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Hospital Presbiteriano de Dallas

Estados Unidos está en jaque

Estados Unidos está en jaque

Fernando Escobar Giraldo nos explica las consecuencias que podría traer para los hospitales el ébola.

Hospital Presbiteriano de Dallas
Hospital Presbiteriano de Dallas

Por Fernando Escobar Giraldo

“El hospital de Dallas donde han atendido a pacientes con ébola, se va a quebrar”.

La afirmación no es mía. Es de un empleado del hospital. Por eso la pongo entre comillas. Me lo dijo personalmente. Y me dio sus razones.

La suerte siempre le toca a alguien o a algo. Y en este caso, la mala suerte fue para el Hospital Presbiteriano de Dallas. Ha sido una institución de respeto en Texas, abrió sus puertas en 1966, en un edificio que durante décadas había sido un orfanato. Está ubicado en el corazón de Dallas. Sus pacientes más famosos han sido quizás el bombero Sammy J. Kines, de 25 años, quien fue el primero en ser atendido en el hospital y casi 50 años después, Thomas Eric Duncan, el primer contagiado y fallecido por ébola en Estados Unidos.

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El bombero habría el camino para miles y miles de nuevos pacientes. El ciudadano liberiano quizás lo cerró para miles y miles. “Creo que el hospital se irá a la bancarrota, después de esto”, me dijo un miembro del personal médico cuyo nombre no estoy autorizado a revelar. Allí todos temen hablar.

Y las razones son lógicas. Después del 26 de septiembre, cuando se descubrió el ébola en Duncan, ya nadie quiere ir al hospital. Ni los paramédicos, ni los pacientes, ni siquiera el personal médico y administrativo. Hasta los vigilantes se lamentan de tener que trabajar. El FBI controla quien entra y quien sale, los médicos se sienten incómodos por el control excesivo. En el hospital, que es de traumas, ya no hay pacientes para cirugía. Los administradores prohibieron a los trabajadores que hagan declaraciones públicas, pero estos han hablado de manera anónima. Y lo que dicen es impresionante.

Las enfermeras han utilizado su sindicato nacional para protegerse al hablar. Y revelaron que el señor Duncan, cuando regresó al hospital bajo sospechas de que tenía ébola, fue dejado en observación varias horas junto a otros pacientes, sin muchas precauciones. Nadie tenía idea de los protocolos en un caso como ese. Las primeras enfermeras que lo atendieron no usaron ni los guantes, ni los impermeables, ni las máscaras adecuadas, eso vino después. Y tuvieron que lidiar con copiosa diarrea y vómito del paciente, lo que genera flujos con altos índices de posible contagio.

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También dijeron que el hospital permitió que esas enfermeras continuaran atendiendo a otra clase de pacientes. Y que incluso empleados del hospital transitaran, sin ninguna protección, por el área donde estaba el señor Duncan.

En otras palabras, son muchas las personas en ese hospital quienes a estas alturas podrían tener el virus en sus cuerpos.

Por eso nadie quiere saber del hospital, a nadie le gusta correr riesgos. Y mientras el gobierno pide a los hospitales del país que se preparen, que tomen precauciones, los directivos de cada hospital deben estar encendiendo velitas para que no les toque un solo caso del temido mal. Podría ser el caos, podría perderse el prestigio, caer en desgracia, arriesgarse a quebrar.

No sabemos donde terminará esto, el ébola es una amenaza quizás peor que la de un grupo terrorista; amenaza vidas y la economía de los centros médicos, y de la nación en general. Pone a temblar al gobierno y al país entero. En los aeropuertos se toman precauciones como las que se usan para evitar la entrada de terroristas. El ébola es extremista sin ser religioso. ¿Qué pasará cuando un hospital decida no aceptar un paciente bajo algún pretexto y después otro, y otro? Eso podría suceder tan pronto sus directivos tomen conciencia del enorme peligro que corren por posible pérdida de prestigio y de mucho dinero. Increible pero cierto, una partícula microscópica tiene al país en jaque, estamos todos en jaque.

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