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El terremoto ocurrió poco después de que México hiciera un gran simulacro nacional de sismos para recordar el ocurrido en 1985 que dejó miles de muertos.
León Krauze
Opinión

Conductor de noticias de Univision KMEX en Los Ángeles, periodista y autor.

México necesita ayuda. ¿Podría el presidente Donald Trump hacer a un lado su resentimiento y ofrecerla?

México necesita ayuda. ¿Podría el presidente Donald Trump hacer a un lado su resentimiento y ofrecerla?

“Trump debería, aunque fuera por esta vez, seguir las palabras y las acciones de Ronald Reagan y demostrar que, a pesar de su larga, injusta y muy pública confrontación con México los ángeles más benévolos de Estados Unidos (y quizás del propio Trump) siempre prevalecerán ante las tragedias terribles”.

El terremoto ocurrió poco después de que México hiciera un gran simulacr...
El terremoto ocurrió poco después de que México hiciera un gran simulacro nacional de sismos para recordar el ocurrido en 1985 que dejó miles de muertos.

Temprano por la mañana del 19 de septiembre de 1985, un violento terremoto sacudió la Ciudad de México. Durante casi dos minutos, la metrópolis, zarandeada, tembló y saltó, sacudida por un movimiento que no se sentía desde 1957, durante un temblor que tumbó al Ángel de la Independencia, uno de los monumentos más famosos de la ciudad, de su columna de 120 pies de alto.

En 1985, la estatua dorada se mantuvo en pie, pero las consecuencias del terremoto fueron devastadoras: cientos de edificios se derrumbaron en segundos, incluyendo hoteles, hospitales, teatros y decenas de complejos de apartamentos. Cerca de un millón de personas quedaron sin hogar y tuvieron que vivir en campamentos improvisados, en algunos casos durante años. Más de 12,000 personas murieron, según algunas estimaciones.

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El martes, exactamente 32 años después, otro violento terremoto , esta vez un violento latigazo, sacudió la capital mexicana unos minutos antes del almuerzo. Se derrumbaron 40 edificios, las desgarradoras escenas transmitidas en línea al momento, como una versión en vivo de una película apocalíptica. Al caer la noche, el gobierno de México había confirmado más de 200 muertos, con muchos más enterrados bajo los escombros en toda la Ciudad de México (los estrictos códigos de construcción probablemente impidieron un desenlace peor). El número de viviendas y oficinas que han sufrido graves daños estructurales podría llegar a los varios centenares. En el sur de la Ciudad de México, la angustia se volvió casi insoportable cuando las autoridades confirmaron el colapso de la escuela primaria Enrique Rebsamen, donde han muerto decenas de niños y más continúan desaparecidos.

Y, sin embargo, desde dentro de la nube de la indescriptible tragedia, se ha dejado entrever un resquicio de esperanza. Como en 1985, la solidaridad mexicana ha alzado a un país sumido en la violencia, la agresividad política y el descontento social. Decenas de voluntarios se sumaron espontáneamente a las autoridades y al personal de primeros auxilios, incluyendo las fuerzas armadas mexicanas, para cavar entre los escombros. La gente salió a las calles para ofrecer agua y comida, los activistas rápidamente establecieron centros de acopio, y las redes sociales hicieron su magia virtuosa, conectando a los posibles voluntarios con los lugares donde se les necesitaba.

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La desafiante camaradería de México ante la calamidad es bien conocida en todo el mundo, y no menos en Estados Unidos. En 2005, tras el paso de Katrina, el gobierno mexicano envió un convoy de 45 vehículos del ejército con 200 hombres para ayudar. Y sí que ayudaron, sirviendo 170,000 comidas y distribuyendo más de 180,000 toneladas de suministros a los necesitados en tres semanas de trabajo. México brindó nuevamente un apoyo muy necesario tras la devastación causada por Harvey en Houston el mes pasado, incluyendo suministros de emergencia y un numeroso equipo de paramédicos.

Lamentablemente, a pocas horas de la reciente tragedia en México, la solidaridad no ha sido recíproca. El último episodio de comportamiento moralmente condenable de la administración Trump comenzó hace 10 días, cuando otro gran terremoto asoló México, sumiendo a Oaxaca y Chiapas, las regiones más pobres del país, en el dolor y la miseria. Le tomó al presidente Trump una semana contactar al presidente de México, Enrique Peña Nieto, para ofrecerle sus más básicas condolencias, eso tras publicar en Twitter una ridícula excusa por su torpeza diplomática.

El martes, después de que el último terremoto sacudiera la Ciudad de México, Trump encontró el tiempo y la energía para tomar su teléfono y escribir un breve tuit pidiéndole a Dios que bendijera a la Ciudad de México (unas horas más tarde, se le leyó mucho más entusiasmado al comentar sobre los “malos” índices de audiencia de los premios Emmy).

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Pero no siempre fue así. En 1985, la administración Reagan rápidamente hizo pública la solidaridad y el apoyo total hacia su vecino meridional. La primera dama Nancy Reagan viajó a la devastada capital mexicana, menos de una semana después del terremoto. Allí, caminó entre los escombros, y habló con los socorristas y los sobrevivientes. “Estamos dispuestos a ayudar de cualquier manera posible”, dijo. “Todos estamos trabajando juntos”. Llevó un cheque por un millón de dólares en ayuda ante desastres y una carta de su esposo, en la que Reagan expresó su “solidaridad y apoyo” al pueblo mexicano en su “dura lucha contra la tremenda tragedia que ha asolado a México”.

Hacia el final de su estancia en la Ciudad de México, Nancy Reagan les dijo a los reporteros que el día había demostrado ser “una experiencia muy emotiva. Siento una gran admiración por el pueblo mexicano y lo qué está haciendo para ayudarse a sí mismo. Somos buenos vecinos y siempre lo seremos”.

Trump debería, aunque fuera por esta vez, seguir las palabras y las acciones de Ronald Reagan y demostrar que, a pesar de su larga, injusta y muy pública confrontación con México y sus ciudadanos a ambos lados de la frontera, los ángeles más benévolos de Estados Unidos (y quizás del propio Trump) siempre prevalecerán ante las tragedias terribles. El prejuicio nativista debe tener encontrar sus límites en el sufrimiento humano repentino. La alternativa sería cruel y, por supuesto, contraria a la identidad más noble de Estados Unidos.

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*Publicado originalmente en The Washington Post.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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