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El viaje de Camilo Mejía

El viaje de Camilo Mejía

Camilo Mejía fue el primer desertor de la guerra de Irak. Ahora, casi tres años después, lo cuenta todo en un libro.

Criado en la Nicaragua sandinista

MIAMI - En septiembre de 2004 Camilo Mejía, sargento del ejército de Estados Unidos, se subió a un avión en Irak para pasar dos semanas de permiso en Miami. La mañana que tenía que volver, se durmió, según sus propias palabras:

"Me quedé dormido. Dije: `Voy al día siguiente`. Y al día siguiente dije: `Voy al día siguiente`. Y una mañana supe que no iba a volver".

Mejía se convirtió así en el primer desertor de la actual guerra de Irak. Ahora, casi tres años después, ha escrito Road from Ar Ramadi (La ruta desde Ar Ramadi) un libro en el que cuenta su vida desde su infancia en una prominente familia del sandinismo en Nicaragua hasta que ingresó en prisión condenado por deserción.

"Estados Unidos vive engañado por el sistema. La gente no sabe lo que se hace en su nombre y con su dinero alrededor del mundo. Ni siquiera acá", denuncia.Camilo Ernesto Mejía nació en Managua, Nicaragua, en 1975. Su padre, Carlos Mejía Godoy, ya era entonces un popular cantautor de temática social que puso voz y música al movimiento sandinista, para el que compuso el Himno a la unidad sandinista.

La madre de Camilo Mejía, la costarricense Maritza Castillo, también militaba entonces de forma activa en el sandinismo. ¿Cómo termina entonces el hijo de dos declarados izquierdistas alistándose en el ejército de Estados Unidos?

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"Es un poco contradictorio, -reconoce Mejía -. "Pero yo no fui criado con una gran conciencia política, y vivíamos con características capitalistas".

Durante el periodo de gobierno de los sandinistas (1979-1990), Mejía vivía con su madre en uno de los mejores barrios de Managua y asistía a una escuela privada.

"Teníamos criada, a veces hasta jardinero", recuerda.

Su padre, separado de su madre desde que Mejía tenía cinco meses, también vivía en Managua, participando activamente en política y manteniendo el contacto con sus hijos, Carlos y Camilo.

De Centroamérica a Estados Unidos

Cuando el sandinismo perdió el poder en 1990, Camilo Mejía se fue con su madre unos meses a Cuba, después pasó dos años en Costa Rica, para terminar solicitando la residencia en Estados Unidos, ya que su abuela era una estadounidense naturalizada.

"Fue un choque social y un choque económico", explica Mejía. "Cuando vine a Estados Unidos mi estatus cambió totalmente. Trabajé en un Burguer King por el salario mínimo".

Poco después de terminar la secundaria, en mayo de 1995, se alistó en el ejército.

"Las razones que me llevaron a ingresar al ejército no son diferentes a las de otros jóvenes de Estados Unidos que se alistan", explica.

Sin un futuro claro a los 19 años, poco dinero y "sin buenos amigos", cuenta Mejía, "el ejército parecía una buena opción".

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Eran tiempos de paz y, aunque Mejía se comprometió a servir ocho años como soldado, no se planteó que podía llegar a luchar en una guerra y desoyó los consejos de sus padres.

"Mi mamá me lo dijo: `Este país siempre está entrando en conflictos. Vas a terminar en una guerra`", comenta.

El cebo de los reclutadores

Mejía mira atrás y no duda en denunciar las prácticas de reclutamiento del ejército de Estados Unidos.

"Cuando un reclutador está con un joven se habla mucha de la parte linda, de los beneficios, pero no de las cosas duras, del rigor, de la guerra, del estrés, de los que vuelven lisiados, de matar a otra persona... Incluso ahora que hay un conflicto, se promociona con el juego America´s Army, que glorifica la guerra", asegura.

Este videojuego en el que los soldados están representados imitando al actual ejército presenta, según Mejía, escenarios copiados de Irak, y los atacantes visten igual que los iraquíes. El ejército regala el juego a los jóvenes que se muestren interesados en un posible alistamiento.

"Pero no se habla realmente de la guerra", añade.

"Los beneficios son una farsa"

Los tres primeros años en el ejército el soldado de infantería Mejía cumplió el servicio activo en Fort Hood, Texas.

Pasado ese periodo pasó a formar parte de la Guardia Nacional del sur de la Florida, cuya principal función es ayudar a la comunidad en caso de desastre natural. Durante la semana tomaba clases en el Miami Dade College y los fines de semana cumplía con sus obligaciones militares.

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Al formar parte de la Guardia Nacional, Mejía estaba exento del pago de matrícula en la universidad pública a la que asistía. Además, el college fund del ejército le proporcionaba el dinero necesario para el día a día.

Pero dos años después, Mejía comenzó a estudiar en la Universidad de Miami, una prestigiosa –y cara- institución privada. Entonces fue cuando supo que la Guardia Nacional no pagaría los gastos de matrícula y que si quería recibir alguna ayuda del ejército automáticante debía comprometerse a tres años más de servicio.

"Los beneficios del ejército son una farsa. Mientras más te ayudan, más te hunden, más les perteneces", denuncia Mejía, quien completó hace tan solo tres semanas el último semestre de sus estudios de Psicología y Español "sin la ayuda del ejército ni de la Guardia Nacional".

Una extensión de 28 años

En Enero de 2003, cuando a Mejía le quedaban pocos meses para terminar su carrera en la Universidad de Miami y menos de cinco para completar su compromiso militar de ocho años, el ejército de Estados Unidos le extendió el plazo en que podía ser llamado a filas hasta 2031.

El documento de alistamiento –Mejía dice que no es un contrato, ya que una de las partes, el ejército, "puede cambiar las reglas del documento sin el consentimiento de la otra parte"- compromete a ocho años de servicio, pero en caso de que el país entre en guerra, es extendible de forma indefinida hasta seis meses después de que termine el conflicto.

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Mejía se queja de que al crear el concepto abstracto de "guerra contra el terrorismo", no hay un límite claro, un fin de la guerra, "así que ellos hacen lo que quieren".

Disponible de nuevo para el ejército hasta 2031, la compañía de Mejía fue "activada" por dos años y enviada de inmediato a Jordania durante casi dos meses. La Guardia Nacional tradicionalmente no acudía a guerras en el extranjero, "pero entonces cambiaron su uso", según Mejía.

A finales de abril de 2003, un mes después de la invasión, la compañía de Mejía ya estaba en Irak con la misión de vigilar un campo de prisioneros.

Torturas en Irak

El sargento Mejía dirigía entonces una escuadra de nueve personas. Su misión era "suavizar" a los detenidos antes de los interrogatorios. Para ello los mantenían siempre en movimiento, despiertos, durante 72 hora o más, en una celda rodeada de un alambre "concertina", de púas que terminan en una especie de cuchillas.

En ocasiones metían a los detenidos en unas cámaras estrechas donde sólo podían estar de pie. Desde fuera daban "golpecitos" en la pared "para volverlos locos", según Mejía.

Otra práctica habitual era dejarles dormir tan solo 30 o 45 segundos para desorientarlos y minarlos psicológicamente. O ponerles una pistola cargada en la sien, amenazando con ejecutarles. También golpeaban las paredes del búnker en que se encontraban con un mazo de construcción.

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"El golpe creaba un eco tal que parecía una explosión. Los asustabas para que te obedecieran a través del miedo", recuerda Mejía.

Refugiado en su cargo

El sargento no se planteaba si aquello era tortura o no.

"Pero me molestaba moralmente", asegura. "Yo era líder de escuadra y me refugiaba en eso para no hacerlo yo y dar la orden a otros. Para aminorar la culpa un poco, tal vez".

La segunda tarea de su grupo consistió en vigilar una presa de agua en Haditha. Fue una misión sin combates donde tuvo la oportunidad de entrar en contacto con iraquíes, de conocer su cultura, "de compartir la música, el té, la comida...".

En el Triángulo Suní

La calma no duró mucho, porque la compañía fue enviada a Ar Ramadi, "una ciudad grande, desarrollada" en el llamado Triángulo Suní, una de las zonas más violentas del país.

La misión consistía en ocupar la ciudad, imponer orden, patrullar las calles y hacer redadas. Cada día, cada pelotón tenía alguna de las tres tareas principales: patrullas, pelotón de apoyo y guardia.

Las patrullas salían a la calle y entraban a menudo en combate. El pelotón de apoyo o quick reaction force esperaba en la base preparado para acudir de inmediato a ayudar donde fuera necesario. El pelotón de guardia se encargaba de proteger el perímetro de la base y vigilar a los iraquíes que acudían a trabajar en ella, normalmente en pequeñas tareas de construcción.

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La guardia también tenía encargos del día a día, como quemar las haces fecales que se iban acumulando en unos barriles cortados por la mitad, en los que los soldados hacían sus necesidades sobre unas maderas puestas encima.

"Cuando se llenaba había que quemarlo, removiéndolo como una sopa hasta que sólo quedaban las cenizas", explica Mejía.

En Ar Ramadi no había un día igual a otro, cuenta Mejía.

"A veces no dormíamos, a veces dormíamos bastante. Siempre algo nuevo, -recuerda-. Si estabas acostado y atacaban a alguien, te levantabas para apoyar. Otras veces estabas en la quick reaction force y no pasaba nada, y te la pasabas durmiendo".

Imágenes que no se borran

Una de las misiones principales que se encargó a la compañía fue la Operación Shutdown, que consistía en "sellar las arterias de la ciudad".

Durante uno de los días de la operación, un pelotón fue atacado y la escuadra de Mejía acudió a ayudar. Cuando llegaron, aún oyeron disparos y trataron de establecer un perímetro de seguridad. Varios soldados de EU habían sido heridos.

Cuando terminó el ataque, Mejía vio en la calle lo que creyó era una cadáver tapado con una sábana blanca, con un niño a su lado. Cuando se acercó se dio cuenta de que no era una sábana, sino la túnica tradicional que llevan muchos musulmanes. El cadáver no estaba tapado, había sido decapitado por una ametralladora.

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El hombre que yacía en el suelo había llegado en su auto a un punto de control justo después del ataque a los estadounidenses. No paró. A su lado llevaba a su hijo, el niño que estaba junto al cadáver cuando Mejía se acercó a la zona, cuando la ametralladora le segó el cuello.

"No le vi el rostro al niño. No logré diferenciar una edad. No sé si estaba triste, o enojado. No recuerdo eso. Luego me dijeron que era su hijo", recuerda Mejía.

En ese momento, la escuadra tenía que asegurarse de que la zona era segura. No sabían si había atacantes cerca.

"Era una situación de miedo, pánico, confusión... No piensas en el hombre decapitado. Piensas a dónde vas a ir, si te van a atacar. No es un contexto en el cual se hace fácil sentir. La prioridad es sobrevivir", asegura.

Para Mejía, el conflicto moral existía, pero estaba en segundo plano tras las ganas de sobrevivir, las órdenes, la misión. Aunque reconoce que por esas experiencias traumáticas luego se paga un precio.

"Todo se embotella, se acumula. Y cuando vuelves a casa tienes esas deudas, esos valores comprometidos. Se te hace difícil aceptarlo todo, aceptarte a ti mismo", explica.

El permiso del que nunca volvió

A finales de septiembre de 2003 Mejía había servido cuatro meses más que los ocho años firmados en su reclutamiento. Además, su tarjeta de residente caducaba en pocos meses y pidió volver a Estados Unidos para renovarla. Le dieron un permiso de dos semanas.

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El 4 de octubre Mejía aterrizó en el aeropuerto de Fort Lauderdale, Florida. Inmediatamente, asegura, se dio cuenta de que la extensión de su servicio en el ejército era un error, que debían haberle dado de baja porque no había solicitado la ciudadanía estadounidense, un requisito cuando se lleva un determinado número de años en el ejército.

Pese a la reclamación y a que le dieron la razón en el ejército, según Mejía, se le exigió volver a Irak tras las dos semanas de permiso.

Mejía ya no creía en la guerra ni en los motivos que dio el gobierno de EU para librarla. No creía en las armas de destrucción masiva ni en relación entre Saddam Hussein y Al Qaeda. Lo define como "dudas morales".

"Decidí no volver", afirma.

Cinco meses escondido

En cuanto Mejía no se presentó para volver a Irak, se emitió una orden de arresto contra él. Contactó con un abogado que le dijo que lo más importante era que no fuera detenido, para tener la oportunidad de entregarse por propia voluntad. Se fue de Miami a Nueva York y a Boston.

"Allí no había que manejar", explica, lo que reducía mucho las posibilidades de que fuera parado por la policía y arrestado. Pero ya tenía en mente entregarse y había contactado con una organización que defiende los derechos del soldado.

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"No quería desaparecer, quería darle la cara a los soldados de mi unidad, y tener una vida normal con mi hija. Además, yo no creía que fuera un criminal", apostilla.

Mejía era consciente de que entregándose se enfrentaría, como poco, a pasar por la cárcel.

"Pensé en la salida fácil, pero al final me di cuenta de que tenía que hacer lo que tenía que hacer. Que tenía que entregarme y hablar", añade.

"Él tenía miedo de la muerte"

Mientras Mejía se escondía en la costa de este de Estados Unidos, su compañía continuaba en Ar Ramadi, donde la situación empeoraba día a día.

Mauricio Pérez Cross fue uno de sus compañeros antes y durante la guerra. Se conocieron cuando ambos servían en la Guardia Nacional los fines de semana en el aeropuerto de Miami.

"Me cayó muy bien. Una persona inteligente. Nos hicimos buenos amigos", afirma Pérez, que fue uno de los sorprendidos cuando Mejía no volvió de sus quince días de permiso.

"Un cobarde"

"Siempre lo vi como un buen soldado, pero cuando las cosas se pusieron difíciles, un poco feas, se puso más nervioso, fue cambiando", opina Pérez.

"Para mí, él tenía miedo de la muerte, tenía cara de miedo", asegura.

Pérez considera que Mejía se convirtió en un cobarde y argumenta que durante el entrenamiento militar se dispara a personas –con láser- y uno se vuelve consciente de la responsabilidad de la guerra.

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"Todo el mundo quería regresar, -afirma Pérez -. En Ar Ramadi se puso mal. Estar fuera de la familia, de las cosas de uno... No era una situación fácil, pero hay un compromiso".

Condenado a prisión

Mejía se entregó el 15 de marzo de 2004, después de una rueda de prensa en la que anunció que se declaraba objetor de conciencia. Se convirtió en el primer soldado en hacer pública su deserción durante la guerra de Irak.

El 21 de mayo un tribunal militar le condenó a un año de prisión.

"El juicio fue una broma. Antes de que leyeran la sentencia ya habían empacado mis cosas en mi cuarto", asegura.

"Mi madre fue a por mis cosas y el cuarto estaba limpio. Sólo quedaba el candado cortado de mi closet", añade.

Según le contaron entonces a Mejía, las unidades de un condenado en una corte marcial cogen las cosas del preso, las venden y hacen una fiesta con lo recaudado, como burla.

Maritza Castillo salió frente a las cámaras con el candado roto, y entonces le trajeron las pertenencias de su hijo en bolsas. Mejía cree que si su madre no hubiera acudido a la prensa, sus cosas no habrían aparecido.

"Quizá iban a venderlas para hacer una barbacoa", comenta.

Preso de conciencia

La prisión militar de Fort Still, Oklahoma, fue el hogar de Mejía durante los siguientes meses. Poco después de ingresar en la cárcel, Amnistía Internacional le declaró preso de conciencia y pidió su liberación al presidente Bush.

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Mejía reconoce que tuvo "mucho apoyo" durante esos meses, que no recuerda como especialmente duros.

"Lo peor fue cuando vino a verme mi hija y no pude irme con ella. Ahí sentí el peso de lo que es ser prisionero. El ejército me había quitado algo fundamental, el poder estar con mi hija", dice Mejía.

El movimiento antiguerra

El 15 de febrero de 2005 fue liberado, tres meses antes de lo previsto, por buena conducta.

Desde entonces, Mejía se ha involucrado activamente en el movimiento antiguerra y ha dado decenas de charlas a jóvenes explicándose lo que él piensa de la guerra y del ejército.

Los últimos meses los ha dedicado a terminar sus estudios, escribir su libro y trabajar para una organización que ayuda a los veteranos a integrarse a la sociedad.

"No creo en el patriotismo"

Mejía, que tiene pasaporte nicaragüense y costarricense, lleva 13 años en Estados Unidos y nunca ha solicitado la ciudadanía. Reconoce que ahora le gustaría hacerlo, pero por motivos prácticos, por miedo a los posibles cambios, "racistas", que se pueden dar en la política migratoria del país.

"No creo en el patriotismo. Me siento ligado a los seres humanos: iraquíes, musulmanes, estadounidenses, al movimiento antiguerra... Pero me es difícil verme como ciudadano de Estados Unidos, o nicaragüense. Tengo necesidad de tener una humanidad, no una ciudadanía", explica.

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Mejía asegura que no guarda ningún rencor al país para el que sirvió.

"Sería muy ignorante por mi parte", dice.

Pero denuncia que no se habla de un gran sector de la población: "De la gente de Nueva Orleans que lo perdió todo, de lo que viven sin seguro médico, de los indocumentados que sostienen la economía, de los jubilados que tienen que decidir si gastan su dinero en la cena o lo guardan para medicamentos... Ése es el pueblo de Estados Unidos".

"Me opongo al sistema, pero no me opongo al pueblo", concluye.

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