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Representación de la tasa de precipitación causada por el huracán Matthew en su aproximación a Florida, el 6 de octubre de 2016
Angela Posada-Swafford
Opinión

Periodista científica, autora de novelas de ciencia y aventura para jóvenes.

Matthew: un déjà vu de Andrew, la tormenta que aplastó el sur de la Florida hace 24 años

Matthew: un déjà vu de Andrew, la tormenta que aplastó el sur de la Florida hace 24 años

“No hay mucho que uno pueda hacer frente a una entidad como Andrew o Matthew. Reflexionar, eso sí, en que si el apellido de Andrew era Cambio Climático, el de Matthew es Calentamiento Global”.

Representación de la tasa de precipitación causada por el...
Representación de la tasa de precipitación causada por el huracán Matthew en su aproximación a Florida, el 6 de octubre de 2016

Todo este asunto del huracán Matthew ha sido un completo déjà-vu para mí. Un regreso algo traumático a un suceso que tenía enterrado por allá donde se guardan los recuerdos más impactantes: haber sido testigo del paso de Andrew, la tormenta que literalmente aplastó el sur de la Florida hace 24 años.

Un montón de cosas en Matthew me recuerdan a Andrew. Para empezar, el tamaño y la intensidad de la tormenta: Matthew es un punto menos feroz, pero su lentitud compensa con creces la ferocidad del otro, así que yo diría que ahí la van. Ver al meteorólogo Bryan Norcross, ahora en el Weather Channel –en ese entonces en el Canal 4–, que dos décadas después luce y suena perturbadoramente idéntico, me transportó a esa famosamente ominosa cita suya: “It’s going to happen tonight”, va a pasar esta noche.

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En la TV, la misma monstruosa bola verde y amarilla frente a la Florida, que entonces fuera una experiencia nueva y llena de incertidumbre, es ahora un espectáculo alarmante. Visualizo los aviones cazahuracanes Orion P3 de la NOAA hilando el ojo y los brazos en forma de galaxia de Matthew, no una, sino repetidas veces en vuelos ininterrumpidos de ocho horas. Habiendo estado a bordo de un cazahuracanes hace algunos años, sé exactamente lo que sucede allí adentro, cuando los investigadores lanzan las sondas de sensores a través de un tubo que penetra el fuselaje del avión. Con un fsssst que recuerda al lanzamiento de un pequeño cohete de fuegos artificiales, cada sonda va cayendo en uno de los puntos específicamente indicados por los científicos atmosféricos.

Mientras tanto, la turbulencia sacude las alas del avión como si fueran de caucho, y en la cabina de mando titilan toda clase de luces color ámbar. Una sola de ellas que se encienda durante un vuelo comercial es razón suficiente para regresar de inmediato al aeropuerto.
Tras atravesar los frentes de pesadilla, el avión penetra la pared más íntima –y poderosa– de su misterioso corazón. Y ahora nos hallamos en el ojo. Es el lugar más apacible e incongruente que uno pueda concebir. Aquí adentro hay sol, hay calma, y una extraña belleza. Treinta mil pies más abajo, el mar es intensamente azul y su superficie suave, como de vidrio pulido. Las nubes en espiral de las paredes interiores del ojo son agitadas por vientos concéntricos. Es un infierno allá afuera. Pero aquí adentro, el café de nuestros vasitos ni siquiera se mueve.

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Esta es ciencia extrema. Pero hay que hacerla. No hay satélite capaz de dar datos tan exactos como el contacto directo de una sonda con la superficie del mar, entre otros parámetros. Esta también es destrucción extrema. No sé aun los estragos que está haciendo Matthew, en categoría 4 dentro de la escala de cinco puntos de Saffir-Simpson. Pero me temo que no va a ser muy diferente del saldo de Andrew. Hubo cosas inauditas en Andrew, después de que el formidable mar de leva invadió la tierra y se retiró nuevamente. Por ejemplo, la piscina de una mansión en Key Biscayne amaneció con dos tiburones dentro; el video debe andar aun por ahí. Un pez agonizó encima del televisor de una habitación en un segundo piso de otra mansión en Cuttler Bay. Un velero de 30 pies apareció varado sobre su estómago frente al centro comercial de Coconut Grove.

Por su parte, el viento también hizo cosas rarísimas: una puntilla solitaria permaneció parada sobre una mesa, dentro de una casa destruida casi por completo. En ciertas cuadras hubo casas intactas al lado de otras en ruinas, como si los vientos hubiesen pasado selectivamente -algo así como ángeles de la muerte revisando marcas en las puertas.

Dentro de mi trabajo como reportera de El Nuevo Herald, tuve que cubrir el impacto de Andrew en el zoológico y el Fairchild Tropical Garden. Recuerdo con asombro las imágenes del gran aviario del que entonces se llamaba Metrozoo, que se había abierto como un huevo, dejando escapar docenas de aves exóticas que estuvieron adornando los postes de la luz de las calles de Miami durante meses. Aun se ven algunos por ahí de vez en cuando, enormes pájaros de pico de cera y ojos fieros.

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En el jardín botánico las ganadoras fueron los cientos de especies de palmas, que permanecieron impertérritas en su mayoría, sintiéndose a gusto en la tormenta. En cambio muchos de los grandes árboles, los majestuosos hammocks y cauchos que adornan calles como Coral Way y el barrio de Coral Gables, quedaron echados a un lado con sus raíces al aire, como si algún gigante hubiera pasado arrancándolos de cuajo en un ataque de ira. Y entonces, de pronto, había mucha luz en Miami; la sombra refrescante se había ido de un plumazo.

Con ella también se habían ido los puntos de referencia y descanso de los ojos. Al no haber árboles ni semáforos ni los nombres de las calles, uno se perdía en todas partes porque las casas desnudas se veían todas iguales, como gallinas sin plumas. Los automóviles aporreados me hacían sonreír cuando más lo necesitaba porque parecían soldados que regresan renqueando pero victoriosos después de una gran batalla. Todos llenos de abolladuras y cintas pegantes.

Lloré bastante, después de Andrew. No tenía motivo alguno, realmente. Mi apartamento en un primer piso de South Miami Beach no sufrió daño alguno. No se inundó mi calle, ni se dañó mi auto. Pero solo sé que sentía una tristeza infinita y sin explicación aparente, algo que después me explicaron como depresión postrauma.

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No hay mucho que uno pueda hacer frente a una entidad como Andrew o Matthew. Reflexionar, eso sí, en que si el apellido de Andrew era Cambio Climático, el de Matthew es Calentamiento Global. Y aun hay quienes dicen que eso es un invento de los chinos…

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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