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Una de las fotos compartidas sobre el juego.
María Basualdo
Opinión

Filósofa y experta en salud mental, con más de diez años de experiencia en ese campo.

Cómo prepararse para enfrentar el perverso juego de “La ballena azul”

Cómo prepararse para enfrentar el perverso juego de “La ballena azul”

“Las señales de alarma parecen tener más que ver con indicadores generales que con cuestiones específicas del juego, aunque marcas en el cuerpo o cambios rotundos en conductas y actividades deberían ser muy evidentes”.

Una de las fotos compartidas sobre el juego.
Una de las fotos compartidas sobre el juego.

El juego de la ballena azul es un mecanismo de suicidio, pero incluye otras cuestiones que hacen compleja su naturaleza. El juego fue creado por un estudiante ruso con el supuesto propósito de purgar a la sociedad de personas “inútiles” y consiste en una dinámica de 50 pruebas que terminan en el suicidio. Los siniestros desafíos consisten en experiencias que los participantes deben realizar a lo largo de 50 jornadas e incluyen cosas como mirar películas de terror todo el día, hacerse cortes superficiales en la piel con forma de ballena, comer cierta cantidad de huevos en un día, entre otras. Luego, se debía postear una foto en el grupo de cierta red social que se había formado para este fin.

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Los perversos creadores de este juego utilizaban mecanismos de coacción implementados por “los curadores” o “los guardianes” –así se autonombraban los administradores del juego– con el objetivo de perpetuar la participación. Las amenazas consistían en hacer daño a familiares, previa investigación de los datos personales para hacer más verosímil la intimidación. El mensaje es directo, pero también subliminal. Ofrece miedo y placer, vida y muerte. Y se dice que el inconsciente obedece, sin criticar o reclamar. En ese mundo interno, el adolescente se diluye entre la omnipotencia y la manipulación, el placer y el dolor, el auto control y la obediencia, volviéndose empoderado y endeble al mismo tiempo. Este “juego” ya ha logrado inducir a la muerte a centenares de adolescentes en el mundo. Otras recientes réplicas parecerían responder a las mismas dinámicas.

El inicuo juego de las ballenas afecta a los adolescentes, una etapa estigmáticamente vinculada a las crisis y la vulnerabilidad. En su ciclo vital, el adolescente se dirime en su búsqueda de identidad, navegando desde la confianza a la desconfianza, entre la autonomía y la dependencia, la impulsividad y el auto-control, buscando superar sus conflictos internos y convertirse en un adulto. Estos antagonismos están íntimamente ligados a cuestiones sociales y culturales, en tanto ponen en evidencia crisis sociales que rehusamos reconocer. Paradójicamente, el juego replica estas antinomias. Adolescentes en una era digital, sesgada por medios de comunicación que incomunican más que conectan, atrapados en un mundo frívolo, en el cual aprenden y se nutren de sus pares, unos de otros, perdiendo contacto con el adulto que, preso del mismo mundo, no puede supervisar y a veces falla en educar. Con una accesibilidad inusitada que castra y resquebraja todo l ímite posible.

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Una de las características de la personalidad adolescente es la omnipotencia, creer que son los dueños del mundo o que nada les puede pasar. Esa creencia tiene un correlato neurológico, en tanto el cerebro adolescente está aprendiendo a distinguir entre fantasía y realidad y es, además, extremadamente susceptible a las descargas de dopamina y adrenalina que el juego de la ballena pueda producir, alcanzando el centro de recompensa del cerebro que puede hacer que pierda su criterio de realidad y su habilidad para controlar impulsos. El cerebro adolescente se encuentra aún en vías de desarrollo, con áreas del lóbulo frontal vinculadas al control del impulso aun incompletas.
También, estas descargas químicas ligadas a centros de placer juegan un rol fundamental en las adicciones a sustancias o a redes sociales, a las que los adolescentes son particularmente vulnerables, tanto por factores inherentes a su personalidad y a su etapa de desarrollo como a su contexto social.

El mundo virtual que suscitan las redes sociales, los estados alterados que producen las sustancias o la adrenalina que provoca continuar con el desafío perverso de este juego, estimulan un placer primordial que el adolescente puede tender a buscar compulsivamente. Jugar implica estar inmerso en ese mundo virtual, pero con acciones reales y fatales. Jugar también significa tener un grupo de pertenencia, que el adolescente tanto anhela, otro aspecto de la adicción. Pero, fundamentalmente, el juego de la ballena resulta adictivo en tanto conjuga placer con autodestrucción.

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La indefensión de la etapa adolescente no es suficiente para explicar el fenómeno del juego de la ballena, siendo que este responde a una multiplicidad de factores que van desde la perversidad y el goce de sus creadores e implementadores, hasta factores individuales –psicológicos y biológicos– y cuestiones sociológicas del participante. Pero, más allá de la confluencia de variables, el componente auto destructivo de estas conductas resulta incontestable. Un dato, el suicidio en la población adolescente en los Estados Unidos es la segunda causa principal de muerte, superado solamente por muertes por accidente. Los trastornos mentales presentan el factor de riesgo más alto de suicidio, pero, variables como la edad, el género, el grupo étnico, así como dinámicas familiares, situaciones de estrés o cuestiones culturales, también contribuyen a dicha causalidad. Además, el incremento del riesgo de suicidio es concomitante con circunstancias extremas, en tanto parecen sobrepasar las herramientas que el adolescente tiene para lidiar con situaciones traumáticas o extenuantes, como problemas familiares o interpersonales, violencia en el hogar, abuso físico o sexual, confusión respecto de la orientación sexual o ser víctima de marginación o bullying.

Cómo identificar al adolescente en peligro es la pregunta del millón. Pero, las señales de alarma parecen tener más que ver con indicadores generales que con cuestiones específicas del juego, aunque marcas en el cuerpo o cambios rotundos en conductas y actividades deberían ser muy evidentes. En general, el grupo más vulnerable incluye a adolescentes depresivos, con entornos familiares disfuncionales. Otras señales incluyen baja autoestima, la pérdida de confianza en sí mismo o de interés en hacer actividades o sociabilizar, así como desesperanza o pesimismo respecto del futuro. La vulnerabilidad se incrementa en adolescentes que han tenido una pérdida reciente, ya sea una muerte o una separación. Tanto padres como educadores deben estar atentos a cambios en la conducta, como dificultad para concertarse o cumplir con rutinas escolares. Se incluyen aquí cambios en los patrones de sueño y alimentación, tales como insomnio, hipersomnia, pesadillas recurrentes y pérdida o exceso de apetito. Los cambios emocionales pueden no resultar evidentes, pero es crucial reconocerlos. Estos incluyen tristeza, ganas de estar solo, irritabilidad, ansiedad, depresión, indecisión, apatía, impulsividad o dificultad para mantener el control de sí mismo. Obviamente, hay que estar atento a cambios en el discurso, si el adolescente comienza a hablar acerca de la muerte y de modos específicos para quitarse la vida o hacerse daño, siendo que esta es una señal muy contundente.

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¿Cómo contrarrestar la manipulación que el juego pueda ejercer? Resulta fundamental desmontar y poner en evidencia que las amenazas y los mecanismos coercitivos del juego son falacias, enfatizando el hecho de que no son reales y no se van a cumplir. La accesibilidad a las redes sociales tiene doble filo y hay que manejarlo con cautela. Pero, el esfuerzo más fundamental desde el grupo familiar es ayudar al adolescente a restituir las confianzas básicas, en sí mismo, en su futuro y en el mundo, fomentando un mayor contacto con los hijos, entendiendo las crisis propias de su etapa, sus necesidades y sus miedos. Conocerlos, reconocerlos y protegerlos. Brindarles un entorno sano. Sin duda, ser padre de un adolescente es más un arte que una ciencia, manteniendo un balance casi imperceptible entre controlar y dejar ser, entre proteger y sobre-proteger, con ambos transitando desafíos que, como tantos, se resuelven con afecto y sana comunicación, cada uno ocupando el rol que le corresponde.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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