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Hispanos en EEUU

México y sus connacionales en Estados Unidos

México y sus connacionales en Estados Unidos

Arturo Sarukhan nos explica los vínculos entre el Estado mexicano y su comunidad radicada en Estados Unidos.

Hispanos en EEUU
Hispanos en EEUU

Por Arturo Sarukhan

Retomo tangencialmente mi columna anterior para Univisión Noticias sobre el creciente empoderamiento político y económico de la comunidad hispana en Estados Unidos para en esta ocasión abordar la siempre apasionante -pero perennemente compleja, frecuentemente ríspida y en ocasiones frustrante- relación entre México y su comunidad diáspora en este país.

Para la gran mayoría de los lectores de este portal digital noticioso y de esta columna (así como del propio auditorio televidente de Univisión), afirmar que los vínculos entre el Estado mexicano "y su red consular en Estados Unidos (con 50 Consulados por mucho la red consular más grande que un país tiene en otro)- con la comunidad mexicana y mexicoamericana en EE.UU son, por decir lo menos, dicotómicas, es como plantear una verdad de Perogrullo. Por un lado, muchísimos mexicanos y mexicoamericanos, tanto de arribo reciente como los que llegaron hace ya un par o más de generaciones, mantienen muy relevantes y profundos lazos afectivos, familiares y culturales con su patria de origen. Para quienes hemos tenido el gran honor y el privilegio de servir a nuestro país y a nuestra comunidad como Cónsules en EE.UU (en mi caso particular, como Cónsul General de México en Nueva York del 2003 al 2006), esos lazos se atestiguan, se viven y se palpan todos los días a lo largo de todo el año, a través de las múltiples y polifacéticas asociaciones y organizaciones comunitarias y en los clubes de oriundos que reúnen a paisanos provenientes de un mismo estado o incluso de una misma región, ciudad o pueblo.

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Cuando en México se pontifica sin conocimiento acerca del perfil y el supuesto “desapego” de nuestras comunidades en este país, se pierde de vista que las comunidades mantienen una honda vinculación con México y con su historia, sus tradiciones, costumbres e incluso calendario cívico. Y en muchos casos, los Consulados en algunas ciudades son una especie de vehículo que facilita o permite y abona ese anclaje social y cultural con el México que se dejó atrás. Pero por el otro, existe un marcado, lógico y justificado recelo -e incluso rabia- que permea a muchos paisanos y a sus organizaciones comunitarias en su interacción con una nación y un Estado -encarnada en el día a día a través del Consulado y el Cónsul- que en su momento fue incapaz de retenerlos y darles oportunidades de vida, de empleo digno, de seguridad, o de equidad y justicia social.

Esta tendencia se profundizó particularmente en momentos en que gobiernos mexicanos de antaño trataron de establecer, o restablecer, relaciones de cooptación política y social predicadas en practicas corporativistas prevalecientes en México. Recuerdo en particular los años de la década de los ochenta, cuando como resultado de algunas de estas posturas del gobierno mexicano, de actitudes condescendientes y de acontecimientos como la elección presidencial de 1989 en México que radicalizó política e ideológicamente a importantes y amplios sectores de la comunidad mexicana en EE.UU, particularmente aquellas asentadas en California o en Chicago, la relación entre la red consular mexicana y un sector relevante de nuestra comunidad, a lo largo y ancho de la geografía estadounidense, cayó en picada.

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Es indudable que hoy persisten y -por la naturaleza misma de los retos que se enfrentan en México y como resultado de lo que caracteriza generalmente el comportamiento de Diásporas de un país en otro, particularmente aquellas de reciente arribo o de primera generación- persistirán tensiones o relaciones complejas entre la comunidad mexicana y el Estado mexicano en EE.UU. Sin embargo, me parece que en las últimas dos décadas se ha venido dando un proceso que paulatinamente y en ocasiones al azar, ha empezado a modificar patrones de interacción y el ADN de la relación entre México y su diáspora estadounidense. Esto no es sólo el resultado del creciente empoderamiento económico, social, cultural y político de nuestra comunidad en EE.UU, y de una mayor confianza, madurez y solidez en las organizaciones comunitarias y los clubes de oriundos, sino que se ha derivado también, a mi parecer, de cuatro decisiones clave que México ha tomado en años recientes y que tienen un impacto fundamental para el bienestar y los intereses y agendas de nuestras comunidades y sus liderazgos.

La primera de ellas es quizá la decisión más trascendental y que mayor impacto ha producido: permitir la doble nacionalidad. Esta no sólo eliminó la necesidad de tener que renunciar a una nacionalidad para mantener la otra, neutralizando sea dicho de paso posibles sentimientos de conflicto de lealtades, sino que prefiguró uno de los cambios paradigmáticos más importantes que se ha dado en la relación e interacción del Estado mexicano con sus comunidades en EE.UU. Esta transformación se empezó a gestar y perfilar hace ya casi 15 años, pero se consolidó en el sexenio anterior, y está predicada en la convicción de que la mejor manera de velar por y defender los intereses y los derechos civiles y humanos de los mexicanos en este país es alentando su empoderamiento e inserción plena aquí, en Estados Unidos, nación en la cual, por elección o falta de opciones en su país natal, más de 12 millones de mexicanos "cerca de 6 millones de ellos indocumentados- o un total combinado cercano a los 35 millones de mexicanos y mexicoamericanos poseedores de pasaportes de ambos países- han hecho su hogar y han apostado a su futuro.

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La segunda fue la decisión del Congreso mexicano, largamente postergada pero ganada a pulso en la trinchera del activismo comunitario mexicano ante el Poder Legislativo y en menor medida ante los gobiernos de la República en turno, de ampliar el derecho del voto a todos aquellos mexicanos que se encuentran fuera del territorio nacional. Si bien es un hecho que este tema siempre fue más una aspiración y demanda de los activistas y liderazgos comunitarios propiamente que del paisano “de a pie”, ahora con la credencialización en el exterior "paso fundamental para garantizar que un mayor número de mexicanos puedan ejercer el derecho al voto- y las modalidades mismas del voto que se acuerden entre el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Congreso, es plausible que más mexicanos gocen y ejerzan a cabalidad sus derechos político-electorales, los cuales les habían sido negados por décadas.

La tercera ha sido la creciente e incremental disposición y voluntad de canalizar recursos a la red consular mexicana en EE.UU por parte del Congreso mexicano y en particular por la Cámara de Diputados, para que los Consulados puedan hacer “más con más” en lugar de “más con menos”, como había sido la práctica durante muchos años, particularmente en las áreas tan sensibles de documentación y protección consulares.

Finalmente, y la decisión más reciente, ha sido la tan anhelada y demandada expedición de actas de nacimiento mexicanas aquí, en EE.UU, vía el enlace de los Consulados mexicanos a los registros civiles del país. Esta decisión seminal no solo paliará una de las carencias más importantes y sentidas de la comunidad mexicana en este país sino que además jugará un papel clave en lo que México ha hecho, puede hacer "y está haciendo- para apoyar los procesos de registro de mexicanos, primero como fue el caso hace algunos años para los llamados “Dreamers”, y ahora para cerca de 4 millones de mexicanos que se podrán acoger a las medidas de regularización migratoria a raíz de la Decisión Ejecutiva del Presidente Barack Obama de fines del 2014.

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No todo es o será color de rosa. Queda mucho camino por recorrer para consolidar este cambio en la interacción y las percepciones entre comunidades mexicanas por un lado y su país de origen y las representaciones del Estado "y de sus gobiernos en turno- por el otro. Hay además decisiones que aun tendrán que decantarse, a decir, cómo se credencializará, dónde se votará y cuáles serán las modalidades de ese voto, o si los candidatos presidenciales en 2018 podrán o no hacer proselitismo en EE.UU con las comunidades mexicanas, por mencionar unos cuantos ejemplos. Las respuestas no son de fácil cocción y encierran potenciales problemas espinosos de solución y de impactos poco predecibles. Sin embargo, me parece "y espero no equivocarme o pecar de optimismo desbordado- que se empieza a voltear una página difícil, y muchas veces dolorosa y contenciosa en la relación entre el Estado mexicano y la Diáspora mexicana en EE.UU. Por ello es menester y responsabilidad de todos seguir abonando este proceso, en beneficio de los mexicanos en esta nación, y de México y Estados Unidos por igual.

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