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Diario de un éxodo hacia el sueño europeo: trenes, miedo y teléfonos celulares

Diario de un éxodo hacia el sueño europeo: trenes, miedo y teléfonos celulares

Los teléfonos, skype y mensajes de voz fueron clave en la odisea. Refugiados explican desde el terreno sus intentos para finalmente llegar a Europa.

Dos refugiados esperan en un tren en la localidad austriaca de Nickelsdo...
Dos refugiados esperan en un tren en la localidad austriaca de Nickelsdorf, en la frontera con Hungría.

Por Cristina Solias @cristina_solias, desde la frontera entre Austria y Hungría

Jueves 3 de septiembre, estación de Budapest: más de 2,000 refugiados malviven a la intemperie.

“¿Quieres agua?”, me ofrece Zaviullah. Es lo único que tiene, además de la ropa que lleva puesta.

Está sentado en una manta con dos amigos y su esposa, que intenta dormir a un bebé. Huyeron de Afganistán hace 32 días. Llevan a sus espaldas miles de millas por la ruta de los Balcanes: a pie, en vehículos clandestinos y hasta en lanchas neumáticas sobre el peligroso Mediterráneo.

Hace cuatro días que duermen en la plaza de la estación de Budapest, en Hungría, junto a miles de refugiados. Están exhaustos pero, sobre todo, desconcertados.

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“¿Por qué han cerrado la estación? ¿Por qué han cancelado los trenes? ¿Por qué han cerrado los baños del metro?”, preguntan incrédulos.

Hungría no quiere más refugiados. Desde principios de año han pasado por sus fronteras más de 150,000. Así que, a Zaviullah y a su grupo, no les queda otra que esperar al raso. Y, como ellos, muchos otros que vienen de Siria, Irak, Pakistán, Bangladesh, Irán.

Son pocos los que no buscan un enchufe disponible en esta plaza. Las unidades móviles de los periodistas, que cubren un éxodo sin precedentes en la región, se convierten en una esperanza:  quieren estar conectados con los que dejaron en el país y con los que van más avanzados en el camino.

Viernes 4 de septiembre: El tren de la vergüenza. 

De madrugada ha salido un único tren desde Budapest. Teóricamente va hacia la frontera con la Europa Occidental. Va abarrotado. Nadie quería quedarse en tierra.

Al llegar a Bikcse, una ciudad a 93 millas de la frontera (150 kilómetros), los retiene la policía. Los quiere llevar a un centro de refugiados. Pero nadie baja del tren.

Tienen entendido que nadie debe registrarlos hasta llegar al país donde van a pedir asilo. Para la gran mayoría, Alemania. Después de ocho horas, la policía los sigue esperando en el andén. Me los encuentro desesperados, sacando las cabezas como pueden por las ventanillas: 

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“¡No hay oxígeno! ¡Nos ahogamos!”, gritan desesperados. “No tenemos agua ni comida!”.

Un grupo de hombres se arma de valor e intenta escapar por las vías. La policía los descubre pronto. Echan a correr, pero uno de ellos tropieza, se golpea la cabeza contra las vías. Y muere.

Viernes 4 de septiembre, Budapest. Se acaba la paciencia en el maloliente campamento.

Ahmed me pregunta si le dejo cargar el móvil. El aparato ha sido la clave en este éxodo. Durante la travesía, se iban enviando notas de voz unos a otros para guiarse en las direcciones y con el GPS sorteaban ríos, fronteras y policías.

Se enciende la pantalla y logra hablar con su madre, que sigue en Siria. El chico le promete que va a llegar a Alemania, donde tiene unos primos.

Ahmed y la mayoría de refugiados sirios han sobrevivido durante cinco años bajo asedios y bombardeos. Aquí, rodeada por ellos, parece imposible que la inacción política y el desacuerdo entre países europeos vaya a detenerlos.

Si no hay trenes, llegarán andando a la frontera con Austria.

Y así es. Más de 3,000 personas echan a andar. Una sólida columna que avanza a paso ligero con un solo lema en la cabeza: un grito de SOS a Alemania. Hay mujeres con niños en brazos, ancianos que avanzan en silla de ruedas, hermanos que cargan a un tullido. Y no se cansan. Cuando cae la noche, llevan más 20 millas más (30km) a sus espaldas. 

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Sábado 5 de septiembre: Hungría abre las fronteras.

Las impactantes imágenes de los miles de refugiados pero, sobre todo, la foto de Aylan, el niño muerto que arrastró la marea hasta una playa turca, levanta teléfonos entre la diplomacia europea y obliga a Hungría a abrirles paso hacia Austria.

Con autobuses urbanos, este país de la Europa oriental transporta a miles de refugiados y los deja a pocos kilómetros de la frontera. También reanuda la marcha de algunos trenes.

Me subo en uno de ellos en Budapest. En la siguiente parada, Mahmud entra en mi compartimento. Ronda los setenta. Es un empresario sirio, de Alepo, que perdió su fábrica textil en un bombardeo, con toda su familia. Viajan doce, entre hombres, mujeres y niños.

Me pregunta si les hago sitio en el vagón y, una vez medianamente acomodado, me explica con signos y alguna palabra en inglés que son gente de estudios. Él, de finanzas; su hija es ingeniera; su otra hija, abogada. Y señala a los tres niños.

“Ellos hace más de 3 años que no van al colegio. ¡Tienen que estudiar!”. Muchos de los refugiados son de clase media. Han necesitado, como mínimo, 2,000 euros (1,800 dólares) para financiar este viaje. Los pobres continúan atrapados en la guerra.

Sábado 5 de septiembre: la llegada a Austria.

El tren y los autobuses húngaros los dejan cerca de la frontera. Todavía tienen que andar a pie unos kilómetros hasta llegar a Nickelsdorf, el primer pueblo austriaco.

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Miles de refugiados andan por las vías del tren, en fila india, tapados con mantas, y cargando bultos tres veces más grandes que ellos. Pero las ganas de dejar atrás Hungría los empujan. Sienten que el fin del viaje se acerca, y aligeran el paso.

No hay aduana; un simple control policial. Cruzan. Oyen aplausos de voluntarios. Están en Austria.

Los recogen autobuses que los llevan a un espacio de acogida. Se dibujan grandes sonrisas cuando escuchan que, a su llegada, un voluntario les da la bienvenida en árabe por un megáfono y les anuncia que en pocas horas les fletarán trenes hacia Alemania. Y todo el campamento los recibe con aplausos. Como los auténticos héroes que son.

“¡Hamdullillah!”, gritan los refugiados. ¡Gracias a Dios!

Les dan ropa para cambiarse, comida caliente, y hasta les curan las llagas y heridas de tanta andadura. “¡Esto sí es Europa, estoy muy feliz!”, grita Sulaya, una kurda de 24 años, alzando las manos al cielo.

Lo han conseguido. Después de la euforia, muchos se acuerdan de los que no lo consiguieron. Lina, una siria que viaja con su hija de 5 años, llora sin parar en un rincón. Dice que sus sentimientos son una montaña rusa. Está contenta de haber llegado, pero no llegó a tiempo su marido, que murió hace pocos meses en la guerra. 

O Mohammed, otro iraquí de veintitantos, que cuando alcanza wifi en el café de Nickelsdorf, a pocos metros del centro de acogida, consigue hablar por Skype con su madre, que está en Bagdad.

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En cuanto la ve en la pantalla, se derrumba entre lágrimas. Yo estoy en la mesa de al lado. Minutos antes, me pidió el cargador del celular -como tantos otros en este viaje-  y me preguntó si sabía la contraseña del wifi.

En cuanto le veo de reojo no puedo evitar abrazarlo, y emocionarme con él. Lo ha conseguido, lo han conseguido. Bienvenidos a Europa.

Domingo 6 de septiembre: el después del éxodo.

Los primeros centenares de refugiados han llegado a Alemania en los últimos dos días. Les espera allí un tsunami burocrático.

Con internet, las imágenes ya han llegado a Siria, Irak y el resto de países de Oriente Medio. Y muchos ya piensan en hacer las maletas y partir hacia Europa antes de que sea demasiado tarde.

Es el éxodo más importante desde la Segunda Guerra Mundial. Pero con teléfonos celulares.

Lea también: Refugiado sirio: “En mi familia éramos veinte. La mayoría han muerto”

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