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Bertha Nava, en el funeral de su hijo Julio César, fallecido en la masacre de Iguala.

El dolor de Bertha, la mamá de uno de los seis jóvenes asesinados en Iguala

El dolor de Bertha, la mamá de uno de los seis jóvenes asesinados en Iguala

Bertha Nava perdió a Julio César en la masacre de Iguala. “Ni despedazándolos pagarán el daño que han hecho”, dice.

Bertha Nava, en el funeral de su hijo Julio César, fallecido en la masac...
Bertha Nava, en el funeral de su hijo Julio César, fallecido en la masacre de Iguala.

Por María Arce, enviada especial a Guerrero

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El celular sonó a las 11.44 de la noche. Era su hijo y Bertha atendió. No lo sabía en ese momento, pero iba a ser la última vez que hablara con él. Julio César Ramírez Nava murió junto a otras cinco personas en Iguala en medio de una brutal represión policial el 26 de septiembre pasado.

Dos semanas después, y tras batallar para reconocer y poder enterrar a su hijo, Bertha Nava Martínez sigue en la Escuela Normal de Ayotzinapa. Llega temprano y ayuda, junto a otros voluntarios, a servirles el desayuno a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos que dejó la masacre cometida por policías municipales.

Julio César acababa de comenzar a estudiar para maestro. Cuando le contó a Bertha que quería ir a Ayotzinapa, su mamá se entristeció porque ya no iba a ver a su hijo tan seguido. Nunca imaginó que el camino elegido por él los terminaría separando para siempre.

Ve hijo donde te sientas bien”, le dijo Bertha con el corazón apretado, hecho un pañuelito, pero con la certeza que era lo mejor para su hijo. Bertha es ama de casa y quería que sus cuatro hijos “tuvieran un estudio”, que aprendieran a “defenderse” y fueran su “orgullo”. Ella nunca pudo estudiar.

“Cuando me dijo que se iba para la Normal pensé: No le voy a ver despertar más en su camita. Ya no va almorzar más conmigo”, cuenta Bertha. “Quería hacer algo con su vida. Quería ir con los niños, en las comunidades lejanas, para enseñarles y que se puedan defender, darles consejos a los papás, ayudarlos”, dice su mamá. Los brazos cruzados en el pecho. La mirada puesta en el sol de la mañana.

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Bertha está sentada, como el resto de los padres de los desaparecidos, en una silla de plástico blanca, alineada con otras sobre uno de los laterales de la cancha de básquet de la escuela. Allí, el 30 de septiembre pasado, velaron a su hijo. Cientos de personas lo despidieron con velas, flores y rezos. Los padres pasan horas y horas allí sentados esperando el milagro: “Quisiera que fuera una pesadilla. Despertarme y poder abrazar a mi muchacho”.  

Despidieron a una de las víctimas de Iguala

A Bertha no se le borra la peor de las imágenes. A ella le tocó ir a la morgue. Reconoció a Julio César por sus zapatos negros de cuero, remendados hace unas semanas, y el sweater negro con rayas rojas que le compró a 5 pesos mexicanos. “Tenía ganas de abrazarlo pero no me dejaron. No lo toque, me dijeron. Me quedaré con las ganas”, dice.

Ahí empezó el calvario de Bertha. “¿ Cómo voy a hacer para enterrar a mi hijo si no tengo para comer?”, les preguntó a las autoridades que no le decían cómo iban a ayudarla para despedir a su hijo.

“Cuando el pobre se muere uno anda limosneando. Venga mañana, venga mañana te dicen y te dan vueltas. El pobre nunca tiene derecho. Pero tenemos derecho. Nos duele como a todos. A los ricos no los tratan así. Es racismo por ser pobres”, reflexiona.  

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“¿Por qué esperan que se mueran nuestros muchachos para ayudarnos?”, pregunta Bertha. No hay respuesta.

Después de batallar entre las autoridades de Chilpancingo y Tixla, donde vive, a Bertha le dieron “la caja, la carroza y el traslado”. Julio César fue enterrado con todas las cosas que tenía en su “cubi” como llaman los estudiantes de Ayotzinapa al pequeño cuarto que comparten de a dos. “Tendría que haber agarrado un cuadernito aunque sea para ver qué escribía mi hijo”, se arrepiente.

Bertha recuerda a su hijo en la cancha de básquet, un deporte que practicaba. “También salía a correr y su único vicio era jugar al fútbol con sus amigos”.  Julio César tocaba la guitarra y la trompeta. “Quería tocar serenatas para las madres. Siempre estaba alegre y echándole ganas a la vida”, asegura su madre. Tenía 23 años.

Mamita chula, ¿qué haces? Cuídate mamita, me decía cada vez que me llamaba”, recuerda Bertha y agrega: “Para mí no está muerto, está dormido”.

Cuando Julio César no estaba en la escuela o cosechando elote en el campo, se escapaba a visitar a su mamá. Apoyado en el barandal verde de su casa esperaba que su madre le cocinara "verduras salteadas, caldo o frijolitos", sus comidas favoritas. Comía con sus hermanos Dalia, Ariel y Eustorgio y siempre jugaba con su sobrina Yareni Guadalupe.

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Bertha no sabe cómo le contará a la chiquita lo que ha pasado: “Es un dolor insoportable. Lo único que nos alegra es la nieta que anda corriendo por ahí. ¿Va a venir tío Uyi? ¿Me va a comprar yogur y chicle?, me pregunta. Tiene 3 añitos. Tu tío Uyi te va a comprar, pero te lo voy a dar yo porque tu tío anda lejos, le digo”.  

El orgullo de Bertha por su hijo le brota por los poros: “Se quitaba el bocado de la boca para darles a sus compañeros”, dice y se lleva la mano a los labios.

“Sus compañeros me preguntan: ¿Quién nos va a traer galletas ahora? Yo les pido que la muerte de Julio César no sea en vano, que sigan estudiando por él. Les queda el recuerdo de Julio César. Vivan de eso”, pide Bertha.

“Era un muchachito callado, pero cuando tenían que apoyar a alguien, lo hacía sin pensar”, recuerda su madre. Eso fue lo que pasó el 26 de septiembre en Iguala. Los compañeros de Julio César habían llegado a esa ciudad para tomar dos buses que iban a usar para movilizarse por el Estado de Guerrero durante sus prácticas.

Policías municipales los siguieron, los emboscaron y los balearon. Los estudiantes se bajaron de los autobuses y corrieron por las calles de Iguala buscando refugio. Eran cerca de las 9 de la noche. Enseguida llamaron a los estudiantes que habían quedado en la escuela para que fueran a rescatarlos. Julio César era uno de ellos.

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Balearon a unos alumnos. Vine a apoyar a los muchachos. Estoy bien mamita, no te preocupes, me dijo. Me llamó a las 11.44”, recuerda Bertha. Una hora que no se le olvidará jamás. A Julio César lo mataron en un nuevo ataque de los policías después de las 12 de la noche.

Hacia 6 días que Bertha no lo veía. El domingo antes de la masacre, Julio César había llegado a la casa de su madre con una lista de elementos que necesitaba que le comprara: escoba, trapos y balde para usar en la escuela. Quedó en avisarle para cuando los precisaba. “Ya no se compraron las cosas”, dice Bertha que había pasado una semana sin comunicarse con su hijo porque no tenía dinero para cargar su celular o el del joven.

“Si lo mataron por esta escuela, yo tengo que apoyarla y apoyar a los demás papás. Me quitaron a mi hijo pero me dejaron muchos hijos que vienen a abrazarme”, cuenta Bertha y agrega: “Siento que mi hijo anda con sus compañeros”.  

El viernes 10 de octubre cuando se cumplieron 15 días de la masacre, Bertha y María "la abuela paterna de Julio César- le fueron a llevar flores al cementerio. La tierra de la tumba estaba hundida. “Cuando la tierra se hunde es que no le tocaba”, dijo la abuela.

“¿Por qué se ensañaron con nuestros hijos que no nadaban haciendo daño a nadie?”, pregunta Bertha. Tampoco hay respuesta.  

Bertha promete que seguirá en la escuela hasta que los 43 estudiantes aparezcan. “Hasta que no vea que se los entregan a los padres "vivos o muertos- no voy a descansar en paz”, dice y pide que los culpables de la masacre paguen por lo que han hecho: “Son unos asesinos. Unos cobardes. Ni en la cárcel, ni despedazándolos pagarán el daño que nos han hecho. No sé cómo, pero que paguen”.

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