Sobrevivientes de genocidio esperan justicia en Guatemala

Esperan justicia en Guatemala

Después de Efraín Ríos Montt

Pedro Caba oprime entre las manos su sombrero blanco y con el rostro alzado fija la mirada en el hombre que ocupa el banquillo de los acusados: el exdictador Efraín Ríos Montt, a quien considera culpable de la muerte de su padre, hace 31 años.


Pedro ha estado presente en los primeros días del juicio a Ríos Montt, acusado de genocidio contra poblaciones de la etnia maya Ixil, que inició el pasado martes.

La Agencia France Press apunta que para llegar a la capital, viajó unas diez horas y abordó tres autobuses desde el municipio de San Gaspar Chajul, en el Quiché, donde reside, en las montañas del oeste guatemalteco.

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Varios de sus vecinos acuden al juicio para testificar sobre las masacres cometidas por los soldados en esa localidad, entre 1982 y 1983, periodo que corresponde al gobierno de facto de Ríos Montt.


Dedicado a la siembra de maíz y frijol, Pedro cuenta que vive con su esposa y cinco hijos en una casita de madera y láminas de zinc en la aldea Ilom de San Gaspar Chajul, donde, en marzo de 1982, un grupo de soldados mató a 96 hombres, entre ellos a su padre y dos tíos.

"En la madrugada llegaron los soldados. Nos llevaron a todos a la plaza. Después de reunir a los pobladores, los militares separaron a los hombres mayores en la iglesia y a las mujeres en una casa que funcionaba como juzgado", relató a AFP el sobreviviente, quien en ese momento tenía unos 12 años.

Esa fue la última vez que vio con vida a su padre. Minutos después de que los soldados abrieron fuego contra el casi el centenar de hombres, Pedro tuvo que ayudar a preparar alimentos para los militares que sepultaron los cadáveres en una fosa común.

Los soldados quemaron las precarias viviendas de la aldea. Pedro y su familia buscaron refugio en comunidades cercanas "sólo con lo que llevaban puesto". Un tiempo después, su madre murió "a causa del miedo", asegura el campesino.


Treinta años después

Treinta años más tarde, el destino lo ubica en una gran sala donde la justicia determinará si el octogenario militar y su exoficial de inteligencia, José Rodríguez, son culpables o inocentes del delito de genocidio por la muerte de 1,771 indígenas ixiles.

"Sentimos que el viejo (Ríos Montt) se va a ir al bote (prisión). No es mentira lo que nos hicieron. Sentimos mucho dolor por lo que pasó", expresa Caba, convencido de que el exdictador será condenado.

Cerca de él se encuentra María Raymundo, de 41 años, quien hizo una travesía similar en autobús desde el municipio de Santa María Nebaj, en el mismo departamento indígena de Quiché.


Tímida, se tapa la boca con la mano mientras narra en idioma ixil aquella medianoche de marzo de 1982 cuando un escuadrón militar secuestró a su padre acusándolo de pertenecer a la insurgencia.

Pedro traduce sus palabras al castellano: "Los soldados sacaron a mi papá, yo quería morir con él" relata María, quien nunca más supo de su padre y sufre al pensar que los perros u otros animales se comieron el cuerpo.

Viuda y madre de cinco niños, también vive del cultivo de maíz en su comunidad enclavada en el altiplano occidental guatemalteco, donde el régimen se ensañó contra poblaciones indígenas por considerar que colaboraban con la guerrilla.

"Queremos que (Ríos Montt) pague con cárcel por lo que hizo. No es lo mismo que hicieron con nuestros padres, porque de una vez los mataron. Los familiares de él lo podrán ir a ver, pero yo no se dónde está mi papá", agregó.


El proceso será largo

El juicio por genocidio contra Ríos Montt se prolongará por unos dos meses, según estima el Tribunal Primero de Mayor Riesgo A, presidido por la jueza Jazmín Barrios, debido a la cantidad de testigos y peritos propuestos por la Fiscalía, los querellantes y la defensa.

Durante el proceso, se ventilarán documentos militares de la época que contienen planes de exterminar a los maya-ixiles por considerarlos "enemigos internos" durante el conflicto armado, según ha anunciado la parte acusadora.

Hasta ahora han declarado unos 40 indígenas sobrevivientes de las masacres ocurridas entre 1982 y 1983, uno de los periodos más sangrientos de la guerra civil (1960-1996) que dejó en Guatemala unos 200 mil muertos o desaparecidos, según el informe de una Comisión de la Verdad, de la ONU.


Los que se salvaron

Por otro lado, arropados por las selvas y montañas a las que huyeron para escapar de la represión militar, alimentándose de raíces y yerbas, y a veces durmiendo bajo las piedras, cientos de indígenas ixiles guatemaltecos se salvaron del genocidio por el que es juzgado el general José Efraín Ríos Montt.

"La montaña nos cubrió, nos protegió la madre naturaleza", relató ante el Tribunal A de Mayor Riesgo que preside la jueza Jazmín Barrios, Juan Raymundo, uno de los testigos de los bombardeos, matanzas y del desplazamiento que sufrió la etnia maya ixil en el departamento noroccidental de Quiché entre 1982-1983, informa por su parte la agencia Efe.

Raymundo, que en ese entonces tenía 16 años, recordó que el Ejército les borró de sus memorias la cultura, tradiciones y costumbres al haber asesinado a sus familiares adultos y quemado sus casas en la aldea Santa Marta.


Con voz fuerte y en castellano, éste sobreviviente aseguró que a su cuñado, Francisco López, lo mató el Ejército a tiros por haber presenciado cuando amarraron de pies y manos, torturaron y asesinaron a uno por uno, a 16 personas dentro de un inmueble.

Pedro Raymundo, su tío, murió después de que los soldados le destrozaron la cabeza a golpes con las armas que portaban.

A raíz de esa matanza, dijo el testigo, 125 familias del pueblo, entre ellos niños y ancianos, huyeron hacia las montañas cercanas sin nada porque el Ejército les mató los caballos, los perros y las gallinas, y cortaron sus cultivos agrícolas con los que se alimentaban.

"En la montaña murieron recién nacidos de hambre y de frío porque no había con qué protegernos del clima y la lluvia. Sólo nos tapábamos con hojas cuando las encontrábamos", relató.


Aseguró que su única alimentación fueron raíces y yerbas, porque los militares bombardeaban las selvas y montañas. En uno de esos ataques, el 25 de mayo de 1983, precisó, murió su padre Víctor Raymundo, cuyo cuerpo no ha podido rescatar.

"Fue un sufrimiento bastante grande. Hasta que me muera quizás termine mi dolor", manifestó Juan y se quebró en llanto.

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