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Medina, castrado natural

Medina, castrado natural

Javier Medina, de 37 años, mantiene una voz similar a la de un niño, comparable a la de los antiguos castrati.

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La leucemia le cambió la vida

"Soy Javier Medina. Tengo voz de mujer, pero soy un hombre".

Esta explicación dada por teléfono a un interlocutor confuso la ha tenido que repetir Javier Medina, un mexicano de 37 años, innumerables veces durante toda su vida. Pero no le molesta, sabe que su voz es única y ha sabido combinarla con su afición a la música para convertirse en uno de los poquísimos "hombres-soprano" del mundo, alcanzando tonos tan agudos como los de una mujer y permitiéndole cantar óperas escritas para los famosos castrati de épocas pasadas.Javier Medina Ávila nació en 1970 en Xochimilco, México D.F. Cuando tenía seis años le fue diagnosticada una leucemia que le tuvo a tratamiento hasta los 12 años.

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"Debido al tratamiento contra la leucemia, mi cuerpo, en vez de estar como el del resto de los muchachos preocupado en desarrollarse, estaba preocupado en la cura", recuerda.

Medina tuvo una deficiencia hormonal que achaca al desconocimiento que sobre el cáncer había en México en los años 70, cuando se creía erróneamente que era una enfermedad viral y se trataba con medicamentos a prueba."Muchos compañeros míos de enfermedad y yo mismo fuimos experimentales", asegura Medina.

Una madurez física que no llegabaAquellos seis años de tratamiento contra la leucemia, durante los cuales Medina debería haber experimentado los primeros cambios de la pubertad, impidieron su desarrollo sexual.

La falta de testosterona llevó a una sobreexcitación de su hormona de crecimiento, hasta el punto de que Medina hoy tiene que seguir tomando calcio, como si fuera un niño, y solo hace un año se le terminó de cerrar la silla turca, los huesos que rodean la hipófisis y marcan, cuando se cierran, el final del crecimiento.

La envergadura de sus brazos abiertos es mayor que su altura, un "rasgo eunucoide", explica Medina, que asegura que él es el más alto de toda su familia.

"Hasta hace un año tenía que bajarle la valenciana –la basta- a mis pantalones, porque yo seguía crece y crece y crece", comenta.Por otro lado, desde el comienzo de la leucemia comenzó a perder la vista por una miopía astigmática, que años tras año iba a más, hasta el punto de que a los 25 años su campo de visión no alcanzaba más de dos centímetros –menos de una pulgada- y tenía que llevar gafas y lentes de contacto al mismo tiempo. Una operación, que su seguro médico no quiso pagar por considerarla "estética", le devolvió entonces una visión normal.

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Dura adolescencia

Pese a la enfermedad, Medina asegura no haber tenido una niñez traumática, en la que era acólito en Xochimilco. Pero los problemas comenzaron en la adolescencia, cuando sus compañeros cambiaron la voz y ganaban apariencia de adultos, mientras él no lo hacía. Poco a poco, durante la secundaria y la preparatoria, se fue volviendo cada vez más retraído. No tenía amigos entre sus compañeros y se refugió en la lectura y en la música. Formaba parte del coro de la escuela, en el que era el único varón entre mujeres y donde le llamaban "el de la voz bonita". Sus profesores pensaban que simplemente estaba tardando más de la cuenta en cambiar su voz. Pero cuando trató de entrar en la orquesta de la escuela en el segundo año de preparatoria, le apartaron. "El director no vio correcto que yo cantase con los chicos del coro, previendo cualquier tipo de maltrato", comenta de aquel momento, "duro y pesado". "Es mucho más fácil satanizar que entender. Lo que es diferente o ajeno a uno, primero se niega", añade.

Una voz que no cambió

"Mi laringe no se desarrolló por completo como la de un adulto. Tengo el tamaño de cuerdas casi mediano y la posición de la laringe es muy alta respecto a la posición de los hombres normales. Mi nuez o manzana de Adán tiene otra inclinación que no es la general en todos los hombres. Debido a ello sigo teniendo la voz muy aguda", explica.En los hombres, durante el paso de niño a adulto, la frecuencia de voz desciende una octava –doce semitonos-. Pero Medina calcula que en su caso solo lo hizo una cuarta o una tercera. Su voz es más parecida a la de un niño o a la de una mujer."Cuando llamo por teléfono siempre me preguntan si soy yo quien soy o que si soy mi secretaria y que si les puedo pasar a mi persona", comenta entre risas.

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Otra vez que cantaba en un coro, una mujer le dijo a una compañera refiriéndose a él: "Pobrecita muchacha, tan fea, tan gorda y lesbiana", recuerda Medina.

Amor por la músicaEl maestro del coro de la secundaria le dijo que quizá él era un "contratenor natural", un término que Medina escuchaba entonces por primera vez. El maestro le animó a que tratara de ingresar en la escuela de canto de la UNAM (Universidad Autónoma de México).

Por entonces Medina planeaba ser sacerdote. Pero en la iglesia le rechazaron por su voz, "por miedo a la homosexualidad o a la pederastia", explica. Se volvió, según sus mismas palabras, "un comecuras".En el amor a la música -heredada de su madre, que cantaba en todo momento en la casa mientras hacía las tareas del hogar- encontró una salida y una motivación, pero el camino tampoco fue fácil. En la Escuela Nacional de Música de la UNAM no sabían qué hacer con Medina, no encajaba en ningún patrón de voz.

"Ni soy mujer, ni tengo la laringe de un hombre, ni tengo las sensaciones que tiene un niño", explica.

Allí le mandaron a hacer análisis foniátricos y endocrinos y le diagnosticaron que tenía una "laringe infantil no descendida". Pero esos casi tres años en la UNAM no fueron provechosos musicalmente.

No fue hasta que ingresó a los 20 años como suplente en el grupo Ars Nova cuando realmente comenzó a encontrar su sitio en la música. Allí sustituía a la soprano del grupo y compartía escena con el contratenor Mario Iván Martínez. Viajó por toda Europa y Estados Unidos, y aprovechaba para tomar clases de canto siempre que podía.

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La directora del grupo, Magda Zalles, comenzó a guiarle y explicarle qué podía hacer con su curiosa voz. En México conoció al maestro Manuel Peña, quien le explicó que él tenía que trabajar "no como una mujer, no como un niño, sino como un tenor que canta la octava alta".

Con las cosas más claras, volvió a la Escuela Nacional de Música los tres últimos años, para terminar graduándose el pasado febrero de 2007. Ahora está terminando su tesis de graduación, un libro de cuatro volúmenes alrededor de la música que se escribía para los castrados.

La voz de los castrados

"Yo tengo una laringe híbrida como la que llegaron a desarrollar algunos castrados", comenta Medina.Castrado era aquel al que, tras demostrar una buena disposición para el canto de muy niño, se le extirpaban los testículos para que su voz no cambiara durante la pubertad.

Los castrados –castrati, en italiano- fueron las grandes estrellas en el panorama musical de los siglos XVII y XVIII. Su voz aunaba la belleza de la voz blanca de un niño o la agudeza de la de una mujer con la fuerza y volumen que emitían sus cuerpos de hombre.

Algunas familias –normalmente muy pobres- enviaban a castrar a alguno de sus hijos como una posibilidad de darles una carrera prometedora en la música que compensase la mutilación sufrida.

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"Nada más bastaba con que el maestro de capilla dijera: ´Tiene buena voz´, para que fuera sinónimo de ´cástrenlo´", apunta Medina.

Para Medina, la capacidad vocal de los castrados permitió la evolución de la música clásica a partir del s. XVIII. Obras de virtuosismo de Mozart o Rossini fueron compuestas con la tradición de los castrados en mente, comenta Medina.

Personalmente, hallar esa música fue "el día y la noche" para Medina.

"Encontré partituras específicamente escritas para castrado, que de pronto encajaban en mi voz maravillosamente bien y eran facilísimas de cantar", explica.

Monstruos y prodigiosEl interés de Medina por la música y la historia de los castrados, junto a la curiosidad que su voz despertaba entre el público cuando actuaba con el grupo Ars Nova, fructificó en una ópera escrita por Jorge Kuri y dirigida por Claudio Valdés Kuri: Monstruos y prodigios, la historia de los castrati, en la que Medina realizó su primer papel representando a un castrado.

La obra se estrenó en España en 1999 con gran éxito y fue invitada a varios festivales internacionales. Medina encontró la horma de su zapato: una música y un papel que se adaptaban perfectamente a su voz y a sus intereses. A raíz de su éxito logró un lugar en el musical Chicago representado en Ciudad de México.

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Desde 2001 a 2006 Monstruos y prodigios no se representó mientras Medina actuaba en Chicago y luego terminaba sus estudios musicales. Pero el año pasado se retomó y llegó a representarse en julio de 2007 tres veces en el Lincoln Center de Nueva York.

Ahora Medina quiere seguir creciendo musicalmente estudiando una maestría y grabando un disco, un sueño que aún no ha podido cumplir.

Mientras, continuará riéndose de que le confundan por la calle, como le ocurrió en Miami hace pocos días: "Compré una corbata y el señor de la corbatería me preguntó si era para mi esposo, porque pensó que era mujer".

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