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En guerra humanitaria en Haití

En guerra humanitaria en Haití

Poco a poco quizá Haití deje de parecer un lugar en guerra para volver a ser lo que parecía: un país arrasado por la tragedia.

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Desembarco de película

GRAND GOAVE, Haití - Este país no está en guerra, pero lo parece. Si alguien en coma hubiera despertado la mañana del jueves en la desembocadura del Río Gran Goave sin saber que tres semanas antes "la tierra se puso a bailar" -como dice la gente local-, habría pensado que un ejército los estaba invadiendo.Poco después de las 8 a.m. dos enormes LCACs -hovercrafts de asalto- volaban sobre los cantos rodados del lecho del río para, después de parar sus gigantes ventiladores, escupir unos 150 uniformes azules -de la marina de Estados Unidos- y verdes -marines-, media docena de vehículos humvees y varios palés de carga traídos del buque anfibio USS Bataan.

Mientras, desde la ribera se asomaban pequeños grupos de haitianos, en su mayoría menores, que se fijaban en las curiosas "armas" de sus 'invasores': palas, bidones plásticos de agua, neveras portátiles, barras de hierro... Sólo unos 20 vestidos de verde, en general más altos y fuertes, iban realmente armados -hasta los dientes-, y escoltaban al grupo grande camino del pueblo a través de los polvorientos meandros del río.Grand Goave es una población costera de 112 mil habitantes situada al oeste de Leogane, epicentro del terremoto. A las afueras de la ciudad, en la playa situada al otro lado del río, los marines han establecido un campamento desde donde controlan la zona, reciben apoyo por mar de los buques situados en la bahía y organizan misiones de ayuda médica, de salud pública y de construcción de refugios temporales para una población que, haya perdido o no sus casas, se niega a dormir bajo un techo sólido.

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"Ayer volvió a temblar en mitad de la noche -explica Deni Claude-. Mi mujer tiene miedo. No sé cuándo volveremos a nuestra casa".

Miedo a volver a casa

Claude, de 55 años, vive ahora con su esposa, tres hijos, dos hijas y un nieto en una tienda de campaña improvisada de menos de 10 metros cuadrados. Como no caben, el suele dormir fuera, al raso. Su casa, a pocas cuadras, está en pie, pero no ha vuelto a pasar una noche allí desde el 12 de enero.

Aquel día se "mudó" al césped de la misión cristiana para la que trabaja, Lifeline, que hoy se encuentra atestada con 450 tiendas de plásticos de todos los colores y cerca de tres mil personas llegadas a Grand Goave, incluso desde regiones cercanas, en busca de una promesa de comida y atención médica.

"Las tiendas están hechas de lo que encuentran. Los postes que sujetan los plásticos son ramas de árboles", explica Steve Rew, 51 años, piloto de United Airlines en Denver, mientras explica a un grupo de jóvenes haitianos dónde cavar un agujero para instalar una nueva letrina.

A menos de treinta metros una docena de niños juega al fútbol en una cancha de cemento mientras otro, en medio del partido, pinta las líneas rojas de la "zona" bajo la canasta para jugar al baloncesto.

Un poco más allá otro grupo de hombres construye unas simples casas de bloques de cemento y, al fondo de la finca de Lifeline, uniformes azules de la marina levantan pequeños "invernaderos" que servirán de nuevo refugio cuando llegue la temida temporada de lluvias a las familias que ahora se hacinan en el campo de tiendas.

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Oasis de plástico

La misión se ha convertido en el centro del pueblo, a tal punto que a su entrada, situada en el lateral de un cementerio, hay más de una docena de puestos callejeros de comida y de enchufes para recargar celulares.

Lifeline, pese a su campo de plásticos, es un oasis dentro de Grand Goave. El resto de la población no es más que una sucesión de casas semiderruidas, abandonadas por familias que, o bien se han desplazado a la misión o bien han montado su propio refugio en la calle, en la puerta de lo que antes era su propiedad.

Del primer grupo es Stephanie Vilme, 22 años, que ahora vive con su hijo de dos meses -Midi Johnny- y su hermano Jean Friz Vilme, de 10 años, en el campo de tiendas de Lifeline. Su casa se derrumbó y aún no se ha atrevido a volver por allí porque su padre murió en ella durante el terremoto y cree que todavía no han podido sacar su cuerpo de entre los escombros.

"No puedo hacer nada. No tengo dónde ir. Sólo puedo estar aquí", explica Vilme en un dificultoso inglés.

"Trataré de encontrar trabajo, voy a trabajar, trabajar, trabajar, y luego tener una casa. Eso si trabajo, porque es muy difícil encontrar trabajo en Haití", comenta.

Lucha contra el miedo

Probablemente la necesidad hará mejorar su inglés, y quizá Vilme encuentre trabajo en la propia Lifeline. Esta organización estadounidense creada por Gretchen DeVoe y su marido treinta años atrás emplea a 300 haitianos entre sus 14 diferentes localizaciones. Su objetivo, explica la enfermera DeVoe, es espiritual, pero quieren acercar a la población a Dios a través de sus servicios: 12 colegios donde estudian 10 mil niños, un programa de alimentación, albergues y ayuda médica general.

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Sin embargo, desde el terremoto, su función ha tenido que adaptarse, especialmente la clínica de su centro principal, el de Grand Goave, que pasó de tratar casos de diabetes, parásitos, desnutrición o malaria, a tener que convertir una sala en quirófano y encontrarse con casos de fracturas abiertas y otras urgencias.

La clínica se saturó, sobre todo a raíz de que los médicos haitianos abandonaron el hospital local por miedo a trabajar en un edificio que podría caerse en un nuevo terremoto. Ahora Lifeline es la única clínica de la zona y acuden pacientes incluso desde Puerto Príncipe, asegura DeVoe, "porque aquí saben que se les va a atender".

"La gente en Haití [antes del terremoto] recibía atención médica, pero luego no pueden comprar las medicinas. Aquí se las damos", explica la fundadora de esta organización que recauda fondos por todo Estados Unidos y que los últimos días ha recibido ayuda del ejército, la Cruz Roja y USAID.

Su objetivo, a medio plazo, es que la gente pierda el miedo a volver a sus casas. Para ello piensa ayudar primero a sus empleados a reconstruir sus hogares. Así, cuando éstos vuelvan, servirán de ejemplo para el resto de la población, explica DeVoe.

Los tres enemigos

Pero nadie sabe cuándo llegará ese momento en que la gente pierda el miedo a volver a sus casas. Y mientras se acerca la temporada de lluvias, lo que puede desencadenar una cadena de enfermedades infecciosas, ya que los excrementos y la basura acumulados en cualquier lugar contaminarán el agua que se filtrará a los campos de tiendas de campaña, según explica Trent LeCoultre, oficial de Salud Ambiental del USPHS (Servicio Público de Salud de Estados Unidos, por sus siglas en inglés).

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La basura -montones se acumulan a cada paso por las calles de Grand Goave- y los excrementos son ahora dos de las tres amenazas que identifica el USPHS. La otra, aún con el reparto de muchas organizaciones, es la falta de agua potable para beber.

"Algunos no tienen acceso a agua. O si lo tienes, está contaminada", explica LeCoultre.

"Hay gente que hace un agujero en la rivera del río y beben de allí, pensando que por no sacarla directamente del río va a estar filtrada. Pero los ríos son de piedras, hasta a tres o cuatro pies de profundidad, piedras como puños. No hay ninguna filtración, y ahí se bañan cientos de personas, lo utilizan como letrina, meten los animales...", asegura.

Campaña de vacunación

En realidad, el peligro de enfermedades infecciosas ya existía antes del terremoto en un país que no tiene una política de salud pública que incluya las vacunas básicas. Por eso el Ministerio de Salud de Haití ha pedido al USPHS que administre vacunas a toda la población que pueda, incluido adultos.

En los últimos tres días, en Grand Goave, inyectaron 2,603 vacunas de rubéola, difteria, tétanos, sarampión y varicela enviadas por UNICEF, según Mivoyel Jean Paul, un haitiano de 36 años que hace 12 se fue a Estados Unidos tras acabar su carrera de Medicina y hoy trabaja uniformado para el USPHS en la Administración para Niños y Familias.

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Jean Paul volvió a su país a bordo del USS Bataan. Volvió a ese Haití que, como afirma Nick Lamatrice -un voluntario de Columbus, Ohio, que lleva años acudiendo a Grand Goave con Lifeline- "antes del 12 de enero parecía que un terremoto lo hubiera sacudido".

Poco a poco quizá Haití deje de parecer un país en guerra para volver a ser lo que parecía antes: un país arrasado por una tragedia.

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