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El susto brasileño

El susto brasileño

Columna del periodista Martín Caparrós sobre los partidos que se vienen en Brasil y el terror de sus jugadores.

Por Martín Caparrós

En la pantalla, ahora, las personas hacen cosas raras: están sentadas, hablan, se miran, se sonríen, algunos incluso se besan o se duermen o se comen. Pero no salen haciendo lo que deberían hacer "correr detrás de una pelota" y el desespero aumenta. Ya van dos días de abstinencia cruel: hoy se termina. No sé si será por eso, pero esta jornada parece la mejor desde que, aquel 12 de junio tan lejano, nos soldamos a una pantalla plana y nos volvimos miradores.

Alemania contra Francia siempre es un buen plato: dos formas de entender el fútbol, dos países que se mataron tanto y ahora están condenados a entenderse, a ayudarse si no quieren volverse una colonia "de vacaciones" sinoamericana. Tiene, está claro, mucho morbo. Pero Brasil contra Colombia es un plato extraordinario.

El equipo que "por ahora" jugó mejor fútbol del Mundial se enfrenta al que debería haberlo jugado. El nuevo niño mimado contra el niño mimado que ya parece viejo. La batalla de los opuestos "a sí mismos" está por empezar.

Es como si Greenpeace se lanzara a lanzar barriles de petróleo por los mares del mundo, como si el comandante en jefe del mayor ejército del mundo recibiera un premio Nobel de la Paz, como si Cataluña le impusiera el castellano a Salamanca, como si Cristina Fernández insistiese en pagar los vencimientos de la deuda externa: Brasil juega un fútbol antibrasilero. Brasil, la cuna y estandarte del jogo bonito, esgrimirá su especulación, su mezquindad contra Colombia, que juega a lo Brasil.

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Y Brasil tiene un susto espantoso: el Asunto Mundial se les fue de las manos. Tanto prometerlo, tanto creérselo ganado, ahora están aterrados ante la posibilidad de no, ante el abismo posible de perderlo "y se les nota en sus movimientos en la cancha, en los llantos con mocos, en la psicóloga de urgencia. Se diría "diría mi padre" que tienen más miedo que vergüenza.

Colombia, en cambio, ya está hecho. Quiere ganar, por supuesto, porque quién no quiere, pero no se juega su identidad en este juego. Ha conseguido más que lo que la mayoría esperaba: las simpatías, todos los elogios. Ha conseguido, entre otras cosas, que los argentos le envidiemos a Pekerman, la sensatez andando, el trabajo constante, el fútbol bien pensado y argentino. Ya nos arrepentimos de no haberle perdonado aquel error menor: mandar a la cancha al Jardinero Cruz en ese partido con Alemania, 2006, en lugar del jovencito Messi. Perdimos "o, mejor dicho, no pudimos ganar" y la imagen del chiquito enfurruñado fue su losa. Cuántos, ahora, Sabella mediante, lamentan haber coreado su responso.

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