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Cinco centímetros

Cinco centímetros

Columna de Martín Caparrós sobre Brasil-Chile. "Alguna vez habría que repensar a qué llamamos un buen partido".

Por Martín Caparrós

No fue un buen partido. Brasil se pasó la última hora sin poder disimular su miedo, Chile lo intentó y hasta tuvo más posesión pero le faltó cierta fineza; el resultado fue una sucesión de temores y de errores y de tedio que, de pronto, se rompían un momento: un patadón, al arco o al contrario. O, de tanto en tanto, la pelea por un puesto catalán: una corrida de Neymar, calesitas de Alexis. Lo más peligroso para Brasil era cuando se creía Brasil: sobraban el partido y lo perdían. El resto del tiempo eran muchachos chocadores, corredores, sin el menor orgullo brasilero. Lo fatal para Chile fue que no terminó de creerse Brasil y no supo aprovechar lo que los amarillos le entregaban. No fue un buen partido y, sin embargo, tuvo a millones colgados de un pincel, comiéndose las uñas, licuándose de susto o esperanza.

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No fue un buen partido, pero nadie habría querido perderse esos últimos minutos. Alguna vez habría que repensar a qué llamamos un buen partido o, por lo menos, cuáles son los que de veras nos atraen. Quizá descubramos que nos gustan los malos y podamos cambiar de canal. Por ahora: fue un partido mediocre, donde la jugada más sorprendente fue la contraria de lo que muchos imaginábamos: un árbitro inglés que privó a los brasileños de un gol que podría haberles dado, una mano dudosa. Si al local "si a Brasil" lo empiezan a a bombear los jueces, es que algo muy extraño está pasando en esa Fifa, en esta copa.

Pero más acá o más allá de esas minucias hay minucias que definen las cosas. ¿Cómo se puede escribir sobre algo en que cinco centímetros hacen toda la diferencia? No digo la vida, digo el fútbol. Si el pelotazo de Pinilla en el minuto 120 hubiera ido cinco centímetros más bajo, este artículo y tantos otros serían otros, hablarían de la heroica gesta chilena "en esos u otros términos levemente menos cursis pero semejantes. Si el pelotazo de Pinilla en el minuto 120 hubiera ido cinco centímetros más bajo, a esta hora Brasil sería un velorio. ¿No hay algo muy patético, ridículo en una cultura cuyo humor podría cambiar tan radical por esos cinco? Digo: el fútbol.

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(Donde, con solidez creciente, la Colombia de Pekerman y el goleador elegante James Rodríguez sigue sin olvidar ni un punto. Lo que hizo contra Uruguay fue autoritario y bastante brasileño. Para el próximo partido le cayó esa piedra: enfrentarse a todos los fantasmas brasileros. Habrá que ver, en Recife, este miércoles 4, cuál de los dos cambiará de camiseta.)

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