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Donald Trump.

Las naranjas se acomodan solitas… pero hay que darles un empujón

Las naranjas se acomodan solitas… pero hay que darles un empujón

Han transcurrido ya dos meses desde que el billonario y precandidato republicano caracterizó a los mexicanos cion duros términos.

Donald Trump.
Donald Trump.

Por Arturo Sarukhán ( *)

Han transcurrido ya dos meses desde que el billonario y precandidato republicano Donald Trump, imbuido por una mezcla de populismo, demagogia, nativismo y xenofobia, caracterizó a los migrantes mexicanos en Estados Unidos como “violadores” e inició lo que ha sido una diatriba prácticamente diaria contra México y la migración indocumentada, articulada con base en mitos, falsedades y una indiferencia absoluta hacia los datos duros y las realidades duales de los actuales patrones de flujos migratorios y las contribuciones de millones de migrantes al bienestar y la prosperidad de esta nación. De entrada seamos muy precisos; es un hecho que las bravuconadas de Trump persiguen como axioma lo que siempre lo ha caracterizado a lo largo de los años: atraer a como dé lugar los reflectores de los medios. De hecho, el lugar más peligroso para estar parado es entre Trump y una cámara de televisión. Y es que llamar la atención es particularmente relevante en este momento en que suman ya 17 los precandidatos republicanos y por ende es menester sobresalir a como dé lugar para ganar tracción mediática y política a estas alturas de la incipiente contienda y de cara al primer caucus y las primarias que arrancarán en febrero del próximo año en Iowa y Nueva Hampshire, respectivamente.

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Pero ese lamentable y deleznable posicionamiento, seguido ahora por la divulgación de una especie de manifiesto en materia migratoria que el empresario hizo público hace algunos días, también ha abierto ventanas de oportunidad para cinco actores distintos en este país. La primera de ellas es la que se abre para la comunidad hispana y para su creciente empoderamiento económico y político. El poder adquisitivo de los hispanos en esta nación alcanzará 1.5 billones de dólares en 2015, y con una edad promedio de 27 años son una década más joven que la media estadounidense. Ello explica en gran parte la decisión de Macy’s y NBC-Universal y de el chef José Andrés, siguiendo el ejemplo loable y pionero de Univision, de cancelar contratos con Trump. Si a ello agregamos que el voto hispano ya decantó en 2008 la elección y en 2012 la reelección del presidente Barack Obama en los llamados estados bisagra de Nevada, Colorado, Virginia, Carolina del Norte y Florida, la comunidad hispana ha aprovechado con creces las declaraciones de Trump para movilizarse y mostrar su creciente musculatura política.

La segunda de las ventanas les abre a empresas mexicanas con presencia e intereses en el mercado estadounidense una oportunidad para hacer por primera vez causa común con esta comunidad y particularmente con la diáspora mexicana y mexicoamericana. Las acciones tomadas por Televisa y Grupo Carso contra Trump, en resonancia con las de Univision, son un paso en la dirección correcta para el empresariado mexicano: conectar más y mejor con los hispanos, no sólo como consumidores potenciales sino como aliados de sus causas y de sus aspiraciones.

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Las siguientes dos ventanas son las que deberían aprovechar tanto el partido Republicano como el partido Demócrata. Mientras que el partido Republicano aparentemente está empecinado, en una especie de autogol tras autogol con el electorado hispano, en ver quién le gana a Trump con las posiciones más antiinmigrantes, en el partido Demócrata no han sabido cómo sacarle jugo a este episodio. Para los demócratas, Trump les pone en una bandeja de plata una oportunidad más para posicionarse indefectiblemente a favor de la reforma migratoria y abrir en sus filas mayores espacios de representación para candidaturas de elección popular a nivel nacional para hispanos. La reciente elección para la alcaldía de Chicago, en la cual un concejal de origen mexicano, ‘Chuy’ García, obligó al alcalde Rahm Emanuel a ir a segunda vuelta electoral, es una lección y llamada de atención para ese partido de que no debe dar por sentado y como un hecho indefectible el apoyo electoral hispano. Pero para el partido Republicano lo que está en juego con este episodio es aun más trascendente. Con algunas excepciones notables, su liderazgo sigue sin rechazar públicamente las declaraciones de Trump y cuestionar sus posiciones crecientemente extremistas como la de declarar que el derecho a la nacionalidad estadounidense por nacimiento debe ser abrogado y que la propia Enmienda 14 de la Constitución de los Estados Unidos de América es “anticonstitucional”. Los republicanos confrontan una disyuntiva fundamental para la elección presidencial en 2016: cómo motivar a su base -que siempre ha sido la clave para su éxito electoral- sin abrirle la puerta al sector más radical sobre el cual se ha montado Trump y sin enajenar a jóvenes e independientes, un bloque de votantes que será decisivo en 2016 para ganar la elección presidencial y ocupar la Casa Blanca. Y dados los cambios demográficos y políticos que se perfilan en Estados Unidos (la comunidad hispana ya se convirtió el mes pasado en mayoría en California), si el partido Republicano desea ser opción político-electoral real para la presidencia en el futuro, debe buscar la manera de reconectar con los hispanos. Cuando uno está en un hoyo, la única manera de salir de él es dejar de cavar; Trump podría brindar a candidatos más moderados la oportunidad para pivotear, denunciar al empresario y comenzar el difícil proceso de salir de ese hoyo y reconstruir su relación con el votante hispano.

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Finalmente, para el último de los cinco actores que abordo en esta columna, el gobierno mexicano, existe una ventana abierta para que éste aproveche una oportunidad de oro para abonar al trabajo de alianza que se hizo desde la Embajada mexicana en Washington en años recientes con organizaciones cupulares hispanas en todo Estados Unidos y coadyuve a la tracción política de la movilización contra Trump. Algunos de los actores que menciono aquí ya han sabido aprovechar las declaraciones de éste para hacer con ellas  una especie de jiu-jitsu; otros aún no lo hacen, ya sea por temor a encarar la ola populista en la que está montado Trump, o por incapacidad o porque, en el caso particular de México, van ya seis meses sin que se cuente en Washington con un Embajador que pueda salir a la palestra a defender a los migrantes mexicanos y promover la visión de una agenda mutuamente provechosa entre México y Estados Unidos.

No cabe duda que la decisión de Trump de usar un discurso antiinmigrante tiene eco y es popular entre sectores conservadores de opinión pública estadounidense. En parte es porque regurgita y se alimenta de la xenofobia de esos sectores (que me ha tocado atestiguar y experimentar en carne propia a través de mi cuenta en Twitter, como respuesta a entrevistas que he dado en días recientes a la televisión angloparlante de este país sobre Trump y sus posiciones), pero también porque está capitalizando, quizá de la misma manera que el Senador Bernie Sanders en estados como New Hampshire y Iowa en la contienda demócrata, un sentimiento de hartazgo frente a lo que muchos perciben como “más de lo mismo” en la política y hacia políticos tradicionales.

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El que Trump encabece los sondeos de opinión -a pesar del mal papel que desempeñó en el primer debate entre contendientes republicanos así como de sus declaraciones sin sustento alguno e irresponsables y misóginas- dan testimonio de ello. Pero la secuela más importante de todo este capitulo para el futuro del país es que el estridentismo de Trump, y la ausencia hasta el momento de una respuesta de rechazo sin ambages por parte de otros contendientes con posibilidades reales de obtener la nominación republicana con respecto a los posicionamientos de Trump con relación a la migración, pone en jaque la relación de ese partido con votantes hispanos.

Para comprender los posibles efectos de esto basta ver la historia política reciente de California y de Texas. En 1994, dos futuros aspirantes presidenciales republicanos, los gobernadores Pete Wilson de California y George W. Bush de Texas, establecieron cada uno relaciones diametralmente opuestas con la comunidad hispana. Lo que acabaría sucediendo con sus aspiraciones políticas a nivel nacional, su relación con la comunidad hispana y la interacción futura de su estado con México deberían ser una lección para el partido Republicano de cómo sí y cómo no posicionarse con respecto al votante hispano y el tema de la migración. Hace 21 años, California era un estado bisagra que generalmente se decantaba a favor del partido Republicano, dándole a ese partido el control de la Casa Blanca en seis elecciones presidenciales consecutivas. Ahora California es abrumadoramente Demócrata. ¿Qué fue lo que ocurrió? Entre diversos factores, la respuesta radica en la decisión del gobernador Wilson "y del partido Republicano de California- de apoyar y promover activamente la infame proposición 187 (la iniciativa ‘Save our State’ o SOS por sus siglas en inglés). Si bien la ley eventualmente fue declarada anticonstitucional, aquella se convirtió en una cuña que perdura al día de hoy entre los hispanos en California y el partido Republicano. La campaña de Wilson para la nominación de su partido en 1996 duró apenas un mes, desde 1994 California jamás ha vuelto a votar a favor de un candidato republicano a la presidencia y al día de hoy los demócratas tienen una ventaja de dos a uno tanto en la Asamblea como en el Senado estatales.  Mientras tanto en Texas, en 1994 el partido Demócrata controlaba la gubernatura y los demócratas texanos como Lloyd Bensten jugaban un papel central en la vida política de Estados Unidos. Pero George W. Bush entendió el peso y el papel del votante hispano, garantizando que el partido Republicano en Texas reclutara activamente a hispanos y de paso arrebatando la gubernatura a los demócratas. Ningún republicano ha capturado como Bush el número récord de votantes hispanos que lo apoyaron en su elección  en 2000 y su reelección en 2004, y desde 1994 ningún demócrata ha sido electo a la gubernatura o a los escaños texanos en el Senado.

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El que el pasado pueda ser prólogo con el partido Republicano es una de las razones por las cuales no debemos sobredimensionar a Trump ni darle el oxigeno mediático que anhela por encima de todo. Es más, una vez superado el proceso primario de su partido, y una vez echada a andar la primaria, estoy convencido de que, como decía mi abuelo, las “naranjas se irán acomodando solitas”, y que es altamente probable que no será Trump quien ostente la nominación republicana. Es posible incluso que, como Ross Perot antes que él, acabe lanzándose como candidato independiente, restando votos a su actual partido. Sin embargo y no obstante lo anterior, sí tenemos la responsabilidad de confrontarlo por principio. No podemos dejar que siga secuestrando, empujando a un extremo y tergiversando el debate en este país sobre la migración porque persiste la inaplazable necesidad de una reforma en Estados Unidos, y porque sus declaraciones alimentan percepciones negativas de los migrantes, de la migración latinoamericana y sobre México que persisten y pululan en algunos sectores de opinión en Estados Unidos.

(*) Exembajador de México en Estados Unidos

Nota:

La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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