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Daniel Garza: El gobierno no reduce la pobreza, la fomenta

Daniel Garza: El gobierno no reduce la pobreza, la fomenta

El autor cuestiona la solución de depender del gobierno para resolver el problema de la pobreza

Daniel Garza: El gobierno no reduce la pobreza, la fomenta GettyImages-H...


Por Daniel Garza, director ejecutivo de Iniciativa LIBRE (*)

En 50 años, desde que el presidente Lyndon B. Johnson declaró guerra en contra la pobreza, dedicando un considerable porcentaje del tesoro público con toda una serie de programas a esta hazaña, se han gastado más de 22 billones de dólares. Pero ante la triste realidad de ver 46 millones de americanos todavía viviendo en pobreza, vale remarcar que a pesar de las buenas intenciones, estamos muy lejos de los objetivos.

En su discurso del Estado de la Unión esta semana, el presidente Obama pasó por alto el fracaso de todo este gasto para ayudar a las familias pobres, sin resultados significativos. Solo nos queda la desilusión y –como sociedad nos importa la vida de cada uno de nuestros compatriotas– coraje. 
 
Actualmente, el gobierno federal maneja más de 80 programas de bienestar, proveyendo asistencia económica para pagar costos de comida, vivienda, servicios médicos u otros servicios de índole social a más de 100 millones de americanos. El gobierno federal, junto con los estados, gastaron $981 billones en el 2014 (sin contar el costo de los programas Seguro Social y Medicare). Según el Departamento de Salud y Recursos Humanos, el 37.2% de todos los Hispanos han recibido alguna forma de asistencia pública, y alrededor de 4 millones de ellos en el 2012 eran dependientes de estos programas.

¿Qué está pasando? ¿Por qué tantas métricas incumplidas y millones siguen en necesidad?

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La desintegración de la familia hispana que mantiene a muchas mujeres en la pobreza comienza a explicar las razones; otra es la alta cifra de personas que no terminan la preparatoria; y sin duda, la intervención excesiva del gobierno federal en el sector privado, junto con la promulgación de programas inefectivos, ciertamente no han ayudado la causa.

Es por esto que el vocero de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, dijo: “Aunque los programas federales ofrecen un suelo para esos que sufren bajo la pobreza, igualmente los tienen atados a ese mismo suelo”. Sin duda, otro cúmulo de factores sociales han repercutido destructivamente en contra de los niños latinos a corto y a largo plazo.

Pero la mayoría de nosotros podemos identificar que el problema principal ahora mismo es –precisamente– depender del gobierno para resolver el problema de la pobreza. Cinco décadas de evidencia nos muestran claramente que millones se ven menos capaces de considerarse autosuficientes. Aun así, la izquierda todavía ni se convence de que el camino a seguir debería ser otro, ni permanecen callados al ver el fracaso de políticas redistributivas. Por lo contrario, presumen magnanimidad mientras cuestionan la compasión de todos los que se opongan a sus políticas estadistas. Y sus líderes electos han comprobado ser ágiles en hacer más y más promesas que solo sirven para inducir más y más dependencia a un gobierno que aumenta su poderío y control.

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Los apologistas nos llenan de excusas al defender este fiasco colectivista. Aunque entendemos que vencer la pobreza no es fácil, deberían entender esto: el gobierno no genera riqueza, ni puede ofrecerles a millones una vida digna y próspera. Solo individuos libres operando en un sector privado podrán lograr esta condición óptima. Aumentando la productividad, incentivando la innovación y eliminando las barrares a una buena educación, las oportunidades de trabajo para millones de nosotros crecerán mucho más.

Sin embargo, cuanto más avanza la sociedad a base de la riqueza que genera el libre mercado, más se aferra la izquierda en fiarse de políticos que actúan para confiscar más ganancias del trabajador para obsequiarle a más gente que no trabaja. Es tiempo de que la comunidad latina le declare la guerra a estos izquierdistas y proclamen que este modelo es insostenible y destructivo.

Hoy en día, agrupaciones izquierdistas insisten en la misma agenda antipobreza que NO incluye un componente pro-trabajo, que promueva la autosuficiencia o promulgue el ahorro. En lugar de estos elementos básicos, la izquierda hace un llamado por más gasto publicó, aumentos en programas redistributivos, y más centralización de poder en Washington. Exigen el decaimiento de esos que son prósperos, a que tengan menos al recaudar más impuesto, todo para llegar a la ilusoria igualdad.

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La ironía es que la izquierda acusa y demoniza a los que se escaparon de la pobreza como los culpables de crear la desigualdad. Subestiman el trabajo duro y menosprecian el sacrificio y los riesgos que asumieron estas exitosas personas en emprender negocios. Y en sobrecargar a los que proveen trabajos, mientras aumentan el subsidio a los que no trabajan (y aquí me refiero solo a esos que son físicamente y mentalmente capaces de sostener un trabajo), el resultado ha sido menos productividad, menos oportunidad, más dependencia y más desempleo.

Indiscutiblemente, no existe equivalente a una buena educación para facilitar una buena carrera profesional o un trabajo especializado de altos salarios. De la misma manera, no hay mejor educación que la que se aprende en un trabajo. Por eso es que son tan preocupantes las llamadas a aumentar el sueldo mínimo al doble de lo actual. Al subir el costo de labor, reducirá las oportunidades de conseguir ese primer trabajo para nuestros jóvenes. Y aunque el 95 por ciento de todo americano ya se gana más del sueldo mínimo actual –gracias a las fuerzas del libre mercado–, la izquierda culpa al dueño de negocio de avaricia por no doblarse a sus demandas.

La realidad es que la gran mayoría de emprendedores ganaron su fortuna proveyendo productos y servicios en respuesta a la demanda del consumidor. Y en ahorrar, invertir, y arriesgar capital para satisfacer la demanda del mercado, el crecimiento de sus negocios les permitió generar los trabajos que sirven como bendición para muchos de nosotros. Solo a través de esta productividad y crecimiento de nuestro Producto Neto Bruto  nacional (GDP, por sus siglas en inglés) podemos sostener tanto programa gubernamental. Pero todo tiene su límite y el desequilibrio en esta sustentabilidad –entre el creciente gasto público y lo que puede rendir el sector privado– nos perjudica a todos.

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Sí debemos reafirmar un nuevo esfuerzo para reducir la pobreza –y sí, deberíamos de hacerlo–; reanudemos completamente la marcha, sin olvidar las duras lecciones que nos ha enseñado esta experiencia. Ante todo, abordemos el debate para llegar a alternativas mucho más efectivas. Comencemos por ver más allá de las buenas intenciones que sostienen los programas fracasados, para prestarle toda la atención a esfuerzos que rindan resultados positivos: programas que incentiven el trabajo, aumenten la productividad en el sector privado, y premien la responsabilidad personal.

Siguiendo el mismo camino, no solo prolongaremos el malgasto de dinero, pero también continuará arruinando vidas y desintegrando familias por muchos años.

(*) La Iniciativa LIBRE es una organización comunitaria no partidista, y sin fines de lucro, que promueve los principios y valores de la libertad económica para empoderar a la comunidad hispana de Estados Unidos.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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