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Los juguetes y los juegos, como la educación, los medios y la religión, construyen identidades de género.
María Basualdo
Opinión

Filósofa y experta en salud mental, con más de diez años de experiencia en ese campo.

Las mujeres también pueden ser machistas

Las mujeres también pueden ser machistas

“El feminismo aspira a la igualdad de las personas, más allá del género y la identidad u orientación sexual, y tanto hombres como mujeres adhieren a esa idea de equidad”.

Los juguetes y los juegos, como la educación, los medios y la religión,...
Los juguetes y los juegos, como la educación, los medios y la religión, construyen identidades de género.

Sí, las mujeres también pueden ser machistas. Y los hombres pueden ser feministas. Ninguna de las dos ideologías –machismo o feminismo– se corresponde con un género determinado. De hecho, la idea feminista tiene más que ver con salir del concepto de género, al que se considera una camisa de fuerza que limita las identidades y los roles de las personas. La idea de género binario –hombre y mujer– restringe y confina la identidad, que excede y antecede al género.

El feminismo aspira a la igualdad de las personas, más allá del género y la identidad u orientación sexual, y tanto hombres como mujeres adhieren a esa idea de equidad. Por su parte, el machismo sostiene el privilegio masculino y la supremacía heterosexual, anclada en roles y expectativas de género rígidos. El machismo es un modo de sexismo que clasifica a las personas jerárquicamente, según grados de superioridad e inferioridad, suponiendo características y expectativas esenciales, naturales o biológicas respecto de lo que un hombre o una mujer deben de ser. Tanto hombres como mujeres pueden pensar de esa manera.

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¿Qué es el sexismo? En un sesgo estereotipante que juzga en función de las características de género (femenino o masculino), sin considerar las diferencias y la unicidad de las personas. Ejemplo: maneja mal porque es mujer (lo que determina el mal manejo es la condición de mujer) o los hombres son mentirosos (lo que determina la condición de mentiroso es el ser hombre). Como el racismo, estos “ismos” promueven la generalización y discriminación equívoca de las personas, juzgándolas de antemano por alguna cualidad (raza o sexo). Veámoslo un poco con otros ojos. Racismo es cuando alguien es juzgado por su color de piel, usando el preconcepto de que se es de cierto modo por la raza, sin importar nada más. Sexismo es cuando uno es juzgado, a priori, por su género.

El sexismo es machismo por excelencia, y viceversa, porque promueve la diferencia entre géneros y los jerarquiza, considerando al hombre como centro, menoscabando a la mujer y sosteniendo, ideológicamente, la superioridad masculina como si fuera una verdad natural irrefutable. Sin embargo, no hay evidencia biológica para dicha idea; se trata solo de una construcción cultural. Las identidades y expectativas de los géneros son aprendidas y transmitidas, no innatas. Nada en la naturaleza indica que la nena debe usar el color rosa o jugar con muñecas, ni está escrito en piedra que el varoncito prefiere los autos y los juegos bruscos. Los juguetes y los juegos, como la educación, los medios y la religión, construyen identidades de género.

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¡Qué cosa curiosa esta de los géneros! Lo primero que el cerebro procesa cuando conocemos a alguien es su género; la primera pregunta de la percepción es: ¿es hombre o es mujer? Tenemos tan internalizada esta idea del género binario (hombre o mujer) que es casi imposible categorizar al otro de una manera que no encuadre dentro de esa ordenación. Porque el género es la primera categoría en el proceso cognitivo de reconocimiento del otro resulta complejo entender a personas que no empatan con esos requisitos binarios. Hombres con senos, mujeres con bigotes o anatomías indefinidas nos inducen a la pregunta reduccionista: ¿Qué es? Y con eso a la segregación y/o violencia. La pregunta respecto del otro debería ser: ¿Quién es? Ni el sexo, ni la raza, ni la orientación sexual la pueden responder.

Hombres y mujeres contribuyen a esta construcción social del machismo. Desde “las mujeres y los niños primero”, hasta la expectativa femenina de que nos abran la puerta o nos dejen pasar o que ellos paguen la cuenta, nos protejan, sean los proveedores del hogar o arreglen las cosas de la casa. Cuando pensamos, casi intuitiva e ingenuamente, que algo es cosa de mujeres o cosa de hombres, estamos siendo sexistas. Es mucho más simple; es cosa de personas no de géneros.

Mi madre solía decirme que los hombres eran mejores profesionales y, respondiendo a enseñanzas de su generación, el ideal femenino era casarse bien y ser mamá. Alguien (una mujer) me dijo una vez, bárbaramente, que ser profesional era, para un hombre, el equivalente a ser madre para una mujer. Parecía que los hombres y las mujeres no sólo eran drásticamente diferentes, sino que querían cosas distintas. Otra vez, ¿cuál es la falacia? Lo que alguien quiere o es no está determinado por su género. Mi padre machista le pedía a mi hermano que nos cuidara a mi mamá y a mí, y, como los hombres no lloran, sus emociones debían rendirse a ese rol de protector, donde el miedo y la inseguridad no tenían lugar; era un poco dejar de ser niño. En la dinámica del hombre fuerte y la mujer frágil, protector y protegida pueden parecer una realidad inofensiva. Pero no, la contracara es el afán de poder y control que termina en la violencia y la privación de derechos. Los hombres sí lloran y las mujeres no son débiles.

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“Primero las damas” puede ser considerado muy feminista, pero es, en realidad, muy pero muy machista. Casarse de blanco, tener hijos, no quedarse a vestir santos, son todas creencias altamente compartidas, con una exacerbada carga simbólica del lugar machista que se da a la mujer. Que ellos no se casen de blanco no es una costumbre inofensiva; ha determinado el modo en que la sexualidad de la mujer es conceptualizada y vivida. La epidemia de violaciones tiene mucho que ver con esto.

Pensar que ciertas cuestiones son cosas de hombres o de mujeres son creencias muy arraigadas en nuestra cultura. En mi casa yo manejo el dinero, dice él (dicho muy popular en mis grupos de violencia doméstica) porque las mujeres no saben administrar y son muy gastadoras. Esa es le versión sexista del abuso económico de la violencia doméstica. Él es infiel, pero eso es normal en los hombres, ellos tienen otras necesidades, dicen ellas. Los hombres son mujeriegos, las mujeres hablan mucho y son malas para las matemáticas son todas sentencias sexistas que fallan, de un modo absoluto, en dar cuenta de por qué somos quienes somos o hacemos lo que hacemos.

Los estereotipos y generalizaciones pueden volverse muy peligrosos y fomentar la discriminación y la violencia Sí, es cierto que hay diferencias entre los hombres y las mujeres, pero no son determinadas genéticamente ni son un dato biológico. De hecho, las diferencias genéticas y biológicas entre los sexos son menos drásticas de lo que creemos (ver en g oogle la palabra “intersexual”). Las diferencias de géneros son aprendidas y repartidas en una cultura históricamente machista. Y sí, María Elena Walsh tenía razón, la historia la escriben los que ganan. Y los que ganaron fueron los hombres.

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Las mujeres machistas juegan con las reglas del juego y no luchan por cambiarlas. Ingenuamente creen que sacan ventaja de ellas. Posiblemente, en el corto plazo, la stripper, la sonrisita al policía para evitar el ticket de tránsito, la entrada gratis y la superviviente del Titanic se salgan con la suya, diría el pensamiento machista. Pero el costo de ese oportunismo es una sociedad que cosifica y que deja a la mujer presa en ese lugar subyugado. Más aún, la mujer cosificada se vuelve competitiva y comienza a considerar a la otra como su enemiga. En la promiscuidad de él, ella es la que provoca, la culpable. La villana de Jennifer Anniston es Angelina Jolie. Como gallinas del mismo gallinero, ella se convierte en lobo de la otra mujer. Divide y conquistarás. Esta es, tal vez, la gran estrategia del machismo que el feminismo y su cofradía están tratando de cambiar. Pero, debe ser un feminismo bien entendido, no el que fomenta venganza o proclama la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sino el movimiento que afirma la igualdad y la valoración del individuo, más allá del género o cualquier otro estereotipo. Movimientos como Ni una Menos, en Argentina, o la Marcha de Mujeres, en Estados Unidos, muestran, rotundamente, que la batalla por la igualdad se gana con camaradería y no belicosidad.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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