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Prostitutas de la tercera edad

El ocaso de las prostitutas

El ocaso de las prostitutas

Casa Xochiquetzal es el primer asilo en América Latina que recibe a trabajadoras sexuales de la tercera edad.

Prostitutas de la tercera edad
Prostitutas de la tercera edad

Experiencia única

CIUDAD DE MÉXICO – El cuerpo de Raquelita está cansado. Ya no es el mismo de antes. A sus 74 años cuenta que le es cada vez más difícil “trabajar”. Empezó en la prostitución a los 23 años, una época en la que era muy asediada. Todos los galanes la buscaban para echarse “"un rato".

Ahora ya no usa minifalda ni grandes escotes, pero sí lleva un suéter entallado. No deja de lado la coquetería y sus labios rosados no pierden la práctica para “hablarle bonito” a su cliente.

Para no perder el glamour lleva una peluca que tapa su blanca cabellera, aunque confiesa que tiene otra que le gusta más. Según dice, cada vez que la usa la llaman “Niurka”.

Raquelita vive en la Casa Xochiquetzal desde hace dos años. Este es el primer asilo en América Latina que recibe a trabajadoras sexuales de la tercera edad.

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“No hay otra experiencia de una casa hogar que sea destinada específicamente a mujeres trabajadoras sexuales adultas mayores. Es un proyecto tan innovador, que de países en Europa hemos recibido noticias de que quieren impulsar un proyecto parecido”, explica Cecilia Vega, vocera del Grupo Semillas, organización que sustenta el asilo.

La vida en las calles no es fácil y menos cuando se es una anciana que aún se dedica al sexo servicio. Eso inspiró esta casa hogar, que si bien no puede albergar a tantas mujeres como quisiera, pone su granito de arena al refugiar a 65 sexo servidoras.

El proyecto fue ideado por las propias meretrices y cuenta con el apoyo de la Sociedad Mexicana Proderechos de la Mujer (Semillas), la escritora Elena Poniatowska, la antropóloga Marta Lamas y la actriz Jesusa Rodríguez.

La calle te maltrata

Raquelita sabe que no aguanta igual y que no se ve igual; sin embargo no se desmoraliza y hasta se apura en sus labores para salir a prostituirse por las calles del centro de la Ciudad de México. No lo hace por malicia o morbo, sino por necesidad.

“La calle te maltrata. La gente es agresiva y a veces por poco dinero quieren que les hagas servicios especiales, pero no lo voy a hacer por un tostón”, explica la anciana de mejillas coloradas.

Pese a la rudeza con la que la ha tratado la vida, no pierde su característica sonrisa ni tampoco deja de lado ese sentido del humor que contagia a sus compañeras.

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Sus lagunas mentales le impiden hablar de corrido y contar las cosas con cierta ilación, pero cambiando de un tema a otro asegura que no se arrepiente de la vida que le ha tocado.

“Yo quería trabajar en algo para hacerme de mi terrenito, aunque sea una casita de cartón. Por eso me apuro con mi trabajo en la cocina y luego salgo un ratito a la calle para sacar un dinerito”, dice a Univision Online.

Marginación

Estas trabajadoras no tienen atención médica ni seguridad social; por su edad obtienen un pago mínimo por sus servicios y constantemente están en riesgo, además de ser objetos de extorsión.

Carmen Muñoz, su fundadora, entiende perfectamente cómo es la vida de estas mujeres, ya que vivió en carne propia el rechazo por ser una trabajadora sexual.

“Hay bastante marginación, los mismos hijos marginan muchísimo cuando se dan cuenta que la madre es trabajadora sexual. Se voltean, te dan la espalda. Mucha gente dice que hay muchos trabajos que se pueden hacer pero no cuando uno es ignorante, cuando no se tiene el estudio ni el apoyo”, asegura Muñoz.

Y es que todas las mujeres que llegan a la Casa Xochiquetzal han vivido bajo el abandono, no tienen familias y las que las tienen, viven bajo su rechazo.

“Lo más difícil es el rechazo de los hijos, su marginación. Pero tenemos dignidad ante los demás. A mí no me interesa lo que la gente diga porque he aprendido a ver las cosas de otra manera. A veces incluso exponemos nuestra vida con este trabajo, porque nos podemos enfrentar a psicópatas”, explica Carmen.

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Jornadas de placer

Ubicado en un edificio del centro histórico de la capital mexicana, esta vieja casona cubre las necesidades básicas de estas mujeres: tres alimentos y una cama limpia, además de terapias psicológicas para que puedan superar los traumas que les deja “la vida alegre”.

Criticadas por la mayoría de la sociedad, estas mujeres usaron sus cuerpos para salir de las frustraciones económicas. Y a pesar de su avanzada edad siguen trabajando.

Claro que debido a la imponente ley de mercado, a medida que aumentan las arrugas bajan las tarifas, y a pesar de su dignidad muchas se venden por un plato de comida. Sus cobros no van más allá de $7 por “un rato”.

“A las jovencitas les va mejor. Los clientes dicen: ‘Yo en lugar de pagarle a esa vieja, mejor le pago a una menor.’... van buscando alguna juventud y ahí se quedan”, comenta.

“A veces no hay nada, nos venimos sin un quinto para comprarte ropa interior. A veces ahí estamos y ni preguntan cuánto cobramos o lo que sabemos hacer…¡nada!. 

Aún así no se rinden y aunque Raquelita confiesa que ni ella ni sus compañeras están para los mismos trotes. La mayoría de ellas están enfermas y cansadas de venderse. No quieren más maltratos ni sentir el rechazo.

“Algunas personas nos gritan que si no nos da vergüenza porque ya estamos viejas. Pero ya no nos queda arrepentirnos de nuestra vida, además dicen que caldo de gallina vieja da mejor sazón”, bromea.

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Agredidas en casa

La discriminación no la viven sólo en su trabajo, sino hasta en la propia Casa Xochiquetzal.

“Los mismos comerciantes del lugar rechazaron el proyecto porque no es tan sencillo que la gente diga: ‘Mira una casa para trabajadoras sexuales’, sino que largan expresiones como: ‘Mira, es la casa de las viejitas putas’”, señala Cecilia Vega.

Pese a las inconformidades, el proyecto no dará marcha atrás. Para que una anciana ingrese a este albergue debe ser trabajadora sexual mayor, e incluso no es impedimento que aún se prostituyan.

“El asunto no es que tú les permitas hacer algo. Cada persona decide por si misma si ejerce o si continúa con el trabajo sexual o no. Nosotros buscamos que  puedan vivir en forma digna, envejecer dignamente, por eso está la casa”, explica Vega.

Una vida no tan alegre

Para Marta, sexo servidora de 74 años, la vida le jugó casi de la misma manera que a Raquelita. Ella también se dedicó al trabajo sexual por necesidad y por amor, aunque es un capítulo que ya no quisiera recordar.

Se casó a los 13 años con un hombre mayor que ella. Estaba perdidamente enamorada, pero jamás imagino el calvario que el futuro le tenía preparado.

“Después de un tiempo me empezó a golpear, me trataba como a un animal. Me explotó hasta que quiso. Si yo hubiera sabido todo lo que me iba a pasar…”, cuenta  Marta mientras llora.

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Los abusos de su esposo no fueron lo suficientemente fuertes para que la vida dejara de ensañarse con ella.

Hace dos años su nieta fue secuestrada y violada por un hombre que permanece libre. Por si fuera poco las autoridades se llevaron a la niña a una casa hogar y no les permiten verla.

“Lo hice por amor, yo no tuve libertad, siempre fui analfabeta, sin oportunidades…aunque yo sé que de alguna manera tienes que pagar lo que haces, pero le pido a Dios que me ayude a salir adelante”, concluye.

A pesar del dolor que las carcome día a día, Raquelita y Marta ponen su mejor cara para la vida que les tocó llevar y se sienten agradecidas de tener un cobijo en Casa Xochiquetzal.

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