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Crónica desde Honduras del surgimiento de un mito

Crónica desde Honduras del surgimiento de un mito

Una periodista hondureña cuenta lo ocurrido en el entierro de la dirigente asesinada Berta Cáceres

Miles asistieron al sepelio de la ambientalista Berta Cáceres /Univision

Por Jennifer Ávila

Miles de personas se movilizaron hacia La Esperanza, Intubucá, a 191 kilómetros de la capital de Honduras, para dar sepultura al cuerpo de la ambientalista y defensora del pueblo lenca Berta Cáceres. En esta ciudad nació Cáceres y allí en su casa fue asesinada el jueves 3 de marzo en la madrugada. En idiomas nativos de pueblos indígenas y garífunas le dieron el último adiós, en medio del dolor, la música y ritmo de tambores. Esta dirigente indígena era ya muy conocida, pero aquellos que quisieron callarla a balazos la han convertido en un mito para la eternidad.

Antes del entierro, sus hijas Olivia, Bertha y Laura, su hijo Salvador, su madre Austra Berth realizaron una conferencia de prensa en la que leyeron un comunicado donde exigieron una comisión internacional pactada entre el Estado de Honduras y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para esclarecer el asesinato de Cáceres, quien recientemente había sido reconocida con el premio Ambiental Goldman.

Cáceres contaba con medidas cautelares otorgadas por la Organización de Estados Americanos, por lo cual la familia y miembros del Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh) exigen que la investigación sea canalizada por este ente, ya que no confían en las acciones que el gobierno de Honduras ha emprendido para esclarecer su asesinato.

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Su hija mayor, Olivia Marcela Zúniga, también activista reconocida en Honduras, responsabilizó al Estado de Honduras y a la empresa Desarrollos Energéticos (DESA Honduras) de atentados que ella o su familia pudieran sufrir después del asesinato de su madre.

DESA es una empresa privada de capital hondureño que junto a la trasnacional china Sinohydro construyen la represa Agua Zarca sobre el río Gualcarque que atraviesa dos departamentos: Santa Bárbara e Intibucá, al occidente de Honduras y poblados por la etnia lenca. Esta empresa violó el artículo 169 de la Organización Internacional del Trabajo que obliga a las empresas y a los Estados a realizar una consulta previa, libre e informada en las comunidades donde proyectos de desarrollo van a impactar.

“Exigimos que se cancelen todas las concesiones de los ríos, que corra libre el río Gualcarque. Y que se vaya la empresa DESA”, dijo elevando la voz frente a periodistas y personas que acompañaron el entierro.

DESA envió un comunicado lamentando el asesinato de la ambientalista Berta Cáceres, cosa que sus hijas e hijo rechazaron públicamente.

Además recalcaron que muchas personas dentro de los territorios concesionados en los departamentos con población de la etnia lenca (Santa Bárbara, Intibucá y La Paz, al occidente de Honduras) están en contra de la instalación de hidroeléctricas y minería y después del asesinato de Cáceres quedan más vulnerables.

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“Nadie está preguntando esto, pero quiero decir que la gente está expuesta a que la asesinen en las comunidades. Exigimos al Estado de Honduras que garantice la vida de los defensores y defensoras”, agregó Olivia. No en vano, este país está considerado el más peligroso del mundo para los defensores del medio ambiente.

El comunicado familiar expresa claramente la desconfianza en el gobierno de Honduras, apoyado por el gobierno de Estados Unidos en las líneas de investigación que llevan en el caso de Cáceres. Dos personas requeridas por el Ministerio Público el día de su asesinato eran miembros del Copinh, pero fueron liberadas posteriormente.

La familia y organizaciones defensoras de derechos humanos como el Movimiento Amplio por la Dignidad y la Justicia (MADJ) denunciaron que las autoridades están guiando la investigación hacia un crimen de índole personal sin tomar en cuenta las amenazas que Berta había recibido más de índole político.

“Queremos que se respete la integridad de su figura de resistencia. Ella es una eterna luchadora en contra del racismo, del patriarcado y el sistema capitalista opresor y asesino. Su lucha está atravesada por un fuerte antiimperialismo, corroborado constantemente en sus prácticas internacionales y su total rechazo al golpe de Estado financiado y apoyado por los Estados Unidos, que fue el inicio de la entrega del territorio nacional a las empresas transnacionales en detrimento de los derechos del pueblo Lenca y de la población hondureña,”, dice el comunicado de la familia [ aquí lo puedes leerlo de forma íntegra y escuchar el audio de su lectura].

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Olivia es la mayor de tres hijas y un hijo de Berta Cáceres, los cuatro jóvenes de menos de 30 años de edad. La voz y la fuerza de Berta quedan presente en ellos, y quienes acompañaban el sepelio lo comentaban: “ellos son los que seguirán la lucha”.

Los invisibles que Berta amó

Después de la conferencia de prensa, Salvador Zúniga, ex esposo de Cáceres y también activista del pueblo lenca organizó una caminata hacia un lugar insignia de la ciudad. Una estructura de piedra parecida a un santuario construido por privados de libertad hace más de 50 años llamada La Gruta.

Entre la multitud, se desvanecían los rostros delgados y tristes de las mujeres de Río Blanco, Intibucá, la comunidad lenca por la que tanto luchó Berta Cáceres y por la cual fue reconocida por el premio Goldman en Estados Unidos. Llevaban incienso, hecho con materiales de su tierra, sus pinos y plantas. Y cargaban su tristeza en silencio, no hablaban con nadie, no tomaron el micrófono para decir sus últimas palabras. En silencio corrían sus lágrimas.

Muchas eran mujeres, que en estado de desnutrición, cargaban a sus hijos y apenas podían hablar cuando se les preguntaba qué significa Berta para ellas. Enma, una mujer joven, con los ojos hundidos por la delgadez, cargaba en un brazo a su bebé y en el otro un recipiente con tortillas para comer un poco. Llevaba ya dos noches en vela, llorando en silencio.

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A su par estaba Paulina, una lenca defensora del río Gualcarque, que llevaba una cinta en la frente que decía “Todas somos Berta”. Ella estuvo con Berta un día antes de su muerte y recuerda las últimas palabras que les dijo a ella y un grupo de indígenas de Río Blanco: “Sigan la lucha, incluso cuando yo ya no esté”.

“Ella sabía que la iban a matar. A nosotros no nos van a parar y no tenemos miedo”, dijo Paulina, intentando detener el llanto.

También estaba allí Allan García, hijo de Tomás García, defensor del río Gualcarque asesinado el 15 de julio de 2013 por militares. Caminaba lento y paraba cuando sentía que no podía más. Se alejaba de la multitud y en cualquier esquina se agachaba para llorar. Allan dice que no sabe qué pasará ahora en la comunidad, en la lucha que le quitó a su padre y a una gran amiga y soporte. Allan quedó huérfano.

Dos autobuses salieron de la comunidad lenca de Río Blanco, lleno de estas mujeres de poca estatura y gran temple. Muchos jóvenes que escucharon con atención las palabras de Berta y que se comprometieron con ella, un día antes de su asesinato, a seguir defendiendo sus bienes naturales de quienes pretenden usarlos en proyectos sin consultar a los más pobres.

Desde el atlántico hondureño también se unió el pueblo garífuna y Mirian Miranda, una de sus lideresas más importantes, ganadora del premio de soberanía alimentaria por la organización US Food Sovereignty Alliance (Alianza Estadounidense para la soberanía alimentaria), quienes llegaron a despedir a Berta.

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Sin embargo, era difícil acceder a Miranda. Un grupo de hombres de la cultura rastafari la llevaban cercada entre sus largos brazos que unidos formaban una burbuja de donde ella no podía salir. Se movilizaban así a todos lados. Toda la comunidad teme que Mirian Miranda sea la siguiente víctima.

“Sí, quedamos vulnerables con el asesinato de nuestra compañera, pero las defensoras vamos a seguir construyendo un mundo donde ya no haya violencia”, expresó.

Unión de espiritualidades

La familia de Berta había previsto una celebración litúrgica en la iglesia católica de la ciudad con los sacerdotes que la conocieron y acompañaron. Sin embargo, el viernes por la noche, durante el velatorio, los sacerdotes recibieron órdenes de la cúpula de la iglesia católica en el sector, a cargo del obispo Darwin Andino, de celebrar una misa con el sacerdote que él asignara y el contenido que él aprobara.

La celebración, con estas condiciones, no se realizó.

Por el contrario, las miles de personas que acompañaban a Berta hacia el cementerio determinó realizar un acto ecuménico que recogiera todas las espiritualidades allí presentes, que Berta admiraba en vida. Así la celebración se realizó en varios idiomas: garífuna (de las comunidades caribeñas de Honduras), miskito (de la selva miskita), lenca, español e inglés.

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Los sacerdotes Ismael Moreno SJ, Fausto Milla y Cesar Espinoza dirigieron la oración e invitaron a la reverenda Debora Lee del Movimiento Interreligioso por la Integridad Humana de Estados Unidos ( Interfaith Movement for Human Integrity) que llegó a acompañar el sepelio.

En su intervención, Lee exigió al gobierno de Estados Unidos retirar toda ayuda militar a Honduras, mientras la gente presente gritaba: “¡fuera las bases militares!”

“Esta es la iglesia, la que no está encerrada en cuatro paredes. La que tiene fe en el Dios de la vida y la que no se queda callada”, expresó el sacerdote jesuita Ismael Moreno durante el acto.

También el sacerdote naturista Fausto Milla, quien era cercano a la causa de Berta Cáceres dijo: “Padre nuestro, líbranos del mal de la resignación. Que este asesinato no nos lleve a la resignación y líbranos de la inconciencia”.

Las comunidades indígenas maya-quechí de Guatemala se hicieron presentes y saludaron en su idioma, pidiendo respeto al “territorio-cuerpo”, de quienes defienden la vida en toda la región centroamericana.

Luego el sitio se llenó de sahumerios garífunas, quienes cantando, fumando puro y elevando incienso de sus raíces ancestrales, llevaron la tonada del padre nuestro rezado en los diferentes idiomas.

Sobre el ataúd se colocaron los símbolos del pueblo indígena; granos de maíz, plantas medicinales, telares hechos por mujeres lencas, para regresar el cuerpo de Berta a la tierra.

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Durante la oración, Salvador Zúniga, ex compañero de vida y lucha de Berta Cáceres, con quien tuvo 4 hijos, desconsoladamente pidió perdón a su familia por no haber cuidado de ella.

“Doña Austra Berta (madre de Berta), perdóneme por no haber cuidado a su hijita. Hijas, hijo, perdónenme por no haber cuidado de ella. Berta perdóname, muchas veces te herí y no entendí tu grandeza, no la entendí”, gritaba Salvador, mientras su familia y amigos alrededor lloraban por su impotencia.

Zúniga dirige el Consejo Indígena Popular de Honduras (CINPH) con su hija Olivia Marcela. Ambos han recibido múltiples amenazas por parte de autoridades municipales, que ellos han hecho públicas.

-¿Teme por la vida de sus hijas?

-"Absolutamente. Estamos conscientes que este riesgo lo corren mis hijas, mi hijo, los luchadores de las comunidades, esto no va a parar. Los hondureños y las hondureñas si no nos movilizamos, si no cambiamos este sistema de injusticias no vamos a poder vivir seguros, porque quienes gobiernan aquí tienen las armas".

"El Congreso Nacional debe declarar intocable el río Gualcarque, cancelar la represa que se construye aquí. También los organismos que financian estas empresas, a partir de este crimen, deja claro que no son empresas limpias, se les debe cortar el financiamiento”, exigió Zúniga.

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La oración se convirtió poco a poco en un acto de protesta que llamaba a toda la población hondureña a movilizarse para exigir justicia y el cese de tanta violencia.

El día terminó en el cementerio, con un cielo gris y a medio llover.

Después de un un acto entre las lencas y garífunas para retornar el cuerpo de Berta a la tierra y elevar su alma para que se quede con el pueblo, la población se reunió en el centro de capacitación Utopía, donde Berta invitaba a las organizaciones a compartir sus sueños y luchas.

Con velas y antorchas, repitieron que quieren justicia. En ese momento, cuando la noche ya había caído, a 191 kilómetros de La Esperanza, en la capital de Honduras, se perpetraba una masacre en la que murieron 10 personas a manos de hombres armados con AK47. “Esto no va a parar”, resuenan las palabras de Salvador Zúniga, “vivimos en un país violento”.


* Periodista hondureña. Trabaja en la emisora Radio Progreso en Honduras. Es integrante de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes.

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