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Veinte años después

Veinte años después

Columna del periodista Martín Caparrós sobre el partido de Argentina y Nigeria y el desempeño de Messi.

De la mano de su astro Lionel Messi, Argentina venció 3-1 a Nigeria
De la mano de su astro Lionel Messi, Argentina venció 3-1 a Nigeria

Por Martín Caparrós

Hoy hace exactamente veinte años y también fue contra Nigeria. Aquel día el 10 de la Argentina salía de la mano de la enfermera rubia, sonriendo, saludando "para no volver más. Horas después se confirmaba que Maradona estaba fuera del Mundial; en Buenos Aires, un diario donde yo trabajaba tituló a toda tapa: Dolor. Era el mismo título que había hecho otro diario donde yo trabajaba, otros veinte años antes, cuando se murió el general Perón. Recuerdo que escribí algo sobre esa coincidencia: que si el mismo título podía aplicarse a la muerte del político más importante del siglo y a la supensión de un jugador de fútbol, la Argentina estaba cocinada. Estaba, por tantas otras cosas, pero el fútbol le da de tanto en tanto una chance de olvidarlo. Hoy, contra Nigeria, el sucesor de Maradona empezó, quizá, a sucederlo.

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Hoy Messi tenía ganas, no estaba fastidioso, corría, sonreía, saludaba. Hoy Messi metió su tercer gol desde fuera del área, demostrando que las estadísticas son una técnica que dice cosas sobre todos los demás. Hoy Messi se parecía a sí mismo.

El partido, de todas formas, sobró. En un par de días cada uno va a ser cuestión de vida o muerte "futbolísticas. Este era cuestión de cumplir con las reglas y la televisión y los sponsors. Pero debía servir para aceitar un mecanismo que chirría y sirvió, más bien, para divertirse un rato "qué bueno el fútbol cuando son tan malas las defensas. El ataque argentino insistió más, pero tiene problemas. De los famosos fantásticos, al menos dos "Agüero, Higuaín" no consiguen ninguna fantasía: están muy bajos y es mucha desventaja. Y aun cuando se juntan lo hacen en un pasillo que va muy por el medio; atraen marcadores y las jugadas se complican. A veces la pelota fluye y es maravilloso; la mayoría se atasca. Las puntas, claro, quedan libres, pero los que las aprovechan son Rojo y Zabaleta: así también las jugadas se complican.

Cada vez está más claro que somos Messi y diez "o seis o siete" más. Como las últimas veces que ganamos algo "‘86, ‘90" el equipo depende de un muchacho. Aquel se colgaba de Maradona de un modo más dramático: estábamos al borde del abismo y Él nos salvaba. Éste parece siempre al borde de la abulia, del desdén, y Él hace lo que los otros no.

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Para muchos, esta dependencia plantea una incomodidad casi moral: se supone que tener un jugador excepcional no tiene ningún mérito, es pura suerte; en cambio armar un gran equipo es encomiable, puro esfuerzo. Si permitimos que la ética protestante se apodere del fútbol, va a ser el momento de dedicarse al origami.

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