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Padres de los estudiantes desaparecidos en Iguala escuchan a familiares de otras víctimas de violencia.

Familiares de otras víctimas advierten a los papás de Ayotzi el duro camino que les espera

Familiares de otras víctimas advierten a los papás de Ayotzi el duro camino que les espera

Familiares de otras víctimas contaron sus experiencias y el arduo camino que les tocó recorrer buscando justicia.

Padres de los estudiantes desaparecidos en Iguala escuchan a familiares...
Padres de los estudiantes desaparecidos en Iguala escuchan a familiares de otras víctimas de violencia.

Por María Arce, enviada especial a Guerrero

“¿Y su hijo en qué andaba? Confiese”. “Usted sabe dónde está su hijo”. “Espere 72 horas para hacer la denuncia”. “Seguro se fue con su amante”. Esas frases y muchas otras son las que tienen que escuchar los familiares de víctimas de la violencia en México. “Nos investigan. Nos tratan de locos”, dice Graciela Ledesma Narváez. Sabe de lo que habla. Hace 8 años batalla contra las autoridades de su país para ver tras las rejas al asesino de su hermano, el abogado Carlos Ledesma, asesinado el 22 de diciembre del 2006. “Es un camino solitario y de resistencia”, les advirtió a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, en el Estado de Guerrero, tras una brutal represión de policías municipales el 26 de septiembre pasado. “Lo que ha sucedido aquí, sucede en todo el país”, les dijo.

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Casi tres semanas después de que los alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa desaparecieran, Graciela y otros miembros del Comité de Amigos y Familiares de Secuestrados, Desaparecidos y Asesinados en Guerrero, visitaron a los padres de los jóvenes para advertirles el arduo camino que les espera.

“Han pasado dos gobernadores, cinco procuradores, dos fiscales especiales, muchos grupos tácticos diferentes y nos hemos dado cuenta de que es una constante esta situación: investigar a la propia familia como si nosotros hubiéramos sido parte del homicidio”, cuenta Graciela a UnivisionNoticias.com.

El camino por lograr que los culpables sean castigados es un laberinto de impunidad, negligencia y abandono por parte de las autoridades mexicanas. Al menos, eso es lo que aseguran familiares de víctimas de la violencia y el narcotráfico.

Los miembros del Comité se reunieron con los padres en la cancha de básquet de la escuela. Allí, y sentados en un semicírculo de sillas blancas de plástico, los familiares escucharon consternados a los que ya han pasado por lo mismo. El altar que levantaron en el medio de la cancha volvió a ser testigo. Esta vez, del dolor que viene.   

Graciela, Ma. de Jesús Cisneros y Bladina Diéguez dieron sus testimonios y contaron detalles del martirio que les ha tocado vivir tras la muerte o desaparición de un familiar.

Periodista de profesión, Graciela se enteró de la muerte de Carlos por un periódico vespertino. Su tío llegó desesperado a su casa a mostrarle la foto que acababa de ver en el diario: su hermano en un charco de sangre. “Es totalmente desgarrador”, dijo a UnivisionNoticias.com.

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“Yo sé leer, escribir y hablar y me quedé muda. Las personas que no saben escribir y no tienen facilidad de palabra sufren mucho más que nosotros porque nadie les hace caso. Nosotros tuvimos que darle dinero al Ministerio Público para que levantara la denuncia porque era 22 de diciembre y no había personal. Tuvimos que pagar para que hicieran su trabajo y pudiéramos recuperar el cuerpo de mi hermano. Muchas familias han tenido que dar dinero para que hagan la investigación. Los (funcionarios) ministeriales te dicen que no tienen gasolina, que no pueden trabajar porque no tienen tarjeta para sus teléfonos”, cuenta Graciela.

“Te vuelven a preguntar una y mil veces las mismas cosas. Pides ver el expediente y no te lo permiten. No te dan copia porque dicen que no tienen tinta, que no tienen hojas, te hacen perder muchas horas esperando para que te desgastes, para que ya no sigas investigando, para que no sigas buscando y encima de eso te investigan a ti y te quieren echar la culpa y hacer confesar si había una amante. Todos fueron asesinados por sus amantes, todos tenían una amistad malosa y por eso los matan”, dice con ironía.

“Encima de todo el estigma social que sufrimos porque todo mundo nos ve mal, nos dicen: Por algo mataron a tu hermano, por algo desaparecieron a tu sobrino”, se queja Graciela.

Los padres y madres de los 43 desaparecidos escucharon en silencio, inmóviles, como si estuvieran viendo una película de terror.

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“Alargan el tiempo, montan escenarios, tenemos integrantes del comité a los que les han entregado huesos y luego se lo han vuelto a pedir porque no eran de sus familiares. Cosas tan obvias como querer darte un cuerpo de mujer cuando estás buscando a un hombre”, explica Graciela y pide a los padres estar alertas y pendientes de los detalles.  

“El gobierno apunta a que la gente ya no tenga fuerza, se quede sola y diga y a no puedo seguir buscando porque hasta mi familia mi abandonó”, revela Graciela que sabe lo que es ir de un lugar a otro viendo cadáveres y “oliendo muerte”.

“Es un camino muy solo. Un camino donde te critican con gran facilidad, en donde te etiquetan, en el que se desintegra la familia, en donde te enfermas y no entiendes por qué”, advirtió Graciela y les pidió a los padres que se mantengan unidos.

“Todos los que tenemos familiares desaparecidos, secuestrados y asesinados tenemos que unirnos porque no puede permitirse que nadie más viva esto. Nadie está vacunado contra la violencia y sabemos que puede volver a pasar. Y si ahorita pensamos que no nos va a ocurrir, manténganse alerta porque no es cierto. Cualquier persona, haga lo que haga, está expuesta a que se lleven, secuestren, desaparezcan o asesinen a un familiar”, asegura.

El sendero de Bladina

Bladina Diéguez coincide. Ella lo vivió en carne propia. Desde el 22 de junio de 2012 busca a su marido, Longino Vicente Morales, un estudiante de abogacía y activista de los derechos de los aborígenes. Tenía 25 años cuando desapareció. Su única hija, un año y tres meses. “Cada vez que hablo con su mamá me pregunta por su hijo y yo ya no sé qué responderle”, contó Bladina a los padres de Ayotzi. “Mi hija es más fuerte que yo porque me dice que su papá va a volver, que va a jugar con ella y que la va a llevar a comer tacos”, compartió en la escuela.

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En febrero pasado encontraron la ropa de su esposo junto a restos humanos al costado de un puente en Guerrero. En mayo, le prometieron que iban a tener listos los resultados de ADN. Y pasó más de la mitad de octubre y aún espera que los forenses le digan si se trata o no de su marido.

“Mantengan la esperanza. Yo llevo dos años y cuatro meses manteniendo la esperanza de encontrarlo vivo”, dijo Bladina con una fortaleza que solo pueden tener los que se aferran a la vida.

“Ocho comandantes han llevado el caso. Llegó el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto. Me cargaban de aquí para allá preguntándome qué sabía de mi esposo. Ellos me sacaban información cuando eran ellos los que se suponía estaban investigando”, recuerda. “Lo hacen con el afán de que uno se desanime. Señora estamos investigando es la frase típica, señora no se preocupe pronto le daremos resultados”. Los resultados llevan cinco meses de retraso.   

“Vine a brindarles mi solidaridad, a decirles que comprendo el dolor que están viviendo. Aquí hay padres, también esposas, hermanos y solo una persona que vive la misma situación puede apreciar el dolor que los está embargando y yo soy una de ellas”, dice Bladina.

En el rostro de los padres de Ayotzinapa, Bladina volvió a ver el rostro de sus suegros: “Su cara de desolación, su rostro de angustia. Así como estos muchachos tienen el sueño de ser maestros, Longino tiene se sueño de ser abogado y se le cortaron”.

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Bladina rescató la “hermandad que se respira en este movimiento” de estudiantes y familiares y les pidió que se mantengan juntos. “Manténganse de pie. Esta lucha la vamos a ganar”, los animó.

“No solo en Guerrero se están solidarizando con su causa, sino en gran parte del mundo. Es la ventaja que ellos tienen. No se sientan solos que gran parte del mundo está con ellos y va a estar hasta los últimos resultados”, promete y asegura que seguirá buscando a su esposo: “Tengo un compromiso moral con él y con mi hija. Quiero que mi hija sepa que pasó con su papá y vamos a seguir insistiendo en esta lucha”.

El viacrucis de Ma. de Jesús

Es la misma promesa que ha hecho Ma. de Jesús Cisneros por su hijo Ludwig, desaparecido el 23 de mayo de 2007. “Era estudiante de la escuela de derecho, un muchacho normal, alegre, iba a la disco, tenía amigos. Ese día fue a dejar un carro al (taller) eléctrico. Pasó el tiempo y no regresó. Pensé se había ido de parranda porque era el día del estudiante. Pero después descarté esa idea porque iba muy sucio con aceite del carro”, recuerda Ma. de Jesús, así con el María abreviado.

Esperó a su hijo hasta las 5 de la madrugada. A esa hora fue hasta un teléfono público a llamar a los amigos de Ludwig. Nadie sabía nada de él. “Desde esa fecha me eché a buscarlo, fui a los hospitales, a la procuraduría, a la policía a ver si lo tenían detenido. Fui a poner la denuncia y me dijeron que esperara 72 horas”, recuerda.

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Lo había visto irse de espalda, con su gorrita roja, el pantalón de mezclilla con muchos bolsillos, los botines negros y una camiseta blanca con la Virgen de Guadalupe. Hace siete años que Ma. de Jesús espera verlo regresar con esa misma ropa.

“Cuando empezó la violencia aquí yo le decía: Vete hijo de aquí, te voy a rentar un cuarto en México, en otro lugar, vete con tus tíos, con tus primos. Y él me decía: ¿Por qué me voy a ir? Yo soy de Chilpancingo. Yo no he hecho nada malo. Yo soy de aquí, yo soy feliz aquí”, cuenta. El amor por su tierra le costó la vida.   

“Me deprimo mucho al pensar que ya nunca lo voy a ver. Vine por las madres que están sufriendo igual que yo. Cuando las vi, volví a vivir todo aquel dolor”, confiesa Ma. de Jesús con los ojos llenos de lágrimas.

“Las autoridades te preguntan con quién andaba metido su hijo, por qué no aparece, con quien se llevaba, qué hizo”, advierte.

“A diario pienso en mi hijo, a diario le pido a Dios -si es que hay un Dios porque a veces dudo de que hay un Dios- Diosito por qué permites que haya tanta gente mala que haga tanto daño a personas inocentes, que no tienen nada que ver con el narcotráfico y los han matado. Dios no debería permitir eso”, piensa Ma. de Jesús y pide: “Una respuesta o que nos digan a donde están, que nos los entreguen aunque sea para saber dónde irles a llorar”.

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A los padres de Ayotzinapa les dejó el tramo más triste de su historia y un mensaje: “Uno aprende a vivir con el dolor de no saber nada de nuestros hijos. Tengan mucho ánimo, sigan adelante y aliméntese bien. Traten de dormir -porque no se puede dormir- para que resistan. Resistan, los padres no tenemos relevo”.

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