'El narco no inventó violencia, sólo la usa como ritual'

'El narco no inventó violencia, sólo la usa como ritual'

Repetición de un ritual

MÉXICO - La violencia asociada con el crimen organizado no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de México, sino la repetición de una "forma ritual" de ejercicio del poder que existe desde hace siglos y está íntimamente ligada a los seres humanos, declaró el novelista mexicano Juan Pablo Villalobos.


El autor, quien presenta estos días en México su primera novela, "Fiesta en la madriguera" (Anagrama, 2010), criticó que los medios de comunicación presenten abiertamente esa brutalidad como si los delincuentes la hubieran "inventado" sin contextualizar lo suficiente los casos extremos, como decapitaciones o mutilaciones.

"En la novela no he intentado proponer soluciones ni ejercer juicios morales" sobre el narcotráfico, explica Villalobos (Guadalajara, 1973), quien ha elegido como protagonista de su libro a un niño que "no tiene todavía estas distinciones de dónde están los buenos y dónde los malos tan claras" y es hijo de un capo que vive oculto.

"Quizás lo que me interesaba del tema del 'narco', más allá de verlo como un problema, como una realidad social, era este aspecto cotidiano", explicó.

El pequeño Tochtli, conejo en lengua náhuatl, es un astuto observador de Yolcáut (serpiente de cascabel), su padre, y va descubriendo el mundo cerrado donde se desenvuelve su vida, una casa con sicarios como guardianes por la que pasan amantes, políticos y un curioso personaje, Mazatzin (venado), el profesor del menor.


"A mí el tema de la violencia me interesa como una manifestación del ejercicio del poder", explica Villalobos, para quien "la vertiente más brutal del mismo es precisamente "silenciar", "matar" o "decapitar" al rival o enemigo.

"Una cuestión que me interesaba mucho era colocar a la violencia del narcotráfico en torno a otras violencias de otras épocas y de otros entornos geográficos", señala Villalobos.

Así hay referencias a los códigos de honor de los samuráis japoneses, a las decapitaciones con guillotina de la Revolución Francesa y a la violencia de la Conquista española de México.

En un intento de humanizar


Este recurso ha servido como "una provocación para decir que tampoco los narcotraficantes inventaron esto de 'cortar las cabezas'", recuerda.

"Como especie tenemos una tradición terrible. Diría que nuestra tradición de decapitar y mutilar cuerpos es larguísima. A mí me interesa ver la violencia del narcotráfico como una manifestación de esta violencia, que muchas veces tiene formas rituales", asegura.

El novel autor lamenta el enfoque "muy amarillista" y "escandaloso" que se ha encontrado a menudo, viviendo en Barcelona desde 2003, en los medios de comunicación extranjeros, que a menudo proyectan una visión de su país reducida a la violencia.

"Para mí era importante (...) decir 'no nos escandalicemos'. Es terrible lo que está pasando, no estoy diciendo que no, pero hace sesenta años había Auschwitz, teníamos cámaras de gas en Europa, ¿no?. Hace doscientos años estábamos cortándoles las cabezas a los reyes (en Francia)", agrega.


El escritor considera que su novela no se debe entender como un intento por humanizar a los narcotraficantes sino más bien con el de romper con la "típica visión maniquea" de que ellos son "los malos", que "tienen que ser castigados" y "al final de la historia recibirán su merecido".

"Creo que la realidad no es así, el 90 por ciento se sale con la suya", señala el escritor.

El libro está dedicado a su hijo Mateo porque en él también se habla de la paternidad.

"No deja de ser una historia de iniciación de un niño" que "no es culpable de lo que es ni del entorno en el que vive y la historia lo que va a relatar es el proceso en el que el niño acaba de desenmascarar al padre", agrega.


Admirador de los escritores "excéntricos", aquellos a quienes no se sabe bien donde colocar en las antologías, Villalobos prepara una tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), en torno a la obra del mexicano Efraín Hernández (1913-1991), el ecuatoriano Pablo Palacio (1906-1947) y el chileno Juan Emar (1893-1964).

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