proyectos inmobiliarios suyos que fracasaron en años recientes, uno en Quintana Roo y otro en Baja California Sur. De hecho, unos cuatro meses antes de que anunciara su campaña, Trump ya había tuiteado su malestar por la falta de Estado de derecho y la corrupción en México, argumentando que ambos eran responsables del fracaso de sus proyectos, exigiendo en sendos tuits que México le resarciera los fondos perdidos en el proyecto de Baja California Sur. El hecho es que Trump, con su doctrina Sinatra de hacer las cosas “a mi manera” y una agenda articulada solamente en tres temas (la renegociación o denuncia del TLCAN, la construcción de un muro pagado por México y la deportación de millones de migrantes indocumentados), podría poner en jaque –o incluso torpedear– una relación bilateral vital para ambos pueblos. Trump no ha entendido que México y Estados Unidos tenemos una de dos opciones: ser cómplices del fracaso o convertirnos en socios del éxito.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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