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El holocausto en Colombia

El holocausto en Colombia

El paramilitarismo en Colombia ha dejado al menos 200 mil asesinatos. Así lo denunció el senador Gustavo Petro.

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"Auschwitz colombiano"

El paramilitarismo en Colombia ha dejado al menos 200 mil asesinatos. Así lo denunció el senador por el partido Polo Democrático Independiente Gustavo Petro, al calificar el fenómeno como "un verdadero holocausto".

"Es un Auschwitz colombiano que no se investigó", dijo el congresista a Univision Online, al referirse al que hoy es uno de los mayores escándalos de la historia de ese país: los vínculos de políticos y funcionarios con grupos ilegales de autodefensa.

"Todos los hechos que en tres décadas produjo el paramilitarismo fueron callados. Y al no investigarse se convirtieron en tres décadas de una impunidad tan grave como la existencia misma de los asesinatos", enfatizó.

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El ex guerrillero de 47 años fue quizá la primera persona en denunciar, años atrás, lo que ahora se conoce como 'parapolítica', un problema que ha provocado denuncias, arrestos, amenazas, dimisiones, muertes..., y que tiene en apuros al gobierno colombiano, incluido su presidente Álvaro Uribe.

Petro no se siente protagonista, pero dice estar satisfecho con la actual circunstancia en la cual empezó a "mostrarse al país y al mundo", una guerra silenciosa que causó horror por las masacres, cuyo saldo son miles de campesinos colombianos apiñados en fosas comunes.

P: Usted lleva muchos años denunciando los vínculos entre la política y el paramilitarismo. ¿Por qué apenas ahora logra concentrar la atención del país?

R: Eso pasa porque las circunstancias del nuevo siglo no harían viable a Colombia si continuaba con su historia de hace tres décadas. Fueron tres décadas que al parecer dejaron treinta mil personas en fosas comunes de las cuales no se han encontrado sino algunos centenares, y tres décadas en que el número de asesinatos puede haber ascendido a doscientos mil. Es un verdadero holocausto.

P: El país decide escucharlo en un momento clave, en medio de un proceso de justicia y paz. ¿Se siente protagonista de este proceso?

R: No. Yo no soy tan consciente de mi papel. Quizá porque lo que he recibido en Colombia son más insultos que abrazos. Más odios que amores. Yo soy una especie de persona que llega, destruye el ídolo de barro y acaba la fiesta, sin creerme un Moisés. Y a ninguno de los partícipes de la fiesta les gusta que se acabe. Eso no genera amores, sino odios y peligros.

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Pelea con Uribe

P: ¿Y fuera del país?

R: Fuera del país empiezo a ser escuchado pero sólo ahora me doy cuenta. Indudablemente la agenda que tuve en Estados Unidos no la sentí muy diferente a las agendas anteriores de no ser por las consecuencias. Ésta tuvo consecuencias, las otras no. Y en Europa hace tres años había hecho una gira larga, desde Berlín hasta Madrid, pasando por Bruselas, París, Barcelona y en aquel entonces gasté un mes hablando del problema colombiano y nadie me escuchó. Hoy volví sólo a un rinconcito de Europa, a Barcelona, y me recibió el presidente de Cataluña. Entonces entendí que mi voz ha cambiado en su dimensión. En cierta forma, lo que yo expreso es lo que en treinta años esas 200 mil víctimas nunca pudieron expresar. 

P: En medio del escándalo, la popularidad del presidente Álvaro Uribe es cada vez más alta. ¿Usted ha sentido en algún momento que el gobierno se haya tambaleado?

R: No. Un gobierno sólo se tambalea por decisión de los pueblos y una de las cosas que podemos tener clara en Colombia es que más o menos una tercera parte de la población colombiana aplaude el holocausto. Y eso es más grave que el holocausto mismo. Son tres décadas de insensibilidad; de manipulación informática para oscurecer el origen de esa mortandad; una hiperinflación de los delitos de la guerrilla y una subvaloración de los delitos del paramilitarismo.

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P: Hace unos años el presidente Uribe dijo que no había una sola cosa que él hiciera que usted aprobara. ¿En este momento, usted encuentra algún acierto del gobierno?

R: Yo creo que los seres humanos pueden cambiar; transformar una serie de principios y de maneras de actuar. En lo que no puedo encontrar nada bueno es en quienes son amigos del genocidio. Y eso he encontrado en Álvaro Uribe Vélez. Él es un hombre que odia y que hace la política odiando. Y yo creo que si algo no se puede hacer en Colombia es política con odio, porque cualquier sentimiento de odio desde el gobierno se convierte en miles de muertos. Así que mientras él mantenga una actitud permisiva con los autores del genocidio, no podré encontrarle nada bueno.

P: ¿Cuál fue la primera percepción que tuvo de Álvaro Uribe y cómo ha cambiado hasta hoy?

R: En el año 93 (cuando Uribe trabaja como ponente del gobierno del ex presidente César Gaviria) yo sólo veía a un hombre criticable desde el punto de vista argumental, si se quiere, pero no desde el punto de vista personal. Un hombre con el cual yo hubiera podido discutir durante muchísimo tiempo sin odios, e incluso con posibilidades de encuentro político. Pero la visión que tengo de él hoy es completamente diferente. Él es un hacendado del siglo XIX que maneja las cosas como se manejaban feudalmente las haciendas, sin principios democráticos y defendiendo una serie de políticas profundamente regresivas. Nunca percibí en él lo que hoy percibo... No a un neoliberal sino a un populista de extrema derecha y con un pasado en mi opinión oscuro.

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Lo que viene

P: En todo este vaivén de declaraciones llega a percibirse casi una pelea cazada, una pelea personal entre usted y el presidente. ¿Qué tanto de eso hay entre los dos?

R: Muy poco. Yo no soy pasional, soy racional, aunque sí hay unas pasiones que me motivan. En los últimos cinco años, antes de cada debate relacionado con el paramilitarismo siempre he pensado en las víctimas, en los que ya están muertos. Me mueven porque sé que ese debate y todo lo que se pueda construir alrededor de él puede evitar que esto se repita en el futuro.

P: En qué se diferencian...

R: La gran diferencia entre Uribe y yo, desde el punto de vista de los sentimientos, es que, por ejemplo, a él le mataron a su padre y no lo ha podido superar. Buena parte de su política se ha construido alrededor de la venganza contra quienes él cree que mataron a su padre. El sentimiento lo entiendo. Pero es un político con responsabilidades y en un país como Colombia eso no puede ser. A mí me torturaron durante una semana y me hicieron perder dos años de mi juventud después. Y quizá con el poder que yo tengo hoy podría saber quién me torturó, o quiénes, porque fueron varios, y no lo he hecho.

P: ¿Qué reflexión le genera el hecho de haber sido militante de un grupo armado y estar ahora reclamando de otro la verdad?

R: La gente se aprovecha de eso. Pero yo sé quiénes fueron los que estuvieron en el M-19 (grupo guerrillero desmovilizado). Sé qué tipo de gente era y era de la gente que ha cambiado la historia. Hay una gran diferencia entre el rebelde y el genocida, aunque ciertos políticos y líderes de opinión quieran confundir la historia. 

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P: ¿Siente que esta lucha que vive ahora, desde los estrados del Congreso, es más válida que aquélla que hacía desde las armas?

R: No es más válida, es sólo otro momento. Si yo viviera bajo un estado de sitio como se vivía en Colombia cuando yo tenía 18 años, cuando era imposible que alguien como yo pudiera estar en el Congreso, no tendría otra alternativa que levantarme en armas. Hoy, gracias a levantarnos en armas, y en virtud del pequeño espacio democrático que arrojó la Constitución del 91, es que yo soy congresista. Y si logramos que esa misma Constitución, derogada de facto se aplique en todo el territorio nacional, aquí no se necesitan armas y entonces habrá paz.

P: ¿Cómo se ve en su futuro político?

R: Si en Colombia se produce una crisis, sólo si se produce una crisis integral: ética, que ya existe, política y económica, tendremos la oportunidad de gobernar al país.

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