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El municipio de Juchitán, Oaxaca, es uno de los más afectados.
Tanius Karam
Opinión

Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Entre desastres naturales y discursos oficiales: desatinos y desencuentros

Entre desastres naturales y discursos oficiales: desatinos y desencuentros

“Temblores y huracanes tienen una dimensión natural, pero no menos importante son sus consecuencias sociales y políticas”.

El municipio de Juchitán, Oaxaca, es uno de los más afectados.
El municipio de Juchitán, Oaxaca, es uno de los más afectados.

El pasado jueves 7 de septiembre un fuerte sismo de 8.4 grados azotó un corredor que va de las empobrecidas provincias del suroeste (Chiapas y Oaxaca) hacia Ciudad de México, donde por fortuna no hubo desgracias personales.

El panorama en la capital es enteramente distinto al de ciudades como Juchitán (a 720 kilómetros de Ciudad de México), afectada en más del 70% de su infraestructura por un sismo intenso en fuerza y duración –que tuvo el “feliz” atenuante de haber sido oscilatorio y no trepidatorio como el de 1985, que devastó la capital con decenas de miles de muertos–.

Temblores y huracanes tienen una dimensión natural, pero no menos importante son sus consecuencias sociales y políticas. Aunque Ciudad de México no fue muy afectada esta vez, ¿qué puede esperarse de haber construido una megalópolis dentro de un corredor sísmico a más de 2,000 metros sobre el nivel del mar?

Un hecho reciente que ilustra esta tensión entre lo (aparentemente) “natural” y las explicaciones políticas, fue el socavón formado el 12 de julio en la autopista que circunda la ciudad de Cuernavaca (90 kilómetros al sur de Ciudad de México).

La primera defensa ante los cuestionamientos de que fue objeto el Secretario de Comunicaciones y Transportes Gerardo Ruiz Esparza, fue que el accidente que costó la vida a dos personas se debió a la fatalidad y a la mala fortuna de quienes transitaron al momento del incidente.

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Ante las consecuencias de hechos naturales como el sismo del 7 de septiembre, o este socavón, el discurso de la autoridad apela a la naturalidad de los hechos o la fatalidad antes que a la que a la responsabilidad pública, la impericia técnica, la corrupción en obra pública u otra causas.

¿Cómo explicar que más de la mitad de las escuelas públicas en Chiapas presenten después del sismo un problema lo que impide el regreso a clases?, ¿no habría responsabilidad de las áreas especializadas del Ministerio de Educación con respecto a la vigilancia física de los inmuebles?, ¿todo es atribuible a la “fatalidad” o a la “madre naturaleza”?

Al respecto no resulta casual cierta impermeabilidad de la autoridad con respecto al manejo de información. En el caso de Ciudad de México existe un Atlas de Riesgo, pero según el columnista Sergio Aguayo la autoridad niega con frecuencia el derecho a la información de dicho Atlas con el argumento de que de conocerse ésta se podría depreciar el mercado inmobiliario. El gobierno local de Ciudad de México prefiere poner en riesgo a sus habitantes y coartar su libertad de información antes que impactar una de las principales fuentes de corrupción en la ciudad, como son los permisos que da la autoridad para el derecho a construir en la ciudad.

Las afectaciones en Juchitán (Oaxaca) han destapado un segundo problema social y político, que apunta a la crisis de gobernabilidad y fractura de la socialidad de México y que tiene como base la desconfianza en la acción de la autoridad con respecto al manejo de las donaciones para atender las necesidades de la población afectada por los sismos.

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Periodistas en campo han recogido testimonios de damnificados que señalan no haber recibido ayuda alguna, a pesar de que el área ha sido ya visitada por los principales funcionarios, incluido el presidente Peña Nieto.

Las imágenes de los damnificados no atendidos contrastan con la utilización política que ha hecho, por ejemplo, la secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), Rosario Robles, recientemente señalada por su supuesta participación en la red de corrupción conocida como #EstafaMaestra (un resumen se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=wfFoi2VWN2A), quien ahora aparece muy sonriente entregando despensas a los afectados.

Si lo anterior no fuera suficiente, el impacto de los desastres naturales se extiende al ámbito de las relaciones internacionales. Pocos días después de que el huracán “Harvey” azotara las costas del golfo de México y castigara entre otras ciudades a Houston, el canciller mexicano Luis Videgaray se aprestó a ofrecer ayuda a Estados Unidos. Pero a los pocos días México tuvo que hacer frente al huracán “Katia”, en las costas mexicanas del golfo, y tuvo que retirar la ayuda.

En el intermedio, el gobierno mexicano, en inusitado caso de la diplomacia, expulsó al embajador norcoreano del país, en gesto que ni siquiera mereció comentario alguno de la diplomacia estadounidense y que muestra a un gobierno mexicano decidido prácticamente a cualquier cosa por “quedar bien” con el aguerrido presidente Trump, quien no desaprovecha ocasión alguna para mostrar su antimexicanismo.

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En suma, los desastres naturales se convierten en termómetros y señales de la política a los más diversos niveles. Entre justificaciones y desplantes, el poder siempre ve a la distancia a sus enemigos y no deja de utilizar y aprovechar lo que genera tanto dolor y frustración, lo mismo en ciudades empobrecidas como Juchitán que en los suntuosos suburbios de Houston.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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