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Las dos caras de Lula

Las dos caras de Lula

Fue Brasil y no Venezuela, aunque Caracas orquestó la operación, que permitió el ingreso a la sede diplomática en Tegucigalpa a Zelaya.

La historia del mandatario brasileño tiene mucho del Príncipe y

Mendigo. De limpiabotas, obrero industrial, dirigente sindical, pasó a

fundar el Partido dos Trabalhadores (PT), 1980, un grupo muy complejo

compuesto por dirigentes gremiales, ex guerrilleros, intelectuales de

izquierda y hasta personalidades provenientes de la Teología de la

Liberación.

El Partido se identificó con el socialismo, y aunque ponía reparos a

ciertos aspectos del denominado socialismo real que imperaba en los

países del este de Europa, esa posición crítica no le impidió una

estrecha relación con la dictadura de Fidel Castro, acercamiento que

han protagonizado el propio Lula de Silva y uno de sus más estrechos

colaboradores, José Dirceu, quien recibió entrenamiento guerrillero en

Cuba en los años sesentas.

Por su intensa actividad se aprecia que da Silva es un trabajador

incansable. Fundó una central de trabajadores en 1986, más tarde,

diputado federal y tres años después fue el segundo candidato más

votado en los comicios presidenciales.

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En 1990 junto a Fidel Castro organizó el Foro de Sao Paulo que pretende

y lo ha logrado con éxito, reorganizar los partidos políticos y

movimientos de la izquierda latinoamericana que habían resultado muy

afectados con el derrumbe del bloque comunista europeo.

El Foro, -es un aparato de múltiples colores políticos que reúne

organizaciones democráticas como el Partido de la Revolución Mexicana y

el Frente Amplio de Uruguay, dirigentes políticos como Hugo Chávez y

Evo Morales, también organizaciones de narcoguerrilleros y terroristas

como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -, tiene como fin

tomar el poder político en todos los países del hemisferio y refundar

las naciones en base a los proyectos que auspicien los dirigentes

nacionales, sin perder de vista una solidaridad activa que les facilite

la continuidad en el poder.

La organización ha logrado progresos indiscutibles. Venezuela, Brasil,

Argentina, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Chile y Ecuador

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están bajo su influencia, o gobernadas directamente por los miembros

del Foro, que no ceja en su labor proselitista y en el fortalecimiento

de sus proyectos.

Si la gestión política de Lula da Silva ha sorprendido por una

orientación económica que respeta las normas capitalistas, mayor

asombro ha causado que con sus credenciales socialistas y en un periodo

en el que América sufre una epidemia de reformas constitucionales que

legitiman el despotismo electoral haya rechazado, a pesar de contar

con un amplio apoyo popular, la posibilidad de una segunda

reelección.

Lula que heredó la exitosa tarea que cumplió durante su mandato

Fernando Enrique Cardoso, está consciente del papel hegemónico de

Brasil en el continente, particularmente en el Sur, y que el coloso del

área, Estados Unidos, no puede tomar una decisión sin entrar a

considerar la opinión que tenga sobre el asunto Brasilia, que se ha

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convertido en una especie de arbitro interesado en el resultado que

tengan los diferendos que se produzcan en el hemisferio.

Lula da Silva, sin el histerismo de sus aliados, ha confrontado con

éxito a los Estados Unidos, y le ha hecho conocer cuales son sus

intereses y que no cejara en su empeño porque estos se concreten. Ha

buscado aliado fuera del continente y en los foros internacionales

enfatiza sus diferencias con Washington, a la vez que insiste en lograr

un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y

fortalecer la moneda nacional en detrimento del debilitado dólar. Hasta

aquí un nacionalismo valido y respetable.

Su labor internacional ha sido intensa. Ha participado en los foros

internacionales más importantes y gracias al peso específico ascendente

de su país, tanto en política como en economía, se ha ganado la

consideración y el respeto de los gobiernos más poderosos del orbe y su

nivel de influencia en el panorama mundial ha llegado a niveles sin

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precedentes en toda la historia de la nación sudamericana.

Pero el mandatario brasileño tiene dos caras. Ha practicado la

política de la manzana, blanco por dentro y rojo por fuera, en lo que

respecta a su actitud ante los gobiernos populistas de izquierda que

padece el continente.

Es una realidad que impulsa para Brasil el progreso, con libertades

públicas y propiedad privada, pero es totalmente indulgente con sus

camaradas del Foro de Sao Paulo, que no cesan de tomar las medidas

necesarias para instaurar dictaduras unipersonales con el misticismo

del inexplicable socialismo del Siglo XXI.

Su silencio cómplice ante los abusos de poder en que ha incurrido Hugo

Chávez, los desmanes del presidente boliviano Evo Morales, el

despotismo del ecuatoriano Rafael Correa y las manipulaciones de Daniel

Ortega en Nicaragua, no se corresponde con la imagen de hombre

tolerante y respetuoso de las ideas ajenas, que muestra a los gobiernos

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de los países más desarrollados. Lula solo enfrenta a sus aliados

ideológicos, cuando estos afectan los intereses de Brasil, mientras

tanto acepta sin protestar las depredaciones contra los demócratas que

en el marco de sus fronteras realizan sus homólogos de la Alianza

Bolivariana de Las Américas.

Otro ejemplo de la doble moral de da Silva, es su intensa labor

personal a favor del ingreso de Cuba al Grupo de Rió y sus esfuerzo

porque la Organización de Estados Americanos suspendiera las sanciones

impuestas a La Habana en 1962. El presidente brasileño que ha viajado a

Cuba en varias ocasiones, nunca se ha interesado en promover una

transición a la democracia en la isla.

Pero si dudas en lo que Lula da Silva ha mostrado a plena luz su

"socialismo real" ha sido en el caso hondureño. El protagonismo de su

gobierno ha sustituido el que en su momento asumió Hugo Chávez cuando

envió a su canciller a la frontera de Honduras con Nicaragua.

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En las últimas semanas ha sido el gobierno de Brasil el aliado más

firme del depuesto mandatario Manuel Zelaya, un compromiso con la

democracia que no manifestó cuando Zelaya intentó imponer un referendo

en su país para buscar una reelección a semejanza de Chávez, Correa y

Morales. Su labor de a favor de severas sanciones contra el gobierno

provisional de Honduras contrarresta con su política de puertas

abiertas a favor del gobierno de los Castro en Cuba.

Fue Brasil y no Venezuela, aunque Caracas fue quien orquestó la

operación, que permitió el ingreso a la sede diplomática en Tegucigalpa

a Zelaya. Es un hecho sin precedentes, porque el asilo en América

Latina está consagrado cuando se procura refugio dentro del país, no

cuando se viaja del exterior para entrar subrepticiamente a una

embajada, pero como si fuera poco el derrocado presidente ha usado la

protección de Brasilia, para instigar a la violencia y la insurrección,

lo que ha ocasionado perdidas de vida, daños a la propiedad pública y

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privada, e inseguridad ciudadana.

Por su parte el Lula da Silva, que no reconoce el gobierno de Honduras

y que en justicia no tiene derecho a proteger a ninguna personas que

haya ingresado a un edificio propiedad de su gobierno de la forma que

lo hizo Zelaya, ha contestado con soberbia imperial, tal vez ni el

emperador brasileño Pedro I, lo habría dicho, "que el depuesto

mandatario se quedará en la embajada el tiempo que sea necesario para

garantizar su seguridad", a lo que agregó, "Lo que no es normal no es

que Zelaya haya vuelto, sino que el tal Roberto Micheletti se haya

quedado".

Lula ha actuado con extremo cinismo en sus relaciones con los

demócratas del continente, por lo que tienen todo el derecho a

considerar que ha estado fungiendo como el policía "bueno" de la

izquierda política del hemisferio, mientras Chávez y comparsa, cumplen

con el rol de "malo", pero que a fin de cuentas todos quieren lo

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mismos: El poder para imponer sus convicciones.

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