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Arturo Sarukhan: Lo bueno, lo malo y lo feo

Arturo Sarukhan: Lo bueno, lo malo y lo feo

El autor analiza tres claves del futuro del sistema político de EEUU y los votantes hispanos

Arturo Sarukhan: Lo bueno, lo malo y lo feo GettyImages-Bernie-Trump-Sup...


Por Arturo Sarukhan, consultor internacional, exdiplomático mexicano

Después de meses de especulación y de análisis en medios y redes sociales, de ríos de tinta vertida y de horas y más horas de soundbites en televisión así como de un sinnúmero de debates a lo largo del otoño e invierno de 2015, la campaña presidencial en Estados Unidos finalmente arrancó este mes con la asamblea (los llamados “caucus”) en Iowa y la primaria en Nueva Hampshire.

Con dos estados más en contención este mes –Nevada y Carolina del Sur– es buen momento para pasar revista tempranera a lo ocurrido hasta ahora y para también atisbar algunas tendencias que marcarán el proceso político-electoral que culminará con los comicios el 8 de noviembre próximo.

Como buen cinéfilo que soy, permítanme arropar este análisis en la película ya clásica de “El bueno, el malo y el feo” y agrupar así algunos temas relevantes en lo que va de la campaña y que considero fundamentales para el futuro del sistema político estadounidense y para los votantes hispanos en particular.

Lo Bueno: Temas torales para la vida democrática de esta nación como la capacidad de presentar legislación de manera normal y programática en el Congreso, aprobar leyes de asignación presupuestal anuales, atacar de raíz el déficit fiscal, cerrar la brecha de la desigualdad, pasar una reforma migratoria, ratificar nombramientos de embajadores y jueces de la Suprema Corte, o arropar desde el legislativo las negociaciones comerciales regionales en las que está involucrado su Ejecutivo, por mencionar algunos, se encuentran en entredicho gracias a la creciente polarización ideológica y partidista en Estados Unidos.

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Muchos argumentarán que no es la primera vez que esto sucede en la historia de EEUU. Y es cierto: desde sus inicios como nación, en los procesos deliberativos que condujeron a la redacción del acta de Independencia y de la Constitución, durante los debates en torno a la esclavitud y la expansión territorial de la joven república, o en los debates en torno al papel del Estado, a los derechos civiles o las guerras culturales, siempre ha habido un nivel elevado de confrontación –en ocasiones violenta– de ideas y principios.

Pero la polarización y la metástasis nunca habían sido tan agudas como hoy en día. En todos los años que llevo viviendo en Estados Unidos e interactuando con su sociedad y su clase política, como estudiante y también desde la diplomacia mexicana, jamás había atestiguado un entorno político tan disfuncional como el que ahora impera en Washington.

Hay muchas razones estructurales que explican las actuales circunstancias y la incapacidad que han mostrado los actores políticos para gobernar y legislar en la capital estadounidense, pero el proceso de manipulación en la configuración de distritos electorales (el llamado gerrymandering en inglés), el creciente peso del dinero en la política y en los procesos electorales, particularmente a raíz de la decisión desafortunada y miope de la Suprema Corte en 2010 (“ Citizens United v FEC”) y la radicalización y balcanización ideológica en Estados Unido me parecen las más notorias. Y casi ocho años después de la crisis financiera de 2008, el malestar político y la polarización ideológica solo se han profundizado aún más.

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Por ello, y más allá de que podamos estar en desacuerdo o no con sus posturas, las candidaturas antisistémicas de Trump y Sanders argumentando que el sistema político es corrupto y disfuncional, tomando por asalto la cúpula de los partidos Republicano y Demócrata y de paso demoliendo tabúes políticos en este país (Trump es el candidato más abiertamente racista desde George Wallace, mientras que Sanders se describe como “socialista” en un país que detesta esa etiqueta), podrían ser, al final del día, un bálsamo importante para el sistema político estadounidense. A ojos de un buen número de votantes, éste produce políticas publicas de “más de lo mismo” y solo responde a las élites económicas y a un liderazgo político partidista cínico y desconectado de la realidad de una clase media que se diluye y que ve sus expectativas de progreso económico y social truncadas ante un sistema que únicamente favorece a los que más tienen.

Está aún por verse si estamos o no en la antesala de una “primavera” estadounidense que renueve la manera de hacer política y fortalezca las correas de transmisión entre los ciudadanos y la vida pública y sus partidos políticos, pero es indudable que los votantes potenciales están diciendo “basta” a la manera tradicional de hacer política en este país.

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El éxito registrado hasta el momento y contra todo pronóstico por Trump y Sanders a cada extremo del espectro ideológico es un testamento de cómo el liderazgo político nacional de ambos partidos –y sus dinastías respectivas políticas– han perdido la confianza de los votantes. Creo que en el mediano y largo plazos, esta sublevación del electorado podría llegar a ser el revulsivo que necesitaba EEUU para confrontar una democracia crecientemente disfuncional y atrofiada.

Lo Malo: He subrayado en columnas previas en esta página de Univisión Noticias que el empoderamiento electoral hispano en la última década es hoy por hoy una de las grandes transformaciones políticas en Estados Unidos. Su peso en las urnas en los llamados estados “bisagra” o “morados” (es decir, estados sin mayoría solida Demócrata/azul o Republicana/rojo) –principalmente Nevada, Colorado, Florida, Virginia, Carolina del Norte– y su papel en haber decantado la elección y reelección del presidente Barack Obama, muestran que el voto hispano finalmente llegó para quedarse.

Sin embargo, hay un problema real, y es que los hispanos no se están registrando a votar ni están saliendo a votar en números acorde con su peso y perfil demográfico. Y además, y de nueva cuenta más allá de nuestras preferencias político-electorales y partidistas, es un hecho que un número importante de precandidatos Republicanos han articulado de manera calculada plataformas xenófobas en estados donde se pueden dar el lujo de hacerlo precisamente gracias al número minúsculo de votantes de origen hispano (los hispanos representan solamente el 2.2% de votantes registrados en Nueva Hampshire y el 2.9% en Iowa).

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Pero una vez superados los procesos primarios en estos dos estados –de los estados menos diversos y más blancos del país– llega el turno a una serie de primarias y asambleas en las cuales el voto hispano tiene que demostrar que cuenta y que pesa. De entrada, en Nevada, el 17% de los votantes que tienen el derecho de acudir a las urnas son de origen hispano y estos datos reflejan una tendencia general a nivel nacional, y en la cual hoy los hispanos representan más del 13% de todos los estadounidenses con derecho al voto (un total de 28.5 millones de votantes potenciales).

Este número solo se incrementará con las tendencias de crecimiento demográfico de los hispanos; 800 mil hispanos alcanzan la edad para votar cada año en Estados Unidos. De acuerdo con un estudio reciente del Center for American Progress, más de 11.2 millones de hispanos votaron en la elección presidencial estadounidense de 2012, un incremento del 15%, o 1.5 millones más que en los comicios presidenciales de 2008. Y si bien este número es impresionante y como menciono aquí fue clave en reelegir al Presidente, 2.6 millones de hispanos que se registraron para votar no lo hicieron y 9.6 millones de hispanos que podrían haberse registrado para votar no lo hicieron.

Amén de las razones por las que esto ocurre –y que abordarlo podría ocupar toda una columna por separado– la lección es muy simple. A menos que los hispanos se registren y salgan a votar, el costo y las consecuencias político-electorales para quienes articulan discursos xenófobos y anti-hispanos o que al interior de ambos partidos no atienden a las aspiraciones y prioridades del votante hispano, seguirán siendo insignificantes.

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Lo Feo: Qué duda cabe que la etiqueta de lo más feo a lo largo de estos meses de campaña, particularmente a partir de que Donald Trump decidiese lanzar su candidatura el verano pasado, se la llevan el racismo, la xenofobia y la demagogia, atizadas primordialmente por el propio magnate pero también por varios precandidatos Republicanos más.

No sugiero aquí que todos los que apoyan a Trump son racistas ni que el partido Republicano está repleto de ellos. Los hay en todos los sectores y estratos socio-demográficos de Estados Unidos, y para el caso también en otras naciones, sean éstas industrializadas o no. Pero lo que sí es un hecho incuestionable es que Trump ha buscado proactivamente alcahuetear a quienes sí son racistas y xenófobos en el partido por el cual contiende ahora. Por ello no es gratis que Trump tenga los negativos más altos en este momento de entre todos los precandidatos en Estados Unidos buscando la nominación de su partido, pero sí que sorprende que esto no haya afectado aún la tracción político-electoral que lo ha mantenido en la cima de las preferencias de votantes Republicanos.

El sistema bipartidista estadounidense siempre ha tendido a eliminar los extremos políticos e ideológicos, favoreciendo la estabilidad –con ajustes y correcciones pendulares cíclicas y frecuentes, pero contenidas- por encima de todo–. Ello a su vez, junto con un sistema que históricamente tendía –después de exabruptos antiinmigrantes– a integrar a los nuevos migrantes como factor de vitalidad y diversidad, fue lo que otorgó en gran medida a Estados Unidos su fortaleza económica mundial y su peso como superpotencia –ahora potencia– global.

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Hoy esa característica seminal parece estar seriamente en duda. El mantra o eslogan que conecta varias de las precampañas Republicanas en el sentido de “recuperar a América” o “volver a tomar en nuestras manos el país” o “recuperar la grandeza de EEUU” tiene poco anclaje en programas de gobierno o políticas públicas. Tiene más bien como referencia, en el contexto de un electorado cabreado al que aludí al principio de esta columna, el imperativo de sustraerle el poder a los “liberales” y a un presidente afroamericano “extranjerizante”, al igual que plantarle la cara a “los que no son de aquí”, a valores sociales y culturales (que incluyen la igualdad en el matrimonio o el derecho reproductivo de toda mujer) o el carácter cosmopolita y abierto al mundo de las élites de las zonas costeras del país.

Hoy hay precandidatos Republicanos que buscan movilizar a sus bases en lugar de encontrar consensos y que ignoran sin rubor datos duros, por ejemplo, sobre los patrones de migración mexicana hacia EEUU; las aportaciones de la comunidad musulmana de este país; el perfil de quiénes sí y quiénes no han minado en el pasado la seguridad nacional estadounidense; o la supuesta amenaza a los valores y la seguridad del país por parte de refugiados y migrantes.

Así como en círculos financieros y económicos se recurre reiteradamente al cliché en el sentido de que cuando a la economía de Estados Unidos le da un catarro a la economía global le da neumonía, si hoy se erosiona la inmunidad que siempre había existido en EEUU al extremismo, las implicaciones para el mundo van a ser profundas y sus consecuencias van a repercutir internacionalmente. A lo largo de la historia del siglo XX, el mundo ya ha sido testigo de lo que ocurre cuando no ponemos un alto electoral a políticos demagogos y xenófobos. No debemos ni podemos permitir que ese fenómeno levante la cabeza en Estados Unidos.

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Al final de cuentas, ya veremos en las semanas y meses por venir cómo se van decantando estos tres factores –al igual que otros más que irán surgiendo en el camino, como por ejemplo la posibilidad de candidaturas independientes– y que ciertamente he escogido de manera un poco arbitraria para esta columna. Pero lo he hecho para ilustrar temas que desde mi óptica están incidiendo, para mal o para bien, en una elección inédita en la historia política reciente de esta nación. Lo que sí no cambia ni cambiará en este largo trecho de aquí a los comicios de noviembre es el hecho de que estará en las manos de millones de votantes estadounidenses tomar las decisiones correctas.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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