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Cráneos humanos protagonistas de la fiesta de 'ñatitas' en Bolivia

Cráneos humanos protagonistas de la fiesta de 'ñatitas' en Bolivia

Engalanados con flores, sombreros, gorros de lana e incluso gafas de sol, cráneos humanos son sacados de las casas y trasladados al cementerio para ser bendecidos.

Sincretismo religioso

LA PAZ -  Engalanados con flores, guirnaldas, sombreros, gorros de lana e incluso gafas de sol, cráneos humanos son sacados de las casas y trasladados al cementerio para ser bendecidos, una tradición que cada 8 de noviembre repiten cientos de bolivianos para agradecer los favores recibidos.

Ocho días después de la Fiesta de los Difuntos, bolivianos de los estratos populares de la zona andina acuden a los cementerios para agasajar a los cráneos humanos.

Es la fiesta de las "ñatitas" (las sin nariz), una celebración que combina lo macabro con lo festivo, y es una expresión del sincretismo religioso entre las arraigadas costumbres ancestrales andinas y las prácticas del catolicismo.

Llenos de adornos

Los cráneos son llevados en adornadas urnas, bandejas, cajas de galletas o simplemente en coloridos lienzos.

Según la tradición andina, los cráneos otorgan protección a las familias y a sus negocios y conceden favores como salud y dinero. A cambio, las calaveras deben recibir comida, alcohol, flores, velas, tabaco y sobre todo cariño, pues ocupan un sitio preferencial en los hogares.

"Son como mi familia", dice Lucía, una señora de mediana edad vistosamente ataviada que, junto a sus dos pequeños hijos, visita la iglesia del Cementerio General de La Paz, repleta de feligreses, con tres calaveras coronadas con guirnaldas de flores que trae en cajas de cartón acondicionadas para la ocasión.

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Tras la visita al cementerio y la exposición de las osamentas en el campo santo, las familias se trasladan a sus casas o a salones de fiesta para continuar una celebración que se extiende hasta la madrugada.

De origen prehispánico

"La tradición tiene origen prehispánico", explica Félix Mendoza, profesor de Teología Andina de la Universidad Indígena Tawantinsuyu, quien añade que "antes de la llegada de los españoles en 1492, los nativos sacaban a pasear en andas los restos de los difuntos para que los 'ajayus' (espíritus) volvieran a reencontrarse con sus cuerpos y sus familias".

La costumbre fue censurada por la Iglesia Católica, pero pese a la prohibición los nativos la mantuvieron, exhibiendo sólo las calaveras o los huesos de sus difuntos.

Actualmente la Iglesia Católica reacciona con ambigüedad, pues no condena ni admite explícitamente la costumbre. El capellán del Cementerio General de La Paz, padre Jaime Fernández, permitió que las calaveras ingresaran en la capilla e hizo una breve ceremonia, pero no las bendijo con agua como pedían los asistentes.

"Viven una religión acomodada a sus intereses, toman lo que les conviene", dijo el sacerdote católico, a tiempo de lanzar también una autocrítica: "Es porque no supimos evangelizar ni catequizar".

Muchas "ñatitas" pertenecen a familiares pero otras son de desconocidos. Eso sí, cada una tiene un nombre, como toda persona, en una ceremonia de bautismo celebrada por un cura católico, que incluye padrinos y que termina en fiesta.

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Las familias se refieren a las calaveras con estima y las llaman con diminutivos como "Luisito" o "Yolita".

Afuera, en los pasillos del campo santo, Jorge un hombre entrado en años invita con tabaco a un par de calaveras y fuma con ellas un cigarrillo, porque tiene que pedirles un "favor muy especial".

Muerte violenta o trágica

Lucas Nina, un curandero andino, explica que las calaveras deben pertenecer "a personas que tuvieron una muerte trágica o violenta". Al parecer, "compensan ese sufrimiento con el cariño que reciben de las familias que las acogieron".

"No deben faltarles flores", dice María, al señalar que las calaveras protegen su casa y su negocio de los ladrones. Freddy, comerciante, se siente también protegido en sus viajes donde el oficio le requiere manejar mucho dinero.

En Bolivia, muchas personas conservan en sus casas las calaveras de familiares o desconocidos tras hacerse la reducción de sus restos en el cementerio, en una práctica no permitida pero igualmente extendida.

Es tradicional que las estaciones de policía tengan su calavera, a la que los uniformados piden ayuda para sus investigaciones. El problema es que los delincuentes también tienen las suyas para bendecir sus fechorías.

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