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El periodista Raúl Benoit.

Cuba: No celebren todavía

Cuba: No celebren todavía

Las pláticas entre Washington y La Habana tienen más amigos que enemigos, pero los opositores son poderosos.

El periodista Raúl Benoit.
El periodista Raúl Benoit.

Por Raúl Benoit, @RaulBenoit en Twitter

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Las pláticas entre Washington y La Habana tienen más amigos que enemigos, pero los opositores son poderosos y están dispuestos a librar batallas mediáticas para hacer el camino más tortuoso.

A veces sospecho que a los cubanos del sur de la Florida no les interesa que los Estados Unidos restablezcan relaciones diplomáticas con Cuba y las malas lenguas señalan que hay intereses económicos que van más allá del bienestar común de los habitantes en la isla. Sí, para nadie es un secreto que mantener rotas las relaciones es rentable.

Tampoco es un secreto que por 55 años el régimen castrista no ha dicho toda la verdad y que el pueblo es sometido a vivir en un sistema muy semejante al de una prisión. Los Castro violan los Derechos Humanos, aplican la pena de muerte y encarcelan a los opositores que consideran una amenaza para el sistema comunista.

Por otra parte, controlan la economía. Cuando existía la Unión Soviética, la ayuda de esa nación les permitía aliviar el problema de la escasez, pero, una vez desapareció la URSS como Estado, los cubanos tuvieron que defenderse solos, lo que hizo que el primer castigado fuese el pueblo que comenzó a soportar hambre, mientras los gobernantes, sus familias y colaboradores inmediatos, disfrutan de placeres de reyes y príncipes.

No es un secreto que los Castro manejan el Estado como una hacienda particular, encubiertos en el sistema político creado por ellos y el cual llaman “democracia popular”.

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No es un secreto que anualmente miles de ciudadanos arriesgan su vida, huyendo del desastre en que viven, se lanzan al mar en balsas y lo más triste es que la cifra de muertos en esa travesía suicida jamás se conocerá. No lo hacen por deporte.

Las recriminaciones se han escuchado por décadas en las dos orillas del estrecho de la Florida. Desde la Habana dicen que el hambre de su pueblo la causa el embargo que Washington aplica desde 1960 para bloquear al régimen comunista. Los anticastristas piensas que quitarlo sería aceitar la maquinaria comunista, lo cual perjudicará más a la gente.

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También está la ley de ajuste cubano, en vigencia desde noviembre de 1966, que tanto les importa eliminar a los líderes de la revolución, quienes ciertamente lo ven como un fastidio político y un asunto de dignidad diplomática. Esta ley permite a los que huyen de la isla llegar a los Estados Unidos con privilegios, como obtener la residencia de forma casi inmediata, lo cual no tiene ningún otro inmigrante latinoamericano.

Antes de pensar en las viejas y trasnochadas rencillas ideológicas, hay que considerar a los ciudadanos que están atrapados en un limbo. Siempre y cuando sean abiertas y francas, considero que son necesarias y oportunas las pláticas que comenzaron recientemente entre Washington y La Habana, primero, para restablecer las relaciones diplomáticas y después para tratar los temas de fondo que conduzcan a Cuba hacia la libertad.

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El poder y el control que tiene el sistema socialista no se puede borrar de un tajo y tampoco el castrismo y sus ancianos partidarios pueden pedir cambios de la noche a la mañana en la política de los Estados Unidos referente a Cuba, mientras ellos no estén dispuesto a hacer transformaciones internas que permitan conducir a una verdadera democracia, a elecciones libres con partidos políticos de oposición, libertad de expresión y libre empresa.

Los castristas han señalado siempre que las exigencias del “imperialismo” vulneran el derecho de la libre determinación de los pueblos, pero sabemos muy bien que el ciudadano cubano no tiene autonomía, por lo tanto, el perjudicado sería el régimen. ¿Estarán dispuestos a guardar ese argumento en el baúl donde esconden las viejas prácticas socialistas anquilosadas y fracasadas?

No celebren todavía. Hay otro factor difícil, el pueblo y lo que conoce como Estado. Son varias generaciones educadas con la revolución y encauzarlos en un nuevo sistema político y social será una tarea titánica que tardará varios años, tal vez décadas.

Platicando con cubanos en Miami me dicen que se adaptaron de manera fácil al sistema capitalista, entonces piensan que sus paisanos en la isla lo harán en poco tiempo, pero no es lo mismo una transformación individual que colectiva. Los cambios colectivos requieren de una estrategia planificada con justicia social y que devuelva el derecho que es prohibido en todos los rincones de la isla, menos en las lujosas vidas de los dictadores: Libertad.

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