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La orquídea, termómetro de la conservación ambiental

La orquídea, termómetro de la conservación ambiental

Flor elitista y misteriosa, asociada a un símbolo de belleza y pasión, la orquídea es también el termómetro de la conservación.

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Asociada a la sexualidad

Flor elitista y misteriosa, asociada a un símbolo de belleza y pasión, la orquídea esconde entre sus multicolores pétalos un universo propio que se convierte en un tesoro de la naturaleza: el termómetro de la conservación.

Desde tiempos remotos las orquídeas están vinculadas a la pasión y al erotismo. En ellas se encarnó  Afrodita e, incluso, hasta fines del siglo XIX, se pensaba que se reproducían a través del semen humano o animal. Aún hoy es considerada como una planta misteriosa y exclusiva, cuya flor es tan preciada que hace perder la cabeza a coleccionistas y amantes de lo exótico.

La orquídea crea un microcosmos a su alrededor que no funcionaría si el ecosistema que la rodea no estuviera en equilibrio, y por su peculiar proceso de reproducción es considerada como la feromona por excelencia de la naturaleza, capaz de desarrollarse en todos los climas del planeta, excepto los glaciares y los desiertos de arena.

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Ecuador, por su rica biodiversidad, se convierte en un lugar privilegiado para disfrutar de estas plantas en su propio ecosistema, pero la deforestación y el cambio climático amenazan la supervivencia de estas plantas peculiares que, por su forma de reproducción, se convierten en un termómetro de la conservación del ecosistema en el que viven.

Desde que allá por el 365 antes de Cristo, Teosfrato, un discípulo de Aristóteles, catalogara una nueva planta como "orkis" (testículos), por la forma de unos pseudobulbos que presentaba en su parte inferior parecidos al aparato reproductor masculino, la orquídea comenzó a asociarse a la sexualidad.

Según explicó Juan del Hierro, especialista ecuatoriano en estas plantas, en la incipiente farmacopea del mundo antiguo, a las plantas se las catalogaba según la morfología que pudieran tener parecida a alguna parte del ser humano, por ello, a la orquídea se le consideró afrodisíaca, una encarnación de la diosa Afrodita, la diosa griega de la pasión, el erotismo, la sensualidad y la fertilidad.

Utilizada en tratamientos de fertilidad

También en el lejano Oriente, la orquídea, además de ser símbolo de la primavera por sus luminosos colores, era utilizada en tratamientos de fertilidad, y en Japón, aún hoy, es la flor más preciada a la hora de practicar el Ikebana, el arte floral que celebra a la belleza sutil y sensual.

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En el siglo XVIII los primeros botánicos europeos, fascinados por la exuberancia de sus flores, comenzaron a interesarse por estas plantas en su búsqueda por nuevos remedios para las enfermedades, aunque hacia 1713 apenas doce especies, de las más de 25.000 que se conocen hoy, estaban catalogadas.

Con esa exclusividad, los salones de la alta sociedad inglesa y francesa que estuvieran adornados con orquídeas impregnaban a sus visitantes de la fragancia y el misterio de una flor desconocida que entusiasmaba por su encanto y exotismo.

Los  coleccionistas de orquídeas descubrieron que en el “Nuevo Mundo” estas plantas proliferaban en mayor cantidad y variedad que en Europa y, con la pasión de encontrar nuevas especies, se organizaron verdaderas misiones de aventureros que iban en su búsqueda a los trópicos como si de la plata y el oro de Potosí se trataran.

Del Hierro explicó que los herboristas llegaban a hacer subastas en Londres o Liverpool de las nuevas especies encontradas y que pagaban por ellas, lo que en ese tiempo podrían pagar por una mansión.

Orquideas y semen

Pero el conocimiento científico del funcionamiento de las orquídeas avanzaba lento y hasta que, en 1899, un botánico francés descubrió las diminutas semillas que esconden en sus pseudobulbos, se pensaba que las orquídeas se reproducían cuando, por casualidad, el semen de un animal o de un ser humano caía al suelo.

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Aunque ya está completamente desvelado el secreto de la reproducción de la orquídea y comprobado que, a excepción de la especie Vainillina, de la que se extrae la vainilla, la planta no tiene ninguna aplicación utilitaria, el símbolo de erotismo, fertilidad y elitismo va asociado a esta flor.

Tampoco es extraño que artistas como Elton John exijan que en sus hoteles de gira haya jarrones con orquídeas, o que en la pasada edición de los Juegos Olímpicos de Pekín, las habitaciones de los deportistas de élite tuvieran estas lindas flores.

Además, en las últimas temporadas de la moda de verano y primavera, las orquídeas han servido de inspiración a diseñadores de pasarela que han impregnado a sus modelos con los colores y las formas de estas flores, sin olvidar que la orquídea ha sido fuente de inspiración insustituible para pintores y poetas.

Pese a la incompatiblidad del conocimiento científico con la mitología, aún hoy, cuando se conoce el proceso de reproducción de las orquídeas, la planta no se deshace de ese halo de sensualidad, ya que, al contrario que otras plantas, ella no atrae a los insectos con el polen sino que mimetiza la forma y el olor de los insectos hembras para que los machos, al intentar fecundarla bajo confusión, transmitan la semilla.

El eslabón perdido

EL ESLAB"N PERDIDO.

Por esa razón,  muchos científicos consideran a la orquídea como la feromona por excelencia de la naturaleza, porque es una especialista en atraer insectos cuando ni siquiera les da a cambio unos granitos de polen, y no se conforma con cualquier insecto, sino que cada especie de orquídea, de las cerca de treinta mil conocidas, necesita de una especie de insecto concreto.

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Por otro lado, la orquídea es epífita, es decir, para crecer se hospeda en un árbol (aunque no es parásita) y por todo ello, por la gran biodiversidad donde puede crecer, ya que se desarrolla en todos los hábitats del planeta excepto en los desiertos y los glaciares, por la variedad de insectos que necesita para poder reproducirse y porque necesita de otras especies de plantas para poder vivir, la orquídea se convierte en un termómetro de la salud de un ecosistema.

Según Del Hierro, la orquídea es el eslabón perdido entre en el mundo vegetal y el mundo animal.

Con esos atributos, es lógico que una estancia adornada con orquídeas ofrezca una luz especial, pero en su hábitat natural, enredadas en las ramas de los árboles que las reciben como huéspedes, las orquídeas adquieren un misterio y un enigma que las hacen aún más bellas.

La luminosidad y el clima que regala a Ecuador la línea ecuatorial, los numerosos ríos que recorren sus cadenas montañosas y la enorme biodiversidad que otorga la Amazonía, hace que en el país se puedan encontrar las especies más raras de la familia de las orquidáceas, en palabras de Del Hierro.

Las más preciadas son milimétricas y para poder descubrir los intensos colores que diseña para ellas la naturaleza, hay que saber valorar los detalles y embarcarse en una aventura que atraviese el páramo andino, recorra bosques tropicales y desemboque en la húmeda Amazonía.

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Las alrededor de cuatro mil especies de orquídeas de las que disfruta Ecuador, de las cuales unas mil trescientas sólo se encuentran en sus tierras, hace que cada vez más personas, y no sólo científicos o especialistas, visiten el país para encontrar escondidas entre sus rincones naturales estos pequeños tesoros de la naturaleza.

Más allá de la ornamentación y el romanticismo que comúnmente desprende, la orquídea se convierte entonces en un objeto de coleccionista, que en los círculos de naturistas crea una especie de "orquideomanía" y "fiebre de la orquídea", ya que aún se descubren especies nuevas.

Pero como avisa Del Hierro,  los ecosistemas sanos, imprescindibles para el desarrollo de esta planta, con la deforestación, la erosión y el cambio climático, están en peligro y por tanto, también su reproducción.

El acercamiento consciente al medioambiente de la mano de las orquídeas, actividad que cada vez consigue más adictos, muestra a la persona ávida de curiosidad y fascinación, los tesoros y maravillas que esconde la naturaleza y desvela que los microcosmos que la hacen funcionar son los latidos de vida en el planeta.

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