publicidad

Juan Almeida

Juan Almeida

La fama de flojo con lagrimal ligero le persiguió hasta su muerte, muy a pesar de los intentos de Raúl de reverdecerle

Fue el primero al mando de lo que luego sería el inmenso Cuerpo

Occidental, un ejército por el que todos los generales se peleaban, en

una emulación que a algunos les costó el pelotón de fusilamiento.

Ostentar el mando del ejército más grande de Cuba era una cuenta

abierta en el banco de las oportunidades.

Pero todavía faltaba mucho para la intriga de los Polos, Pardos,

Rodiles y Ochoa; todavía el ejército que cuidaría la capital del país

era una tropa variopinta y desordenada, que exhibía disímiles armas,

objetos irregulares que atentaban contra el carácter uniforme de

cualquier tropa organizada y que tenían más de trofeos que de armamento.

En una instalación de las afueras de la Habana, con dos redondas

colinas que por asociación despertaban la libido de los héroes del

momento, radicaba el nuevo ejército. Allí perseguían al enemigo

imaginario y se dedicaban a inconexos ejercicios de infantería. Y allí

se dio la orden: Almeida advirtió que, por indicaciones del mando

superior, para salir el fin de semana había que entregar todas las

armas.

publicidad

La tropa se arremolinó y la desobediencia cobró forma de motín: los

rebeldes no sólo mantuvieron sus viejas armas sino que se apoderaron de

las de verdad. Además de las pistolas niqueladas y los revólveres de

vaqueros con cachas nacaradas, agarraron las ametralladoras pesadas,

los fusiles guardados bajo llave y las cajas de granadas. Un

filibustero es dueño de su botín y no hay jefe que se lo quite.

La noticia no tardó en llegar a la Habana. Raúl recibió el recado de

manera nada marcial: "se alzaron en Managua y el mulato esta asustao,

llamó llorando". Con la experiencia camagüeyana del año anterior, el

hermano menor prefirió arrimarse lo antes posible a la unidad, pero

garantizando previamente la correlación de fuerzas a su favor. No hubo

batalla: la sedición terminó en un pliego de reclamos, algunos presos y

Almeida de regreso para La Habana con la tropa triunfante.

Este incidente lo marcó para siempre y fue el inicio de su separación

definitiva del camino militar; desde entonces sólo ocupó cargos

publicidad

políticos y partidistas, que cada vez fueron más simbólicos y de menos

peso. La fama de flojo con lagrimal ligero le persiguió hasta su

muerte, muy a pesar de los intentos de Raúl de reverdecerle,

adjudicándole frases de Camilo y modestias de guerrero bravo. Tan malo

de guapo como de músico.

Su falta de testosterona deja a su hijo en un limbo que él pudo haber

resuelto con una sola llamada por teléfono. Ahora mismo Juan Juan

podría haber sido recogido en su casa, para ser llevado frente a esos

"profesionales" que no necesitan ensayar la forma más efectiva de

culparlo por la muerte de su padre.

Sobrarán los "parece mentira", "mataste a tu padre", "mira lo que

hiciste con el librito" y demás sentencias para desestabilizarlo. Almeida se va en el momento menos oportuno, justo cuando los

contenedores de Juanes descansan en la plaza de las condolencias, un

espacio que había sido comprometido para un concierto bajo promesas

apolíticas.

publicidad

Si la injusticia y el absurdo no se hubieran interpuesto en el camino

de Pánfilo, el simpático curda habanero le hubiera dedicado el mejor

homenaje posible a este compositor de tercera, comandante de segunda y

llorón de primera. Me lo imagino entre sus socios de borrachera,

entonando una versión de un tema popular del mulato: "dame un traguito

ahora, chico, que se están marchando".

publicidad
Contenido Patrocinado
En alianza con:
publicidad
publicidad