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Sunset fue la compañera de aventuras.

Sunset se fue sin ladrar

Sunset se fue sin ladrar

Sunset se fue sin ladrar

Sunset fue la compañera de aventuras.
Sunset fue la compañera de aventuras.

Mi cómplice silenciosa

Sunset se fue de la misma forma en que llegó; sorpresivamente, sin avisar, sin un ladrido. Y nos ha dejado a mi familia y a mí un hueco enorme "mucho más grande que los hoyos donde guardaba sus huesos en el jardín.

Era una extraña mezcla de labrador con beagle, negra, con una irregular mancha blanca sobre la cara y el tamaño perfecto; ni muy grande ni muy pequeña.

Sunset llevaba el nombre de la calle en Miami donde la encontraron. Estaba perdida. Nadie la reclamó y terminó, no se cómo, en la oficina de un veterinario. Ahí la fuimos a conocer, le dimos una vuelta a la cuadra y, al regresar, ya nos había ganado, ya era parte de la familia. Nada cambió durante casi 12 años.

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Me sabía leer mejor que nadie. No exagero. Si me vestía en mi cuarto para salir a correr, la escuchaba emocionada detrás de la puerta lista para acompañarme. Es como si viera a través de las paredes.    

Le encantaba correr junto a mí. Pero siempre iba un paso adelante, protegiéndome, abriendo el camino. Corrió cientos de millas al lado de la carriola de mi hijo Nicolás y muchas más al frente de mi bicicleta.

Supongo que los dos compartíamos ese espíritu competitivo y cierta timidez. Cuando la llevábamos al parque en Coconut Grove para que pasara un rato con otros perros, solía aislarse al principio y le tomaba tiempo romper su timidez para socializar con otros de su especie. Igual que a mí en las fiestas y reuniones.

Ella fue la cómplice silenciosa de mis primeros libros. Ella los oyó en las teclas de mi computadora antes que nadie. Se acostaba durante horas interminables a mis pies y no se impacientó o se quejó ni una sola vez.

Fue, de alguna manera, la segunda hermana de Nicolás. El le jalaba la cola, le metía las manos en el hocico y la trataba de montar como caballo pero Sunset nunca le hizo nada. Solo sacaba su lengua entre los colmillos y me volteaba a ver con verdadera compasión y sabiduría.

Con solo un vistazo Sunset y yo nos entendíamos. No necesitábamos palabras. No tengo la menor duda de su enorme inteligencia y, aunque suene extraño, de su “humanidad”.

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Tras mi divorcio, Sunset se quedó en casa y yo me fui con Lola. Lola, por supuesto, es mi gata (y ya me tocará hablar de ella muy pronto). Pero cada vez que regresaba a casa a recoger a mi hijo, Sunset era la primera en recibirme. Nunca he tenido recibimientos más alegres y entusiastas en mi vida.

Me veía nerviosa a través de los vidrios, moviendo furiosamente su cola y al abrirse la puerta me brincaba como si no me hubiera visto por años. En un ritual maravilloso, se ponía a correr a mi alrededor a toda velocidad y luego se sentaba, babeante, al lado de mi auto.

Era ahí cuando mostraba su lado más canino. La pequeña fiesta que me hacía al llegar culminaba cuando yo le lanzaba unos pedacitos de carne seca que compraba en el supermercado. No he visto perro (o ser humano) más agradecido que Sunset tras devorarse esos carnosos regalos.

La última vez que la vi salió de la casa con una pelota de tenis en la boca. Le encantaba que le tirara la pelota a la piscina para luego ir a buscarla. Pero esa última vez no soltó la pelota. Salió a saludarme, me dio una vuelta, me vio de reojo "creo que con cierta tristeza- y se perdió detrás de la puerta.

Fue su despedida.

Sunset murió sola. Estábamos en Boston cuando el veterinario llamó para decirnos que su corazón y sus riñones estaban dejando de funcionar luego de una larga enfermedad. No hubo más remedio que dejarla ir. Me imagino sus ojos asustados en esos últimos momentos y se me rompe el corazón por no haber estado ahí con ella.

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Es difícil de entender para quien no ha crecido con una mascota pero Sunset era de la familia. Así de sencillo. Así de doloroso.

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