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La perversión carioca

La perversión carioca

Martín Caparrós nos explica el extraño sentimiento de los brasileños ante una final jamás pronosticada.

Por Martín Caparrós

La psicología vulgarizada lo llama Síndrome de Estocolmo: cuando la víctima se identifica con el victimario o, más específico, el secuestrado con su secuestrador. Y, más en general, se podría hablar de Síndrome del Salvador (Político) cuando personas creen que ése que los hundió puede, de algún modo, reflotarlos.

Millones de brasileños parecen estar cayendo en el S.S.(P.): aparecen tapas en los diarios, comentarios en las esquinas y en las radios, un clamor casi general que desea que Alemania gane la final.

O, mejor dicho: que le gane a Argentina. “Alemanes desde chiquitos”, dice la tapa de su diario deportivo Lance sobre una foto de Podolski y una nena amazónica y, más abajo: “Alemania ya acabó con el sueño del hexa brasileño. Ahora, ¡que impida el tri de los argentinos!”

Debe ser duro tener que esperar la victoria de quien acaba de deshacerte y humillarte: sombrío, perversito. No sé cómo lo sostendrán.

Prefiero no imaginar a miles de cariocas intentando el Deutschland über Alles en el Maracaná. Supongo que les saldría mal, les quedaría feúcho, y que van a preferir revender sus entradas "aunque cada venta sea otra constancia del fracaso. Pero al hacerlo unen lo útil a lo desagradable: las más recónditas ya se cotizan a unos 4.000 dólares y las coquetas a más de 15.000; cuando la tele muestre, el domingo, la fiesta popular en las tribunas, la simpática pasión de los pintados blanquiazules, será difícil olvidar la obscenidad de esos dineros.

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Aunque algunos locales irán, oportunistas, para chiflar a su presidenta cuando entregue la copa. (Y la agencia de prensa oficial cuenta que Dilma le dijo a un visitante de palacio que habría querido jugar el partido por el tercer puesto con Argentina para meterles cuatro, porque así se enfriaría un poco el dolor de la derrota).

Siguen creyendo "muchos de ellos" que lo peor que les podría pasar es que Argentina se lleve “su” trofeo.

Lo dicen intensos, sentidos: como si eso cambiara algo en las relaciones entre los dos países; como si eso definiera algo. Que les hayamos ganado "sin ganarles" en este campeonato no quita que Brasil sea el séptimo país más rico del mundo y Argentina el treintitantos "al revés que hace cien años", que Brasil fabrique los aviones y los coches que la Argentina dejó de fabricar, que sus exportaciones estén por todas partes y sea una de las potencias del nuevo orden mundial y la Argentina lo mire desde la tribuna, con la vergüenza de haber "casi" sido y el dolor de ya no ser.

Son las confusiones que crea el fútbol: como si allí se jugara algo en serio. Como si el símbolo fuera lo simbolizado.

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