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La gente intentando protegerse del tiroteo en el festival de música country Route 91, en Las Vegas.
María Basualdo
Opinión

Filósofa, experta en salud mental y escritora.

La psicología detrás del asesino en masa: reflexiones sobre la masacre en Las Vegas

La psicología detrás del asesino en masa: reflexiones sobre la masacre en Las Vegas

“La apología de la posesión de armas, como derecho absoluto en la cultura estadounidense, responde a un discurso divisivo e intimidante que produce rechazo a aquel que es diferente e instala el miedo al otro”.

La gente intentando protegerse del tiroteo en el festival de música coun...
La gente intentando protegerse del tiroteo en el festival de música country Route 91, en Las Vegas.

¿Por qué? es la pregunta que aspira a entender lo aparentemente inentendible. Y es que la lógica del asesino es diferente a la de los demás. Nuestra lógica intenta entender, cuestionar, explicar mientras que la norma del asesino responde al impulso irracional, a la falta de emoción, a la locura o al delirio. Entonces, sus motivaciones se vuelven inescrutables, inexplicables e inentendibles. Y, como en cualquier otro aspecto de la vida, nada es más angustiante que aquello que no podemos comprender. La pérdida de la vida atormenta de un modo muy particular. En este caso, esa pérdida resulta arbitraria, injusta, absurda en tanto parece solo responder a la dinámica sombría y perversa de un loco solitario que decidió robarse la vida de los demás. Tantas vidas en sólo unos minutos. La falta de lógica aparente nos produce un sentido de impotencia y vulnerabilidad. Y eso nos pone a pensar que la próxima víctima podría ser uno.

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La motivación es tal vez la cuestión más enigmática respecto del homicida en masa y es hacia donde apunta nuestro grito desesperado de ¡¿por qué?!

¿Por qué? Porque el asesino en masa es un psicópata; no tiene culpa, ni angustia, ni emoción, ni moral. El otro es un objeto que sirve un propósito íntimo y oscuro para él. ¿Por qué? Porque el asesino puede tener rasgos psicóticos, como delirios, alucinaciones, o pérdida de realidad, evidenciados por sentimientos megalómanos o mesiánicos. Se autopercibe como un elegido, puede sentirse omnipotente y eleva sus conductas a supuestos actos heroicos. El asesino en masa puede presentarse como un visionario, un iluminado, con una misión redentora, detonada por alucinaciones visuales o auditivas.

El asesino en masa tiene un perfil psicológico específico y no debe confundirse con el homicida en serie. El asesino serial mata a varias personas, cada una elegida meticulosamente, en un lapso de tiempo dilatado y en diferentes lugares y ocasiones. Tiende a regocijarse del perverso acto homicida, que le nutre vilmente su ego. El homicida en masa, en cambio, mata en un espacio y tiempos cortos, con victimas anónimas, al menos, en su individualidad. En general, tiende a suicidarse, como un corolario indispensable a su cobardía.

A pesar de esas diferencias, los estudios muestran que los asesinos en masa comparten ciertas características con los seriales. En general, son hombres (en el 95% de los casos). Ciertamente, la cuestión del género es compleja y se dirime entre cuestiones culturales y biológicas que merecen un estudio aparte. Un segundo denominador común es el aislamiento o la introversión. Ambos tienden a ser solitarios, desconfiados y pueden aislarse o vincularse con otros de modos tóxicos. Sin embargo, algunos psicópatas (existen varios subtipos) pueden imitar emociones y fingir vínculos, haciendo su identificación prácticamente imposible. En general, los familiares y círculos cercanos al psicópata reaccionan con inverosímil sorpresa ante el develamiento del asesino. Ambos asesinos tienen una insalubre tendencia a culpar a los demás por sus fracasos, por eso el asesinato se vuelve una forma de castigo hacia aquel supuesto causante de sus desgracias.

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Tanto los asesinatos en masa como los seriales son premeditados. En muchos casos, se planean con mucho tiempo de antelación y son detonados por algún evento o suceso clave, como una ruptura amorosa, un despido o cualquier otra pérdida. Además, los asesinos pueden sentirse alienados, humillados o heridos y buscan algún tipo de compensación o venganza (que estiman como justicia), ya sea específica (con un objetivo y elección de victimas predeterminados), o una venganza de clase (raza, clase social, edad o religión), en cuyo caso los delirios del asesino se racionalizan y radicalizan en contra de ese grupo, para justificar la supuesta redención. También, el asesinato puede plantearse como una venganza más general e indiscriminada, como un acto de violencia hacia el mundo o la humanidad. Se estima que cuanto más indiscriminada es la matanza, mayor es la locura del asesino. Los acontecimientos lamentables ocurridos en Las Vegas parecen responder a este último perfil.

Explicar los trastornos de personalidad como la psicopatía es muy complejo. Más difícil es entender el desarrollo estructural de la psicosis. A grandes rasgos, se entiende que estas cuestiones de la personalidad están ancladas en eventos de la infancia y dinámicas familiares. Estas personas pueden tener un largo historial de traumas, abusos y frustraciones.

Estas reflexiones suscitan varias preguntas más, que van desde la motivación del asesino hasta cuestionamientos sobre un contexto cultural, político y social que avala la cultura de la violencia y la disponibilidad de armas. La proliferación de asesinos en masa, con cifras alarmantes en Estados Unidos, también responde a cuestiones contextuales como la cultura violenta y la disponibilidad de armas. Pero, por sobre todo, son los discursos históricos que siembran el miedo los que favorecen sustancialmente estas explosiones de violencia.

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El descabellado, ¡sí descabellado!, acceso a armas de fuego es un factor fundamental. La apología de la posesión de armas, como derecho absoluto en la cultura estadounidense, responde a un discurso divisivo e intimidante que produce rechazo a aquel que es diferente –el enemigo– e instala ese miedo al otro. Primero el indio, luego el afroamericano, el comunista, el musulmán o el hispano. El miedo al otro avala el uso de las armas. Sin miedo no hay necesidad de armas, es así de fácil. Entonces, el hombre blanco debe defender su derecho a defenderse de su enemigo con armas, como lo impone su cultura habilitante (el 54% de los asesinatos en masa en Estados Unidos desde 1982 fueron perpetrados por hombres blancos). Por supuesto, este miedo le sirve al gigantesco negocio de las armas que financia la política.

Más allá del grito de ¡¿por qué?! está la pregunta ¡¿Cómo es posible?! Cómo es posible que una persona con tendencias psicópatas o psicóticas pueda –y haya podido– tener acceso a armas, más de 42. Es más fácil comprar un arma que acceder a un servicio de salud mental. Más aun, al grito se le acopla el clamor de ¡otra vez! O ¡¿hasta cuándo?!

Frente a Las Vegas, nuevamente, una parte de la sociedad ha respondido con indignación, reclamando la regulación y el control en la venta indiscriminada de armas. Otro segmento de la población, en cambio, ha decidido defender con mayor vehemencia su derecho a defenderse (un dato curioso: las acciones de ciertas compañías de comercio de armas subieron sustantivamente inmediatamente después de la masacre). Lo mismo había ocurrido después de la matanza en Orlando, en junio del año pasado.

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Es indiscutible que, dadas las escalofriantes estadísticas sobre muertes por armas en Estados Unidos, deben existir leyes y regulaciones más estrictas. Ningún otro país “desarrollado” tiene un índice tan alto de posesión de armas. Se estima que los estadounidenses tienen alrededor de 265 millones de armas. El Archivo de violencia por armas (Gun Violence Archive) estima que hay, en promedio, nueve asesinatos en masa (definido por un incidente en el que mueren cuatro o más personas) por cada 10 días.

Es importante recalcar que la salud mental, asunto estrechamente ligado a los actuales debates sobre el sistema de salud, debería ser un derecho para todos y no un lujo que unos pocos pueden afrontar. ¡Mayores recursos para la salud mental son imperativos, ya! Pero, por sobre todo, es necesario cambiar el discurso. Ese discurso violento que retroalimenta el miedo, que fomenta la necesidad de construir paredes, proscripciones, exclusiones, divisiones, discriminación y odio. Se busca y se fuerza la diferencia y la enemistad, en beneficio de los separatistas y divisores que comercian armas y se enriquecen a través de la instalación del miedo.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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