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Hispanos preguntan por casa y trabajo

Hispanos preguntan por casa y trabajo

Tras el desastre, muchos hispanos corren el riesgo de perder su empleo por la destrucción de cultivos.

"No sabemos si la casa se quemó. No nos queda más que esperar. Es muy difícil", reconoció el guatemalteco Manuel Velasco, de 35 años, en la puerta de una tienda de campaña en el Estadio Qualcomm, que ha acogido a miles de refugiados en San Diego.

Su mujer y sus dos hijos sufren asma, por lo que Velasco no se lo pensó dos veces cuando el humo y la ceniza envolvieron la localidad de Ramona, al noreste de San Diego.

"Agarramos una muda de ropa, al perro y al pájaro, y salimos", dijo Velasco, quien trabaja como conductor de un camión de basura y dijo no saber si conservará su empleo.

En la misma situación está el mexicano Jorge Miramontes, de 47 años, también de Ramona. "Salimos con lo puesto y no sabemos si se quemó la casa, ni cuándo podremos volver", relató Miramontes, quien salió de la localidad con su familia el domingo de madrugada.

"El humo estaba en todo el pueblo, no se miraba, parecía una niebla y saltaban las brasas, estaba todo muy feo, como si fuera un pueblo abandonado", dijo Miramontes.

Sin trabajo

El mexicano trabaja como jardinero en una urbanización residencial, donde sabe que han ardido algunas casas. "No sé si vamos a poder tener trabajo allí", afirmó.

Lani Gomes, de 22 años, escapó el domingo por la noche de El Cajón con su novio, Donald Woderd, y una niña de cuatro meses.

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"Vi el fuego y me pareció que había mucho humo para ella", dijo, en referencia a su bebé Lin, que tumbada sobre un camastro en el Estadio Qualcomm, se reía de las carantoñas que le hacía Woderd, de 22 años. "Simplemente quería salir y escapar", dijo.

Y en Ramona, el mexicano Alejandro Aparicio, un contratista de 42 años, decidió marcharse cuando se subió al tejado de su casa y vio las llamas cerca. "Me espanté de que iba a venir la lumbre", recordó su hija, Jennifer, de 10 años.

No todos salieron. Wendy Urtiz, de 27 años, decidió permanecer en Ramona con sus cuatro hijos, pese al peligro.

"Me sentí más segura quedándome en casa que yéndome, porque la gente estaba desesperada por salir y me pareció peligroso", dijo Urtiz en una entrevista telefónica.

"Lo peor fue el lunes, por todo el humo que había, pero ahora ya no se ve lumbre", señaló la mujer, que se quedó en su casa con sus cuatro hijos.

En Ramona permanecen abiertas dos tiendas, aunque no hay agua, y sólo se permite la entrada al municipio a personal de emergencia.

Hasta el momento han ardido más de 1,800 kilómetros cuadrados en el sur de California, más del doble de la extensión de la ciudad de Nueva York, han resultado destruidas o dañadas 2 mil viviendas, han muerto tres personas por las llamas y cinco ancianos fallecieron durante la evacuación, según las autoridades.

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No obstante, el debilitamiento de los secos vientos del Este ha permitido a muchos refugiados volver a sus casas.

El campo, arrasado

En el Estadio permanecían hoy unas 1,500 personas, de las 11 mil que llegaron a pernoctar allí, la mayoría latinos y blancos de clase trabajadora, pues las personas de clase alta se quedaron en hoteles o en las casas de amigos o familiares.

Aunque no hayan pasado por la experiencia directa de los incendios como los evacuados, otros hispanos del estado podrían verse perjudicados por sus efectos en la agricultura.

En el Condado de San Diego, el más afectado por las llamas, han ardido más de 4 mil 500 hectáreas de cultivo, según las autoridades, lo que reducirá la cosecha de naranjas, verduras e incluso huevos.

La Comisión de Productores de Aguacate de California dijo hoy que la cosecha de esa fruta será un 10 por ciento menor este año.

Si los fuegos han destruido los árboles, tendrán que ser plantados de nuevo, lo que impedirá recuperar la producción durante años.

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