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A un mes del terremoto en Chile

A un mes del terremoto en Chile

A un mes del devastador terremoto en Chile, la población continúa con el temor de nuevos sismos de gran magnitud.

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Nuevo sismo

SANTIAGO - Un mes después del terremoto en Chile, los habitantes de Concepción viven con temor de los nuevos temblores -cuya magnitud han aprendido a calcular como si fueran sismógrafos humanos- pero el miedo es mayor cuando no tiembla porque ese periodo de calma sólo significa una cosa: que viene una réplica más fuerte.

El terremoto de magnitud 8,8 grados y el tsunami que golpearon Chile el 27 de febrero dejaron hasta el momento 452 muertos confirmados y casi un centenar de desaparecidos, además de 30,000 millones de dólares en daños.Y su temor no es para menos, ya que un día antes de que se cumpliera el mes del a tragedia, volvió a temblar, en esta ocasión el sismo fue 6.2 grados Richter que estremeció al mediodía del viernes una zona del norte del país, sin causar víctimas ni daños, pero sí mucho temor.

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El servicio geológico de Estados Unidos informó que el sismo se registró a las 11:52 (14:52 GMT) con epicentro a 76 kilómetros al sur de Copiapó, capital de la región de Atacama, a 820 kilómetros al norte de Santiago.

La tierra se mueve -como lo ha hecho decenas de veces desde el sismo de magnitud 8.8 que devastó esta ciudad- y todos esperan a que pase.

"Te apuesto que esto fue 4,9", dice en su casa Nelson. "Tuvo que haber sido 5", señala Juan, a quien los servicios sismológicos le dan luego la razón: fue 5 grados en la escala de Richter.

Esperan ayuda

Un mes después de la tragedia, los abrazos son más apretados y abunda la solidaridad. En los cafés el sismo es monotema, y en el centro se convirtieron en paisaje habitual oficinas desalojadas, carpinteros en los techos, electricistas arreglando el alumbrado y máquinas pesadas derribando inmuebles.

Tras los saqueos que siguieron al sismo, Concepción con su medio millón de habitantes, intenta desesperadamente volver a la normalidad. Nada fácil cuando tanta gente perdió sus cosas.

"En el mall la gente compra, mientras nosotros sufrimos acá. Es como si se hubieran olvidado, como si no hubiera pasado nada", dice Daniel, cuyo sitio de trabajo se derrumbó en el sismo.

En las calles los militares bien armados caminan de a dos o tres. "La gente nos da las gracias por estar aquí y, en general, nos piden que no dejemos la ciudad", cuenta un conscripto mientras hace una ronda.

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En la noche vigilan una ciudad desierta: hay toque de queda de 11 de la noche a 6 de la mañana.

En otra cuadra, un policía que custodia la entrada a un edificio al borde del desplome, dice que "la gente anda preocupada por todo lo que dicen en las noticias de que puede venir algo mucho peor".

Continúa la preocupación

"He escuchado que la Tierra quiere volver a su centro y por eso se está acomodando. Si sigue así la ciudad se puede abrir, quedar como una isla o simplemente desaparecer. Sólo Dios sabe", relató Luis preocupado por una de las tantas leyendas urbanas que circulan de boca en boca.

Comienzan a caer las primeras gotas del año, pero la llovizna no espanta a los curiosos que se detienen a fotografiar tanto deterioro.

El símbolo de la devastación -y el más visitado- sigue siendo el moderno edificio de 15 pisos Alto Río, que cayó de espaldas instantes después del terremoto, lo que le costó la vida a diez personas.

Viviendo en carpas

Cerca de allí, unas 35 familias acampan desde la madrugada del 27 de febrero en un parque. Su edificio quedó en pie pero sufrió serios daños estructurales y ellos prefirieron evacuar.

Desde sus tiendas ven sus departamentos. "Mire nuestro edificio, está lleno de trizaduras, así no se puede vivir", apuntó Sara, quien tras la catástrofe abandonó junto a su marido la vivienda por miedo a más derrumbes.

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Roberto, otro damnificado, saltó por la ventana desde el segundo piso junto con su esposa por miedo a que su departamento colapsara. Ahora, después de cada réplica, pasa a su antiguo hogar para ver si las grietas son más grandes.

"Con la desesperación saltamos y mi señora embarazada de dos meses se quebró un pie. Sabemos que otras personas sufrieron más que nosotros pero ya no podemos aguantar más en el campamento con las ratas, las infecciones y los edificios sin solución", explicó Roberto.

En ese campamento los vecinos tienen una fogata en común, comparten la comida y cuidan a enfermos y niños.

Cerca de allí está la entrada al puente Llacolén, que cruza el río Biobío y une a Concepción con la localidad de San Pedro. Es el único paso que quedó parcialmente habilitado tras el sismo y eso gracias a un puente mecano. Pero atravesarlo se ha convertido en un sufrimiento.

"Este puente en cualquier momento se puede caer. En las horas pico, los tacos (embotellamientos) duran más de 45 minutos, y el puente se llena de autos y sigue habiendo réplicas. La estructura puede colapsar, da miedo cruzarlo", dice un taxista.

Siguen en las montañas

Dichato fue devastado por un tsunami hace un mes, y la imagen actual es desoladora, como si una bomba hubiese acabado con el 80% de este balneario. A lo lejos se ven los campamentos, cada uno con una bandera chilena a la espera de ayuda.

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El 27 de febrero el maremoto sorprendió de madrugada a los habitantes y turistas que disfrutaban el último fin de semana de vacaciones: 18 personas murieron y casi 3,000 quedaron sin casa.

En la entrada a la zona, tres efectivos militares exigen identificaciones a los que llegan. Varios deben devolverse pues el balneario está militarizado y las visitas restringidas.

"Así evitamos que curiosos vengan a mirar la tragedia", dice a la AFP el mayor Ortiz.

"Fuerza Dichato, todos unidos", dice un letrero en el primer campamento que aparece. A medida que el camino avanza se observan más y más campamentos con una bandera chilena y un número.

Criticas contra Bachelet

"El gobierno anterior (de Michelle Bachelet) lo hizo pésimo, mala la coordinación para afrontar esta catástrofe, pero con el gobierno nuevo (de Sebastián Piñera) tampoco se nota tanto el avance" reclama David Merino, líder de uno de los campamentos, que alberga 80 familias.

La organización es crucial: los líderes llevan un registro de cuántas familias hay, cuántos niños o ancianos, y luego qué cosas más urgentes necesitan y las hacen saber a la municipalidad y a los militares.

En la iglesia católica del balneario se instaló un equipo con personal de la municipalidad, 265 militares y organizaciones que distribuyen la ayuda.

"La última cifra es de 1,168 personas viviendo en campamentos y 1,814 alojando como allegados en casas de familiares y amigos", dice Cristián Iturra, de la municipalidad.

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Perdieron todo

Son 451 familias viviendo hace un mes en carpas, distribuidas en 15 campamentos instalados todos en los cerros de Dichato. "Casi nadie quiere volver a vivir frente al mar", cuenta David.

Yolanda Acuña no es de Dichato, pero acampa desde el 28 de febrero como un habitante más. Desde enero, aprovechando la llegada de turistas por el verano, estaba allí con una tienda ambulante de ropa para mujeres.

"Yo también lo perdí todo. No tengo casa, ando de ciudad en ciudad con mi mercadería. Y si la tragedia me tocó vivirla aquí ¿por qué me voy a ir?. Salí igual de perjudicada que todos los demás", se defiende Yolanda cuando algunos de sus compañeros de campamento la tilda de "aprovechadora".

Yolanda recibe comida y abrigo, y colabora cuidando para que los niños no se acerquen a la carretera, aunque no ha conseguido un certificado de residencia que avale su condición de damnificada, necesario para postular a futuros beneficios estatales.

En los campamentos todo es improvisado. "Atrás de esos árboles hay un hoyo, eso usamos como baño; y al frente hay un lugar donde todos nos duchamos por turno, bañándonos por parte y tirándonos agua con botellas", describe Camila Oñate, de 10 años.

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