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Soldados vigilan la propiedad donde fue hallada la salida del túnel que utilizó el Chapo Guzmán para escapar de la cárcel de seguridad de El Altiplano.  (Foto de Maye Primera).

La fuga de El Chapo: Visión de túnel

La fuga de El Chapo: Visión de túnel

Por Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos, comenta el escándalo tras la fuga del capo de Sinaloa

Soldados vigilan la propiedad donde fue hallada la salida del túnel que...
Soldados vigilan la propiedad donde fue hallada la salida del túnel que utilizó el Chapo Guzmán para escapar de la cárcel de seguridad de El Altiplano.  (Foto de Maye Primera).

Por Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos

Si alguien a estas alturas del partido aún albergaba dudas de que una de las dos grandes asignaturas estructurales pendientes que hoy enfrenta México es el Estado de derecho (el rezago educativo es la otra), la segunda fuga de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán debiera dejar en claro que el país no puede darse el lujo de seguir haciéndose de la vista gorda y jugando al bote pateado con el tema de la seguridad humana, el fortalecimiento de las instituciones de procuración e impartición de justicia y el combate frontal a la corrupción endémica que tanto daño hace al bienestar, seguridad y prosperidad de la nación. Dejemos a un lado por el momento el lodo en la cara con el que ha quedado exhibido México ante los ojos de la comunidad internacional como resultado de las imágenes de un túnel de un kilómetro y medio cavado por debajo de un penal de máxima seguridad del país y que circularon en la prensa mundial. Desvirtuando ligeramente las líneas de Shakespeare en su ‘Hamlet’, algo está podrido en el reino de México, pero a diferencia de las intrigas palaciegas de la corte danesa shakesperiana, esa podredumbre no es el resultado del “reinado” en turno. Lleva décadas "y gobiernos de distinto signo partidista" gestándose y muy pocos actores en México "ya sea en lo individual o en lo institucional" pueden, en una casa que es de cristal, lanzar la primera piedra. Los llamados memes que circularon en redes sociales inmediatamente después de conocerse la noticia de la fuga del narcotraficante, retomando el reclamo mundialista de la eliminación con Holanda en el campeonato de Brasil en 2014 como resultado de un penalti inexistente "a decir, #EseNoFuePenal" y con ello haciendo escarnio del sistema penitenciario mexicano, reflejan con precisión el hastío y desencanto con el sistema judicial que nos ha sido heredado a los mexicanos en ésta, la segunda década del siglo XXI. Pero la pregunta que se debe formular ahora no es quién es el responsable, por mucho que quienes sean directamente culpables del escape de Guzmán de la prisión de máxima seguridad de El Altiplano tengan que rendir cuentas. La pregunta clave es cómo ir hacia delante; cómo aprovechar las circunstancias actuales para confrontar la corrupción, reconstruir instituciones y fortalecer el Estado de derecho, devolviendo también en el proceso al Estado mexicano el monopolio del uso legítimo de la violencia. En pocas palabras, nunca hay que desaprovechar una buena crisis, y la crisis que ha desatado Guzmán debe ser utilizada por el gobierno, por los partidos políticos, por el empresariado y por la sociedad civil para impulsar un cambio radical en la manera de confrontar la inseguridad y la debilidad de la justicia mexicana.

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De entrada sería erróneo asumir que el efecto criminal de las drogas ilícitas en México "o para el caso en la mayor parte de Latinoamérica" se explica solo por las rentas del narcotráfico o la presencia y capacidad de operación del crimen organizado trasnacional. Es también "y fundamentalmente" el resultado de la debilidad del Estado, los patrones y hábitos de ilegalidad prevalecientes en la ciudadanía, y la debilidad "o en algunos casos inexistencia" del Estado de derecho. El narcotráfico y el crimen organizado son hoy por hoy la expresión más palpable de esa debilidad. Pensar que el crimen organizado es en sí mismo el meollo del problema de seguridad y justicia en México sería de una miopía galopante. El crimen organizado, y en particular su actividad en materia de drogas ilícitas, es la expresión más dolorosa y apremiante de un sistema de justicia y un corpus de legalidad putrefactos. ¿Cómo hemos llegado a este punto de quiebre en México? Entender qué es lo que ha dado pie a esta situación crítica es fundamental para evitar lecturas erróneas con respecto a la raíz del problema y las recetas necesarias para confrontarlo. Hay cuatro vectores clave a considerar.

Primero, ninguna política social a nivel mundial ha fracasado de manera tan estrepitosa como la lucha contra la producción, trasiego y consumo de drogas ilícitas. A Einstein se le atribuye (a pesar de que aparentemente en la realidad nunca llegó a decirlo) el dicho de que la locura es hacer la misma cosa una y otra vez y esperar resultados distintos. Y eso es precisamente lo que la comunidad internacional y sus organismos multilaterales han venido haciendo "en gran parte acicateados por Estados Unidos" durante más de tres décadas a través de un paradigma que predicaba que si se lograba afectar sustancialmente la producción y trasiego de drogas, el consumo, vía un aumento de precios y una caída de la pureza, se vería severamente constreñido. Pero no hay que ser precisamente Einstein para darse cuenta que si la demanda de drogas es completamente inelástica y la oferta es completamente elástica, lo único que ocurrirá constriñendo la oferta es agregar incentivos y valor para que más y nuevos “actores”, es decir, delincuentes y grupos criminales trasnacionales, se dediquen precisamente a producir y a traficar.  Eso es en gran medida lo que explica en parte cómo grupos criminales en México fueron adquiriendo enorme poder y peso en la cadenas de trasiego de drogas por territorio mexicano a Estados Unidos en las últimas dos décadas, y comportándose como se comportan con violencia inusitada ahora en la disputa no sólo por el control de rutas de tráfico sino también de territorio y de plazas, ya sea para la venta al menudeo o la integración vertical de sus negocios ilícitos.

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El segundo vector es por ende un corolario del primero y va a contrapelo de lo que un sector significativo de la opinión pública en México "y en prácticamente toda Latinoamérica" manifiesta cuando habla y piensa del problema del narcotráfico: que éste “es un problema de los gringos”.  No, no lo es. Es hoy en día un problema de y para todos. La época de la certificación anual en materia de drogas en la que Washington y el Congreso estadounidense en particular cómodamente señalaban con dedo flamígero a la región y pontificaban que Colombia, Bolivia, Perú o México eran un trampolín de las drogas hacia territorio estadounidense, y que a su vez Latinoamérica respondía con estridencia nacionalista que si nosotros éramos el trampolín entonces Estados Unidos era la piscina, ha pasado ya a la historia. Hoy prácticamente todos los países en las Américas son indistinta y simultáneamente países de producción, trasiego y consumo, y por ende deben instrumentar políticas integrales así como de cooperación regional e internacional para confrontar este flagelo. Los mecanismos de intercambio de inteligencia con socios como Estados Unidos son fundamentales, y su efecto acumulado a lo largo de varios años de trabajo y análisis denodado y paciente a través de, por ejemplo, mecanismos como los centros de fusión de inteligencia implementados por Washington y Ciudad de México en el sexenio pasado, son los que condujeron al arresto de Guzmán el año pasado. Estos se deben recuperar.

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En consecuencia, el tercero de los vectores no es nada difícil de discernir. Dejar de combatir y confrontar al narcotráfico en las naciones latinoamericanas no hará que el tema de la violencia, la inseguridad publica  y la corrupción desaparezcan, dado que la raíz del problema es precisamente la debilidad de las instituciones y de un Estado de derecho inexistente o, en el mejor de los casos, frágil.  Pero lo que sí hay que hacer es modificar los paradigmas en la manera de confrontar al crimen organizado trasnacional. Durante más de una década, en parte como resultado de sus experiencias en la lucha contra el terrorismo y la insurgencia en Afganistán e Irak, Estados Unidos trasladó a los esfuerzos regionales para confrontar al narcotráfico el enfoque de arresto o decapitación del liderazgo como la estrategia para desarticular a grupos criminales. Esa estrategia de ir por los liderazgos de grupos narcotraficantes ha mostrado límites reales y podría estar generando efectos colaterales indeseados, como la atomización del crimen organizado y el hecho de que siempre habrá individuos listos, incentivados y dispuestos a tomar el lugar de otros y asumir el control operativo de dichas organizaciones. Si algo ha mostrado el doble arresto y la doble fuga de ‘El Chapo’ es que ese enfoque, por lo menos en México, no ha funcionado como se pensaba en su momento de incepción cuando autoridades de procuración de justicia y de inteligencia mexicanas y estadounidenses lo pusieron en marcha por ahí en el 2005. Crecientemente, es patente que los esfuerzos deben enfocarse, primero, a mitigar el daño, es decir, priorizar la lucha en contra de los grupos criminales más violentos y que más afectan la seguridad humana. Segundo, se deben desarticular los cuadros intermedios que son los que facilitan la operación del día a día de estos grupos. Tercero, hay que canalizar más recursos y esfuerzos a combatir el lavado de dinero y al aseguramiento de bienes y capital del narcotráfico; pocas cosas tendrán un impacto tan trascendente como eliminar recursos que el narcotráfico y el crimen organizado usan para corromper, para operar y para comprar nuevo equipo o armas. Finalmente, habría que seguir usando como en el pasado "sobretodo cuando se cuenta con instituciones judiciales débiles y sistemas penitenciarios vulnerables como es el caso de México" la extradición como herramienta para romper los mecanismos de comando, control, comunicación e inteligencia del crimen organizado.

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Esto nos lleva de la mano al cuarto y último vector, que es cómo entender y abordar el debate que se está dando en torno a la legalización de drogas ilícitas y su impacto en la huella operativa del crimen organizado. En un mundo perfecto, la legalización de drogas ilícitas eliminaría los incentivos criminales y transformaría el consumo de narcóticos y estupefacientes "como en su momento sucedió con el fin de la prohibición del alcohol en Estados Unidos" de un asunto criminal a un asunto de salud pública. Proveería al Estado de ingresos provenientes de los impuestos y permitiría canalizar recursos al tratamiento, la rehabilitación, a la educación y a la mitigación del daño. Pero el mundo no es perfecto. Dado que el talón de Aquiles mexicano es la debilidad de las instituciones de procuración de justicia y del Estado de derecho, la legalización de las drogas en Estados Unidos o incluso en México sólo tendría el efecto de ampliar el espectro de operación de la delincuencia organizada. Al no poder producir los recursos que hoy genera a través del trasiego y venta de drogas, el crimen organizado, ante la debilidad y los flancos de vulnerabilidad de instancias y dependencias de impartición de justicia mexicanas, se dedicaría de lleno a otras actividades ilícitas como el secuestro, la extorsión, o el tráfico sexual y de migrantes.

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Para entender cómo ir hacia adelante se tienen que comprender estos vectores. El no hacerlo implica que las recetas de cambio y de solución serán en el mejor de los casos parciales, o incluso derivaran en más fracasos estructurales como los que vivimos hoy. El problema medular que ha detonado la fuga de ‘El Chapo’ no es ‘El Chapo’. Guzmán es la expresión más clara y patente de lo que es la gran debilidad del Estado de derecho en México y afecta no sólo la capacidad de las instituciones de procuración de justicia para confrontar al crimen organizado; impacta todo, desde los procedimientos para abrir un negocio a la tenencia de la propiedad, y del sistema penitenciario a la manera en que se imparte justicia, en lo cotidiano y en las grandes decisiones que afectan el bienestar, la seguridad y la prosperidad de todo mexicano. Quien no lo entienda así tiene visión de túnel.

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