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Diez minutos bastaron para que un grupo de uniformados brasileños tomaran el mayor bastión del narco en Río. (Imagen de Archivo).

Fuerza pública tumba las barreras del mayor bastión narco de Río

Fuerza pública tumba las barreras del mayor bastión narco de Río

Diez minutos bastaron para que un grupo de uniformados brasileños tomaran el mayor bastión del narco en Río.

Diez minutos bastaron para que un grupo de uniformados brasileños tomara...
Diez minutos bastaron para que un grupo de uniformados brasileños tomaran el mayor bastión del narco en Río. (Imagen de Archivo).

Como si fuera guerra entre países

Diez minutos bastaron para que un nutrido grupo de infantes de marina y de policías de elite del estado brasileño de Río de Janeiro atravesaran hoy las barricadas de fuego y piedras dejadas por los narcotraficantes que dominaban el complejo de favelas más peligroso de esta ciudad.

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Como si de la frontera de un país en guerra se tratara, una docena de tanques de la Marina y un contingente de más de 1,500 hombres armados con fusiles esperaron en la madrugada de este domingo la orden de invadir las favelas de una de las zonas de la ciudad más afectadas por el narcotráfico.

Poco antes del amanecer, los uniformes negros de los agentes del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) de la Policía Militarizada y los fusileros navales entraban arma en ristre en los oscuros y apretujados callejones de las barriadas de Manguinhos, Jacarezinho, Mandela y Varginha, convertidas en centros de distribución y consumo de drogas.

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Estas favelas vecinas en la zona norte de Río de Janeiro se convirtieron en reducto de la banda criminal Comando Vermelho (Comando Rojo) tras la ocupación hace dos años del Complexo do Alemao, un conjunto de barriadas próximo y que durante décadas fue el mayor fortín de esa organización.

Con el incesante sobrevuelo de los helicópteros que daban apoyo a la operación, los soldados del BOPE irrumpieron en un barrio donde los vecinos, a sabiendas de la llegada del contingente policial, se refugiaron en sus casas.

Calles desiertas, solo pobladas por algunos adictos al crac que paseaban sin rumbo, se iluminaban con las fogatas prendidas por los delincuentes para dificultar la entrada de las autoridades.

El abandono en que fue dejado por el Estado esta región en la que viven 71.000 personas dejó como resultado el paisaje grotesco que los tanques de las Fuerzas Armadas encontraron al levantarse el sol de este domingo.

Aceras anegadas por el barro y la basura, cerdos, buitres, gallos y perros salvajes eran los condimentos que, según pudo constatar Efe, formaban parte de esta zona de la ciudad castigada por la violencia y radicalmente distinta a la imagen idílica de playas turísticas que ofrece Río de Janeiro fuera de Brasil.

Casas destartaladas, paredes con grandes agujeros, techos de chapa caídos y paredes pintadas con mensajes contra la policía dibujaban el paisaje que los fusiles del BOPE iban encontrando.

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La fuerza militar y policial usada hoy no dejó lugar a resistencia por parte de los bandidos que hasta ahora marcaban su propia ley en estas favelas.

No hubo muertos ni heridos

La operación se saldó sin muertos ni heridos ya que no hubo enfrentamientos. Los pocos tiros que se escucharon al comienzo de la incursión fueron avisos que provenían de los vigilantes de los narcotraficantes para confirmar la llegada de la policía, anunciada hace tres días por el Gobierno.

Con la primera luz del día solo un pequeño bar se atrevió a abrir sus puertas para ofrecer un café a los pocos vecinos que osaban salir de sus casas.

"¡Qué se lleven a todos esos 'cracudos'!", pedía una mujer que no quiso identificarse en referencia a los adictos al crac que inundan la favela y las vías del tren aledañas a la villa.

Estas favelas carecen de infraestructuras públicas pese a estar enmarcadas por la Avenida Brasil, la Línea Amarilla y la Avenida Suburbana, tres de las principales vías de Río de Janeiro y que conducen a locales estratégicos como el centro y el aeropuerto internacional.

Tan solo cuando las patrullas que recorrían los pasadizos de la barriada comenzaron a retirarse hacia la entrada de la misma y cesaron los cacheos sistemáticos, los habitantes se atrevieron a salir de sus casas.

Entonces algunas tiendas comenzaron a abrir, con comerciantes curiosos por ver si toda la pirotecnia desplegada servirá para cambiar su vida a mejor.

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"Merecemos seguridad, tranquilidad y respeto", explicó Wilton Barbosa a Efe desde su repisa de la casa de ultramarinos que regenta.

Barbosa criticó las operaciones policiales que no discriminan entre los bandidos y los trabajadores honestos, pero aseguró tener esperanza en que esta "invasión" sirva para mejorar la calidad de vida de los vecinos.

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