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Juan Illanes no tiene trabajo fijo, vive de una pequeña pensión otorgada por el gobierno y de la ayuda que hace un año le dio el millonario y ex candidato presidencial chileno chileno Leonardo Farkas.

Los 33 mineros celebran un año rescatados sumidos en la pobreza

Los 33 mineros celebran un año rescatados sumidos en la pobreza

"Tengo mucho miedo de regresar allá abajo”, dijo Carlos Mamani, uno de los 33 trabajadores que permaneció 70 días a 700 metros bajo tierra en la mina San José, en Copiapó.

Juan Illanes no tiene trabajo fijo, vive de una pequeña pensión otorgada...
Juan Illanes no tiene trabajo fijo, vive de una pequeña pensión otorgada por el gobierno y de la ayuda que hace un año le dio el millonario y ex candidato presidencial chileno chileno Leonardo Farkas.

Se fugan datos del infierno de los primeros 17 días en las entrañas de la Tierra

"Tengo mucho miedo de regresar allá abajo", dijo Carlos Mamani, uno de los 33 trabajadores que permaneció 70 días a 700 metros bajo tierra en la mina San José, en Copiapó, ubicada unos 850 kilómetros al norte de Santiago, en el desierto de Atacama. "Tengo muchas pesadillas, malos sueños. No se saldrán de mi cabeza. Se quedaron ahí para siempre".

Mamani es el único extranjero de los 33. Nació en Bolivia, pero prefirió quedarse en Chile a pesar de las ofertas hechas por el presidente Evo morales, quien le prometió una casa y un trabajo en su país. "Él fue sincero. Yo tenía que tomar una decisión y decir dónde quería quedarme. Y me quedé en chile. Era lo más conveniente. Aquí iba a ver más oportunidades que en Bolivia".

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Los sueños duraron menos tiempo que la pesadilla. A comienzos de febrero la mayoría de los mineros fue dado de alta y expiraron las licencias médicas. También los sueldos. "Los 33 estamos en lo mismo, sin trabajo", se lamenta Mamani. "Algunos se mantienen dando charlas para motivar a la gente, y otros estamos esperando que vengan las oportunidades".

El último secreto

Los 33 miden las palabras cuando hablan con la prensa. Se toman su tiempo para responder, se detienen en mitad de un relato, toman aire, sonríen, nerviosos, y son delicados al momento se referirse a los primeros 17 días cuando nadie, excepto ellos, sabían que estaban.

Hace pocos días Samuel Ávalos confesó a periodistas de Televisión Nacional de Chile (TVN) y la BBC, que durante el encierro y cuando la falta de alimentos les impedía desplazarse con normalidad, pensó junto a sus compañeros comerse a "quien primero caía".

Mamani no quiso hablar del tema. "Cada uno sabe lo que tiene que decir", dijo. "No quisiera ni meterme con ellos (un grupo de siete entrevistados por TVN y BBC). Son sus temas y ellos saben lo que dicen. Pero cuando tenemos que salir juntos lo hacemos. Cada cierto tiempo nos reunimos".

Pese al dato confesado por Ávalos, lo vivido en los primeros 17 días en el interior de la mina sigue siendo un misterio, hasta que una sonda los descubrió en un estrecho refugio tallado en la roca.

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Código de silencio

La mina San José se derrumbó el 5 de agosto de 2010 pasado el mediodía. El día 22 en la punta de una de las sondas que perforaba el suelo en busca de sobrevivientes, los rescatistas hallaron una hoja de papel con una leyenda: "Estamos bien, en el refugio, los 33".

El mensaje lo escribió Mario Gómez, uno de los líderes del grupo. Su esposa, Lilian Ramírez, contó que hasta ahora "las cosas han salido bien, estamos más tranquilos. Mario no puede trabajar, está con licencia, está afectado. Hay 13 con licencia".

Reveló que a su esposo "se le vienen los recuerdos" y que se están "acostumbrando" a la situación que viven. "Pero nada es como antes".

A la pregunta sobre las relevaciones que hizo Ávalos a TVN y la BBC, Ramírez dijo que "todos saben que hasta los 12 o 15 días ellos ya no tenían nada que comer. La gente lo sabía. No creo que eso sea noticia. Todos lo sabían".

Tras una pausa, añadió: "Lo que pasa es que Mario no puede hablar nada de lo que pasó allá abajo".

Los secretos persisten a un año del rescate. Con excepción de Ávalos, el resto prefiere mantener bajo tierra la pesadilla de los primeros 17 días en el interior de la mina San José.

"Estamos trabajando un libro", adelantó Mamani. "Ahí estarán todas nuestras verdades".

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"El rescate sigue"

Trece de los 33 continúan con licencia médica. Están enfermos y reciben terapia psicológica para aprender a sobrellevar la pesadilla. Los demás también tienen malos sueños, como Mamani. Pero no tienen licencia; tampoco asegurado un sueldo.

"Nunca volverán a ser como eran antes de entrar a la mima", dijo el psicólogo Alberto Iturra, quien durante la primera fase del rescate estuvo a cargo de prepararlos para que resistieran, que no enloquecieran y tuvieran fuerzas para regresar a la superficie.

Oficialmente Iturra no trabaja con ninguno de los 13 mineros con licencia, "pero extraoficialmente estoy con el equipo que los atiende, ayudando en el proceso de reintegración a la vida normal", aseguró.

"Cuando los días fueron pasando, ellos se fueron adaptando a esa situación e hicieron un inventario de lo que tenían. Y se dijeron: 'Bueno, aquí vamos a sobrevivir'", explicó. Y añadió que los 33 tuvieron muchas variables que considerar en los primeros 17 días antes que los hallaran vivos, y que si se saca de contexto algunos de esos momentos, la experiencia de vida de los mineros puede tornarse en algo negativo.

"Ellos se fueron adaptando a distintos escenarios allá abajo. Y tomaron la decisión de vivir. Y vivieron", dijo. "Y todavía no hemos terminado el rescate, porque después de sacarlos entraron en juego otras variables e inconvenientes, como demandas, el manejo de la fama, la espera de mejores oportunidades, ofertas de trabajo, la falta de un trabajo fijo, el libro… Ahora están como dentro de un compás de espera".

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Viaje al infierno

Poco se sabe de los primeros 17 días. Iturra contó que las primeras horas fueron desastrosas. "Fue un viento terrible que pudo haberlos matado a todos", precisó. "Se conoce como el 'efecto pistón'. Los 33 sobrevivieron al primer impacto. El polvo duró casi cinco días. Permanecieron en la total oscuridad. Cuando por fin el polvo comenzó a asentarse, hicieron un primer inventario de lo que tenían" (agua, comida y herramientas).

"Hubo un poco de susto", confirmó Mamani. "Nadie sabia qué dimensión tenía el derrumbe. Así que yo pensé que iba a estar saliendo en dos días más. Y fue pasando el tiempo. Fue muy difícil para nosotros. No supimos nada durante 17 días".

Mamani guarda silencio. Da la impresión que la llamada telefónica se cortó. Pero no, ahí está, con la voz queda. "Sería lindo que la prensa hablara bien de nosotros. La prensa lo dice de otra manera (lo que vivieron en los primeros 17 días). Eso es lo que un poco me molesta. Nos tratan como un poco de farándula. Sabemos que somos personas públicas. Y cualquier error que nosotros cometamos sabemos que la prensa nos tratará de hundir. Pero es la historia de nuestras vidas y eso es lo que yo, en mi caso, es lo que quiero proyectar".

El rescate

Crisólogo Rojas, un pirquinero que colaboró en las tareas de rescate, conoce detalles de los primeros 17 días cuando nadie tenía confirmación que los 33 estaban vivos. "Los niños intentaron avanzar por la chimenea. Avanzaron tanto (en las primeras 24 horas después del derrumbe), unos 330 metros hacia la superficie, pero después no pudieron seguir avanzando porque no había escalera, no había nada de nada, se tuvieron que devolver".


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"Los niños adentro hicieron lo imposible por salir. Quemaron sacos con aceite y la gente (rescatistas) nunca puso aparatos alrededor del cerro (donde se ubica el yacimiento) para detectar si había señales de vida".

"Incluso ellos (los mineros) también hicieron pequeñas detonaciones para ver si las escuchábamos arriba. Tampoco las escuchamos nunca", precisó.


Miguel Fortt, un ingeniero de minas que vive en Copiapó y participó en las tareas de rescate, un día después del rescate aseguró que "eso fue mi primer error. Porque cuando yo subo, el sábado en la noche (cinco días después del derrumbe) y había un desorden y una animosidad del rescate tan grande, que no tuve la calma suficiente para hacer poner sensores dentro de la cavidad de la mina, en la superficie, poner observadores para poder determinar si había olor de géneros quemados, cosa que hicieron, de detonaciones, pequeñas cargas de explosivos para escucharlas a través de sensores con el simple oído. Ese fue el error que yo cometí para mi diagnóstico preliminar".

El primer colapso

"El accidente fue a las 2 de la tarde", dijo Rojas. "Pero las familias no supieron nada sino hasta como las 21 horas, cuando los dueños de la mina se dieron cuenta de la magnitud de lo que estaba pasando. Recién a esa hora empezaron a avisar".

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Carmen Baeza, esposa del minero Juan Illanes, relató que ella se enteró de la tragedia "después de las 20:00 horas". Dijo que era costumbre estar pendiente de la llegada de su cónyuge a casa, pero que el 5 de agosto "me quedé esperando", que recién en ese momento "nos avisaron del accidente ocurrido en la mina aquella tarde", siete horas más tarde.

Rojas dijo que al día siguiente, viernes, los familiares acudieron a la entrada de la mina ubicada unos 28 kilómetros de la ciudad de Copiapó. "Esa noche hizo mucho frío", recordó. "Había temperatura bajo cero. No teníamos carbón, no teníamos frazadas, no teníamos nada. Lo que teníamos era la desesperación por los niños (los mineros) que estaban abajo".

Habían transcurrido 30 horas y no había señales claras del comienzo de las operaciones para saber si los 33 estaban vivos. "En ese momento había que sacar la cara, porque las familias de los mineros son familias humildes que prácticamente tenían hasta vergüenza de levantar la mano y opinar", dijo Rojas. "Y como yo vergüenza no tengo, y como me di cuenta que había que pechar (encarar), comenzamos a presionar a los dueños y a las autoridades".


Según Fortt, las tareas de rescate se iniciaron formalmente unas 50 horas después del colapso de la mina.
 Y percibí que por la hora en que esto se produjo (las 14:00 horas), los trabajadores deberían estar en el refugio, a su hora de almuerzo".


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El primer intento

En los primeros dos días un equipo de rescate intentó bajar a las profundidades de la mina por una de las chimeneas de ventilación del yacimiento. "Pero colapsaron", dijo Rojas. "Se vinieron abajo y no hubo entonces por donde bajar a buscar a los mineros. Entonces se buscó la tentativa de entrar por la boca de la mina, por arriba, ir despejando el túnel e ir haciendo un poco más de ducto, de chimenea para llegar a ellos".


Indicó que cuando se llevaban a cabo estas tareas "se vino un mega bloque, una parte del cerro que bloqueó toda la entrada que había para ir a buscar a los niños. Es como si usted tiene un embudo y tira algo a la boca del embudo y no tiene por donde entrar".



Fortt dijo que a esa hora los primeros equipos que intentaron rescatar a los mineros estaban haciendo un diagnóstico "en el nivel 300 o 355 de la mina cuando vino el tercer y último derrumbe. Creo, estimo yo, que fue coadyuvado por unos sismos que vinieron que fueron de baja intensidad, pero eso tienen que haber ayudado a que el bloque, el mega bloque se asentara y ya se quedara quieto".



Pura experiencia

La certeza de si estaban vivos o muertos no existió durante los 17 días que siguieron al primer derrumbe.

"Dateándonos con los mineros antiguos, supimos que en la mina entraban corrientes de aire por unos chiflones (chimeneas) antiguos, por unos rasgos antiguos que estaban aterrados (semi tapados) con bolones (tapones de barro) grandes", dijo Rojas.

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"A la mina entraba aire. Así que nos quedamos tranquilos. Y decíamos: Oxigeno tienen, Agua, tienen. No es de primera calidad el agua, pero tienen agua".



Compañeros de trabajo de los 33 confirmaron que en el interior de la mina San José, sobre todo en el refugio y los alrededores, había toneles, tambores metálicos de 200 litros que se usaban como depósitos de agua.



"Eso permitió que empezáramos a ponernos un poco mas tranquilos, porque tenían oxígeno y tenían agua", subrayó Rojas. "Usted sabe que un ser puede aguantar un mes, un mes y medio con oxígeno y con agua. Tenían todos los medios abajo para hervir el agua y descontaminarla, un poco, y tenían algo de alimento".



"Pero pensamos nosotros que los iban a sacar a los tres o cuatro días, cinco días. Por ahí pensamos. Y resulta que se fue alargando. No le doy ni quisiera nunca volver a vivir la angustia que ese día, amigo, de no saber si estaban enterrados, de no saber si habían quedado aplastados", añadió el pirquinero.

"La libertad no es la misma"

Juan Illanes vive en Chillán, unos 1,200 kilómetros al sur de Copiapó. Dijo que ha hecho todo lo posible por "retomar" su vida, pero no lo ha conseguido. Habla del asedio periodístico, la fama, el ajetreo, las entrevistas, los viajes, la gente que lo saluda en la calle, invitaciones oficiales. "Todo esto fue tan grande, que te limita la vida. Ya la libertad no es la misma".

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Como el resto de sus compañeros, Illanes se toma tiempo para responder. Ahora tiene todo el tiempo del mundo. "Ya no pasas tan livianamente por la calle como antes. Más de alguien te reconoce y se acerca a conversar contigo. Todo esto me ha abierto la oportunidad de estar con ellos. Pero debes aprender a manejarlo".

Un nuevo silencio. "No tenemos estabilidad laboral. A contar del 23 de enero he estado sin licencia. He logrado administrar los pocos recursos y aportes que nos dio don Leonardo Farkas (un multimillonario chileno que regaló a cada uno de los mineros $10 mil), que fue fundamental en principio. Y otros aportes de medios (de prensa) cuando te invitan y celebras entrevistas de más de 30 minutos. Pero es frustrante, muy inquietante que no tengas trabajo".

Su esposa, Carmen, lo cuida como el mayor tesoro de su vida. Lo consiente, lo "regalonea" y, como el resto de las familias de los 33, no entiende cómo los mineros más famosos del planeta tengan que hacer malabares para sobrevivir en un mundo donde, cada día, la vida se vuelve un poco más cara.

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