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León Krauze: Recuerdo de Alejandro Nieto

León Krauze: Recuerdo de Alejandro Nieto

Semblanza del autor sobre el colega Alejandro Nieto

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Por León Krauze, conductor de noticias de Univision KMEX en Los Ángeles, periodista y autor

Comienzo con una confesión: en esto de los medios de comunicación abunda la gente desagradable. En un negocio como este, competido por naturaleza, la norma es el cinismo, aquellos que usan y luego descartan, los que dan un abrazo vacío, los que ven por sí mismos antes que por nada más, los que persiguen ya no el prestigio sino la fama más frívola e inmediata, a costa de lo que sea, incluso su propia integridad.

Tampoco hay muchas personas con auténtica imaginación y devoción por lo suyo. Todo mundo parece querer algo más: los de la prensa quieren radio, los de la radio quieren televisión, los de la televisión lo quieren todo. Y en el centro, una mezquindad que a veces me atemoriza.

Pero hay algunas excepciones, gente buena y buena para lo suyo escondida como agujas en pajar. En mi vida, el mejor de todos se llamaba Alejandro Nieto.

Dejaré a otros que lo conocieron en su Colombia natal que hagan recuento de aquellos primeros años de Alejandro, que se fue muy joven la mañana del lunes 8 de febrero, a unos días de haber asumido el cargo como director general de Univision Radio.

Me concentro en mis propios recuerdos, que por ahora me bastan.

Conocí a Alejandro Nieto hace poco menos de diez años cuando comenzaba a formarse un ambicioso proyecto radiofónico en la W radio de México. El énfasis estaría puesto en la radio hablada y el periodismo de la más alta calidad.

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A la cabeza estaría Daniel Moreno, notable periodista mexicano que hacía sus pininos dirigiendo radio. Moreno me invitó a mí y poco tiempo después sumó a Carlos Puig y a Salvador Camarena, dos valiosos periodistas que debutaban en radio y recibieron, como yo, una sola encomienda: hacer radio serio, valiente y original. Pero no por serio había que hacer radio solemne. Todo lo contrario: la intención era reconocer un cambio generacional en México, hablarles a los más jóvenes, reconocer sus exigencias, sus ganas de reír, sus inquietudes. Era un proyecto innovador y arriesgado, como todas las cosas que valen la pena.

Detrás de todo eso estaba Alejandro Nieto, que dirigía Prisa Radio. Lo primero que me impresionó cuando lo conocí fue su obsesión absoluta con sus dos pasiones: el periodismo y la radio. Alejandro leía lo que ocurría en el mundo en función de una posible sección radiofónica, un programa nuevo, un invitado más elocuente.

Y digo que leía todo lo que sucedía en el planeta porque ese era el caso: una de sus mayores virtudes, a mis ojos, era su curiosidad universal. Con Alejandro platiqué de política internacional, de música (que le fascinaba), de comida (también), de paternidad, de Colombia, México... y de fútbol. Siempre tenía algo interesante que decir.

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Era, además, un hombre ambicioso en el mejor sentido. Como director de Prisa se le metió en la cabeza unir todas las estaciones con las que contaba el grupo en América para crear una especie de gran cadena regional.

Para lograrlo llevó hasta Miami a los periodistas de España, Panamá, Colombia, Argentina, Chile y México para platicar, alrededor de una enorme mesa, sobre el futuro de la radio en español. Ahí estaban gigantes del micrófono como Julio Sánchez Cristo, Dario Arizmendi o Carles Francino. Alejandro presidió todas las reuniones con un entusiasmo contagioso.

Sus planes rindieron fruto muy pronto. Muchas veces, desde la W de México, hablé con mis colegas de Argentina, varias más con los chilenos, y los estadounidenses. En España, poco a poco, me fui ganando un espacio en el maravilloso programa Hora 25, de la periodista Angels Barceló. Así les ocurrió también a otros periodistas de la estación.

El punto culminante del gran experimento de Alejandro fue la cobertura de las elecciones del 2008 en Estados Unidos. Nos volvimos a encontrar todos en Miami, esta vez en una oficina más pequeña. Me viene a la mente ahora Alejandro presentándolos a todos una vez más, grande como era, un oso en su elemento. En un acto de valentía incluso presupuestal, desplegó sus periodistas por todo Estados Unidos para cubrir la elección, algo impensable incluso para una cadena televisiva. Y lo hizo sonriendo con un ligero indicio de travesura. Nunca olvidó que la radio, cuando se hace bien, es un juego.

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Lo perdí de vista un par de años mientras emigró a España y yo hice lo propio a Los Ángeles. Pero nunca dejamos de estar en contacto. Desde lejos me felicitó por el nacimiento de mis hijos, uno de los cuales lleva su nombre.

Yo le preguntaba por su vida en España imaginándolo feliz, rodeado de su esposa y sus hijas y de buen fútbol. Me decía estar feliz pero buscando siempre nuevo retos. Encontró el más reciente en el mercado más apasionante del mundo en el idioma español: Estados Unidos.

Sé, porque me lo dijo, que tenía grandes planes para ofrecerle al público hispano el contenido radiofónico que merece, no sólo para divertirlo y entretenerlo sino para informarlo con una radio hablada de primerísima calidad. Apenas hace unos días me escribió para decirme que vendría a Los Ángeles. Llegaba con agenda llena pero sugirió que desayunáramos. “Ya aparté dos largas horas para platicar”, fue lo último que me escribió.

Ahora nunca sabré realmente qué nuevas y enloquecidas ideas traía en mente Alejandro, pero las imagino. Su paso por la radio en español en Estados Unidos habría sido histórico, con todas sus letras. Ahora nos resta a nosotros que tanto le debemos, continuar con su legado, de preferencia en la radio, donde él nos hubiera querido.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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