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Rev. Samuel Rodríguez
Opinión

Presidente de la Conferencia Nacional de Liderazgo Cristiano Hispano.

La santidad de la vida, Frankenstein y el peligro de la edición de genes

La santidad de la vida, Frankenstein y el peligro de la edición de genes

“Las consecuencias no intencionadas de jugar a Dios son demasiadas para ser completamente comprendidas, aún por el científico o el político más hábil”.

Frankenstein

Todos hemos escuchado el cuento clásico de Frankenstein: un científico joven y ambicioso busca obsesivamente el secreto de la vida y mientras realiza un experimento científico “innovador” crea un monstruo horrible que finalmente conduce a su muerte. Escrito originalmente en 1818, parece que casi 200 años después –con el advenimiento de la edición de genes de los embriones humanos– estamos en un curso de colisión con las lecciones espeluznantes que este cuento presiente.

Si la frase “edición de genes”, o “ingeniería germinal” como a veces se le llama, es nueva para ti, no estás solo. Me enteré de ella un mes atrás, cuando la Academia Nacional de Ciencias aprobó investigaciones para modificar embriones humanos con el fin de crear genes que pueden ser pasados a generaciones futuras.

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Vale la pena notar que la decisión de la Academia Nacional de Ciencias va en contra de los estándares de los Institutos Nacionales de Salud, los cuales prohíben todavía la investigación en la edición de genes.

Hasta ahora, la aprobación formal de la Academia Nacional de Ciencias es bastante estrecha en su alcance, pero abre la puerta a una colina resbalosa.

¿Qué podría salir mal?

Este tipo de investigación científica, aunque sea bien intencionada, es aterradora. Así como Víctor Frankenstein esperaba descubrir el secreto de la vida solo para quedar en la ruina, las consecuencias no intencionadas de jugar a Dios son demasiadas para ser completamente comprendidas, aun por el científico o el político más hábil. En pocas palabras, cuando arreglamos una cosa, no podemos saber qué más podemos estar rompiendo en el proceso.

Uno de los ejemplos mejor documentados y ampliamente estudiados sobre las consecuencias no deseadas de un experimento es la infame política de planificación familiar de un hijo único en China. Instituida por el gobierno chino con la esperanza de frenar lo que creían ser un boom insostenible de la población, la política dio lugar a una serie de resultados altamente destructivos. La preferencia cultural subyacente de China por los niños varones condujo a un aumento en los abortos ilegales, los secuestros de niños, el infanticidio femenino y un desequilibrio de género que dejó a millones de hombres chinos con una esperanza matemáticamente nula de casarse.

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Uso a China como ejemplo a propósito. Una de las razones principales para aprobar este tipo de investigación es algo así: alguien más va a hacerlo, entonces hagámoslo nosotros o corremos el riesgo de quedar atrás. En este caso, ese “alguien más” es China, país que comenzó a experimentar en 2014 con la edición de genes. Fueron seguidos rápidamente por Suecia, el Reino Unido y ahora Estados Unidos.

¿Es pura coincidencia que el impulsor de la trágica política de un hijo único también haya sido el primer gobierno en el mundo entero en aprobar y subsidiar esta investigación altamente controversial? Por lo menos es irónico que ahora estamos tomando nuestras referencias morales de la agencia de planificación central de China.

La película clásica el Parque Jurásico (1993) trata este mismo punto con una claridad de pensamiento impresionante. La película trata de la clonación de dinosaurios, pero el personaje del Doctor Ian Malcolm, interpretado por el gran Jeff Goldblum, hace una advertencia muy real hoy en día: “¿No ve usted, John, el peligro inherente en lo que está haciendo aquí? El poder genético es la fuerza más asombrosa que el planeta ha visto, pero la manejas como un niño que ha encontrado la pistola de su papá”, dice Goldblum. Y luego continúa: “Tus científicos estaban tan preocupados por si lo podían hacer o no, que no se detuvieran a pensar si lo deberían de hacer”.

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Sé muy bien que esta es una escena de una película de Hollywood, pero el punto permanece válido: las decisiones éticas y religiosas que enfrentamos como sociedad son enormes y, sin embargo, sospecho que la mayoría de nosotros ni siquiera ha oído hablar de la ingeniería germinal. ¿Cómo es eso posible? Por lo menos, ¿no deberíamos nosotros, el pueblo estadounidense, estar involucrados en un apasionado debate sobre si debemos o no proceder con tal experimentación?

Esta no es solo una pregunta obvia sobre la santidad de la vida humana para muchos de nosotros, sino que es una preocupación de líderes científicos, economistas, expertos en ética y aun futuristas que han hecho sonar las alarmas sobre el tema. Para muchos, este tipo de investigación podría eventualmente llevar a toda una industria de bebés de diseño –súper humanos que son más inteligentes, más fuertes, más rápidos y más atractivos que sus homólogos naturales–. También se preocupan por el hecho de que esto podría resultar en una ciudadanía de segunda clase permanente, ya que la edición de genes sólo puede ser alcanzable para los adinerados, que serían los únicos que podrían pagarla. Los embriones podrían incluso ser creados para usos altamente especializados como la guerra.

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Estas preocupaciones pueden parecer propias de las novelas de ciencia ficción o de las películas. ¿Pero qué tal si no lo son? Así que si esto es nuevo para usted, comparta este artículo con un amigo.

Es tiempo de tener el debate y no permitir que los científicos decidan por el resto de nosotros.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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