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Refugiado sirio: “En mi familia éramos veinte. La mayoría han muerto”

Refugiado sirio: “En mi familia éramos veinte. La mayoría han muerto”

Los Hassan son parte de los casi dos millones de sirios que han buscado seguridad en Turquía del conflicto en su país.

Ahmed Hassan, refugiado de Alepo en Estambul, junto a sus hijos Khaled (...
Ahmed Hassan, refugiado de Alepo en Estambul, junto a sus hijos Khaled (4), Basel (18) y Yousef (15). (Foto por Daniel Iriarte)

Por Daniel Iriarte, desde la ruta que siguen refugiados sirios hacia Europa @Danieliriarteo

“En mi familia éramos veinte. La mayoría han muerto”, explica Ahmed Hassan con voz débil. Hasta hace un año, este albañil todavía podía ganarse más o menos la vida en el pueblo sirio de Jabl Badru, cerca de Aleppo. Otros parientes tenían tiendas. “Ahora todo ha sido destruido, ya no queda nada”, nos explica.

Aquella zona se la disputan entre el régimen sirio de Bashar Al Assad, los yihadistas del Estado Islámico y otras facciones insurgentes. Cuando los combates se hicieron demasiado intensos, esta familia decidió huir a Turquía. Ahmed y su mujer sobreviven junto a sus seis hijos en un cuarto de seis metros cuadrados en un edificio en ruinas detrás de la mezquita de Suleymaniya, en Estambul. El menor, Khaled, muestra una ostentosa cicatriz en la frente cerrada con grapas. “Le cayó un escombro”, cuenta su padre.

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Los Hassan son parte de los casi dos millones de sirios que han buscado seguridad en Turquía. Aunque este país se ha destacado por establecer unos campos de refugiados de máxima calidad, apenas puede acoger a unos pocos cientos de miles. El resto sobrevive como puede. “No hemos encontrado trabajo, ni en Gaziantep, donde vivíamos antes, ni aquí”, explica Ahmed. Por habitar ese hueco, el casero les cobra un alquiler de 300 liras (unos cien dólares), a todas luces abusivo.

“Hay muchos turcos que se aprovechan de la situación de los sirios”, explica Sami, un joven traductor sirio que se dispone a viajar clandestinamente a Europa. Llevadas por la desesperación, muchas familias sirias están prostituyendo a sus hijas en este barrio. Y entre los grupos de solidaridad con estos refugiados se rumorea que se están dando casos de compra de órganos.

Así, el único motivo por el que los Hassan continúan en Turquía es porque carecen del dinero necesario para el pasaje a Europa. El viaje es caro: alrededor de dos mil euros tan solo para la primera parte, el viaje en patera hasta Grecia. Pero si se tiene el dinero, encontrar a quien pueda organizarlo no es difícil. “Todos los sirios conocen a alguien que tiene un contacto. La cadena es muy larga”, afirma Sami.

“El contacto se hace por teléfono”, explica. Para evitar los numerosos fraudes, la comunidad siria ha establecido lo que llaman ‘oficinas de garantía’: en lugar de pagar directamente a los traficantes, lo depositan en uno de estos lugares. “Pagas allí, y una vez has llegado, llamas para decirlo, y entonces se lo dan al contrabandista”, dice Sami. “Conozco mucha gente que lo ha hecho. El mes pasado, quince conocidos míos”, asegura.

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El viaje no está exento de riesgos, como muestra la imagen del pequeño Aylan Kurdi, un niño de tres años ahogado esta semana junto a su madre y a su hermano frente a las costas de Bodrum, cuando trataban de llegar a la isla griega de Kos. Eso no impide que miles de sirios se estén echando al mar durante los últimos meses.

En parte, esto se debe al cambio de actitud de las autoridades griegas. Si hasta hace poco los refugiados que alcanzaban las islas más cercanas a la costa turca, como Kos o Mitilene, eran recibidos con abierta hostilidad e incluso agresiones, ahora se les proporciona un permiso de viaje de tres días, con el que pueden llegar hasta Atenas, desde prosiguen su viaje hacia el norte. Al principio, a pie, cruzando Macedonia y Serbia hasta la frontera húngara. Ahora, en tren o coche.

La noticia de que era posible no solo llegar a Grecia "un país en bancarrota, que ya no ofrece muchos atractivos a los migrantes-, sino también a otros países europeos, corrió como la pólvora entre los refugiados: sirios, afganos, paquistaníes, iraníes… Cientos de miles se pusieron en camino. Desde enero, más de 350,000 personas han sido interceptadas o detectadas en las fronteras de la Unión Europea, en Grecia, Italia y Hungría.  Se cree que más de cien mil han logrado entrar sin dejar rastro. Y también ha habido numerosas víctimas: más de 2,600 personas se han ahogado en las aguas del Mediterráneo en 2015.

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Pero los motivos para emprender el viaje siguen ahí. “Nos fuimos de Aleppo porque allí ya no se puede vivir. Cuando mis hijos van a la escuela, no sé si volverán vivos o no”, nos dice Khaled Al Amrani en la aldea macedonia de Tabanovtse, en la frontera con Serbia, que estos días es atravesada por tres mil migrantes cada jornada. Khaled viaja junto a su mujer y sus hijos, de 12 y 13 años. Trabajaba para una empresa europea y tiene dinero: aunque tuvieron que afrontar el inevitable viaje en patera a Grecia, el resto del viaje lo han hecho en avión, y, ahora, en tren. “Sinceramente, espero poder cruzar a Hungría”, dice.

El mes de agosto lo cambió todo. Las imágenes de decenas de refugiados siendo apaleados por la policía macedonia, criticadas en todo el mundo, llevaron al gobierno de aquel país a cambiar radicalmente su política, abriendo de par en par las mismas fronteras que hasta entonces intentaban bloquear. Lugares como Gevgelija y Tabanovtse, en Macedonia, Presevo, en Serbia, o Szeged, en Hungría, son ahora poco más que etapas olvidables en la ruta hacia Europa. Los migrantes y refugiados se concentran por cientos en las estaciones, en los campos de tránsito establecidos por las autoridades, pero solo el tiempo justo para descansar y continuar hacia el norte. Incluso Budapest, la capital húngara, es para ellos un lugar de paso. Muy pocos de estos refugiados quieren quedarse en la periferia europea. “Queremos ir a Alemania”, dicen todos cuando se les pregunta por su destino final.

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Alemania, de hecho, ha dicho que acogerá a 800,000 refugiados para finales de este año, casi todos sirios, a pesar de la regulación europea que establece que los demandantes de asilo deben quedarse en el país donde lo solicitan. Una norma insostenible para Grecia y Hungría, con los que Berlín, por una vez, parece dispuesta a solidarizarse. Pero algunos trenes que parten de Budapest son detenidos en la frontera austríaca. Los que han alcanzado Budapest no pueden continuar hacia el oeste, pero no dejan de producirse nuevas llegadas.

En la estación Keleti, la más importante de la capital húngara, cientos de personas permanecen acampadas a la espera de una oportunidad de proseguir su viaje. “Nosotros hasta compramos los billetes a Munich, pero ahora no nos dejan montar en el tren”, protesta Hamid, un afgano. Y mientras Europa decide qué hacer con quienes llaman a sus puertas, el número de los que se ponen en marcha no deja de crecer. “Tenemos que llegar, porque esto cada vez se va a poner más difícil”, nos dice Hassan Nouh, un ingeniero de Damasco. “Hay muchísimos más sirios en camino”.

En las últimas dos semanas, el autor de este artículo ha viajado por los principales lugares de la ruta que siguen los refugiados, como Estambul (Turquía), Skopje (Macedonia), Presevo (Serbia) y Budapest (Hungría).

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