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En la gr'afica, de izquierda a derecha, el expresidente George Bush, el presidente Barack Obama y los exmandatarios George W. Bush, Bill Clinton y Jimmy Carter.

Nuestros presidentes estaban destinados a tener límites en su poder

Nuestros presidentes estaban destinados a tener límites en su poder

La Constitución de EEUU limita y define los poderes del presidente para evitar los excesos, pero no todos han seguido las reglas.

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En la gr'afica, de izquierda a derecha, el expresidente George Bush, el presidente Barack Obama y los exmandatarios George W. Bush, Bill Clinton y Jimmy Carter.

Por Daniel Garza,

La historia nos dice que durante los debates sobre la redacción de la Constitución de Estados Unidos, James Madison  a menudo llamado  el padre de la Constitución- argumentó que los poderes del presidente deben ser “ limitados y definidos”. Los Padres Fundadores buscaban lograr un equilibrio: la creación de un presidente fuerte, pero con límites claros en el poder, con el fin de evitar una “monarquía elegida”.

Nuestro gobierno fue deliberadamente diseñado para requerir al presidente y al Congreso trabajar juntos para lograr avances importantes. Pero cuando el presidente actúa solo -eludiendo el proceso deliberativo, inherente al poder legislativo- a menudo terminamos con programas e iniciativas que carecen de apoyo popular o se implementan de manera incorrecta. En el peor de los casos, estas medidas han demostrado ser desastrosas porque no se amparan con un debate equilibrado, y se adelantan para el apaciguamiento de los grupos de interés, el propio interés político o unos compinches conectados y favorecidos que se benefician por encima de los intereses de los contribuyentes estadounidenses.

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Sería bueno pensar que los presidentes de los Estados Unidos siempre han seguido las reglas; que no exceden la autoridad conferida por la Constitución. Pero eso no es lo que ha pasado. Presidentes de ambos partidos han acaparado más poder del que se les concede legalmente, en asuntos grandes y pequeños. Andrew Jackson  ordenó a la nación Cherokee en el Camino de las Lágrimas, donde miles perecieron. Woodrow Wilson  segregó la fuerza laboral federal. FDR  intentó embalar el Tribunal Supremo con “hombres complacientes” para que sus actos inconstitucionales de repente se aprobaran. Nixon  trató de evitar que el New York Times imprimiera los Papeles del Pentágono, que revelaban la  expansión de la guerra de Vietnam. El presidente Obama  anunció unilateralmente que el Senado estaba en receso cuando no era así y trató de hacer nombramientos inconstitucionales.

Estos actos de exceso han debilitado nuestra democracia. Han dificultado que el Congreso y la Casa Blanca trabajen juntos en reformas duraderas y, también, han alentado a los miembros del Congreso a abdicar la responsabilidad de las decisiones que tienen el deber de hacer. Recientemente hemos visto esto con Obamacare, donde el Congreso cedió amplia libertad a la Casa Blanca para reescribir partes de la ley que ellos votaron a favor.

No hace mucho, los estadounidenses habrían considerado igual de inquietantes las propuestas estatistas articuladas por los actuales candidatos presidenciales; y nada menos que alarmantes las propuestas de imponerlas ellos sin tener en cuenta la participación del Congreso.

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Pero algo es diferente. Con un poco más de un año por transcurrir antes de las próximas elecciones nos encontramos en una intersección importante: una en la que decidimos continuar tolerando los excesos del poder ejecutivo o o elegir aprobar la imprudente legislación propuesta por su majestad, el Señor presidente. Hasta el momento, parece que millones están apoyando a aspirantes de ambos partidos cuando han señalado que gobernarán más como reyes que como presidentes. Y a medida que los candidatos sienten poca resistencia, ellos están vendiendo abiertamente promesas para imponer nuevas órdenes ejecutivas sobre el salario mínimo, el cambio climático, la inmigración, el comercio exterior… Y también se proponen reescribir el código fiscal y la ley de salud, con poca atención a las prerrogativas del Congreso.

¿Cómo es concebible? Después de todo, el mundo está lleno de ejemplos de gobernantes totalitarios que imponen su voluntad mediante la centralización de toda la toma de decisiones para sí mismos y un selecto grupo de planificadores leales. De hecho, uno no necesita ir tan lejos como el Medio Oriente para encontrar líderes imperiosos, en nuestro propio hemisferio, donde uno puede apuntar fácilmente a las administraciones fallidas de Fidel y Raúl  CastroNicolás Maduro y  Rafael Correa, como ejemplos de lo que puede suceder cuando el poder se controla y se le permite prosperar de manera unilateral.

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Mucho de esto tiene que ver con la intransigencia legislativa provocada por la ruptura ideológica profunda entre la mayoría de los titulares de oficina en el Capitolio y el residente en el 1600 de Pennsylvania. Después de siete años de estancamiento y partidismo contencioso, millones de estadounidenses frustrados -que representan a ambos lados de la división política- están ansiosos por reemplazar el autócrata actual por su propio autócrata.

Es cierto que Estados Unidos depende por momentos de lo que Alexander Hamilton llamó un  “ejecutivo vigoroso”, especialmente en tiempos de guerra y crisis nacional. Cuando Estados Unidos enfrenta emergencias, buscamos un líder -no 535 miembros de la Cámara y el Senado, con un interminable debate y una dificultad en llegar a un compromiso-. Pero si queremos hacer frente a los grandes desafíos que enfrentamos hoy día -la próxima insolvencia del Seguro Social y Medicare, el continuo crecimiento en el costo de la atención de salud, la educación, el costo de vida, y las leyes de inmigración que simplemente no funcionan- necesitamos dejar de confiar en el gobierno por decreto y buscar un líder que regirá por consenso.

Uno pensaría que sabríamos evitar los mismos errores del pasado. Al considerar a los aspirantes para 2016, es esencial que escojamos un candidato que respete sinceramente las garantías constitucionales que sirven para limitar su propio poder ejecutivo, que tratará de conciliar los intereses en conflicto y trabajará para forjar un acuerdo entre ambas partes. Solo entonces podremos unirnos bajo un plan común de acción y descartar a aquellos cuya única respuesta a la resistencia legislativa es actuar solo con arrogancia imperial.

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Si el Congreso no actúa para frenar la autoridad del presidente o moderar las bravatas de los candidatos a la presidencia, es nuestra responsabilidad hacerlo.

Nota:

La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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